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Año 9 - N° 434 - 4 de Octubre de 2015 
Traducción
Elza Ferreira Navarro - mr.navarro@uol.com.br
 

 

A quien madruga,
Dios le ayuda


Aprendemos con la doctrina espírita que los Espíritus, encarnados o desencarnados, jamás están inactivos y que durante el sueño corpóreo los lazos que prenden el Espíritu al cuerpo se aflojan y, no necesitando éste de su  presencia, “él se lanza por el espacio y entra en relación más directa con otros Espíritus”.

Así se explican muchos sueños y también ciertos acontecimientos que las personas consideran un verdadero milagro.

Sí, milagro para quien ignora el hecho de que estamos siempre interconectados y que, por ese motivo, aunque estemos perdidos, aislados en una isla desierta, como un Robinson Crusoé de los tiempos modernos, alguien sabe del hecho y puede, si lo desea, perfectamente ayudarnos.

He aquí lo que leímos en un folleto divulgado por la Iglesia Baptista, de Filadelfia, Estados Unidos de América: 

Después de un naufragio, el único superviviente agradeció a Dios por estar vivo y tener logrado agarrarsea una parte de los destrozos para poder quedarse flotando.

Este único superviviente fue parar en una pequeña isla deshabitada y fuera de cualquier ruta de navegación, y él agradeció nuevamente.

Con mucha dificultad y restos de los destrozos, él consiguió montar un pequeño abrigo para que pudiese protegerse del sol, de la lluvia y de animales y para guardar sus pocas pertinencias, y como siempre agradeció.

En los días siguientes a cada alimento que conseguía cazar o cosechar, él agradecía.

Sin embargo, un día, cuando volvía de la busca por alimentos, él encontró su abrigo en llamas, envuelto en altas nubes de humo.

Terriblemente desesperado, él se rebeló y gritaba llorando: “¡Lo peor ocurrió! ¡He perdido todo! Dios, por qué hiciste eso conmigo?”

Lloró tanto, que adormeció profundamente cansado.

En el día siguiente bien temprano, fue despertado por el sonido de un navío que se aproximaba.

“Vinimos a rescatarlo”, dijeron.

“¿Cómo supieron que yo estaba aquí?”, preguntó él.

“¡Nosotros vimos su señal de humo!” 

Comentando el  caso, nuestros hermanos baptistas escribieron: 

“Es común sentirnos desanimados y hasta desesperados cuando las cosas están malas. Pero Dios actúa en nuestro beneficio, mismo en los momentos de dolor y sufrimiento. Acuérdense: si algún día su único abrigo esté en llamas, ése puede ser una señal de humo que hará llegar hasta usted la Gracia Divina.” 

Es evidente que, aunque inusitado, el hecho narrado no constituye milagro ninguno, dado que él se repite diariamente, en diferentes situaciones de la vida, como muchos con toda certeza pueden confirmar, una vez que nuestros protectores espirituales jamás nos abandonan y, sin derogar las leyes eternas, todo hacen cuando necesitamos de ayuda.

No existe, enseñan los Espíritus superiores, la casualidad en nuestra vida, ni el azar, ni la suerte.

Las vicisitudes, las dificultades, las piedras de tropiezo hacen parte del proceso evolutivo, tanto cuanto la ayuda providencial, que llegará en el momento debido.

Si estuviera pasando por situaciones así, y la ayuda no llegó, es porque no es aún momento para eso.

Nos cabe, pues, esperar, pero en cuanto eso, hagamos la parte que nos compite.

“A quien madruga, Dios le ayuda”, dice, con notable precisión, un antiguo y sabio dicho.



 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita