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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 9 - N° 415 - 24 de Mayo de 2015

Traducción
Carmen Morante - carmen.morante9512@gmail.com
 

 

El dolor de garganta
 

  

Cayo, de ocho años, aún acostado en su cama, miró por la ventana que su mamá había abierto con cariño y vio el hermoso día, el sol que brillaba allá en lo alto y el viento fresco y agradable que acariciaba su rostro.

- ¡Mira el bello día que Dios nos dio! ¡Vamos a salir de la cama, cambiarnos de ropa y pasear aprovechando la mañana! – invitó la mamita, sonriente.

Pero el niño, desanimado, movió la cabeza, no aceptando la sugerencia:

- No, mamá. No tengo ganas de salir a pasear.

- ¿Pero por qué, hijo mío?

- Hoy no me siento bien, mamá – respondió él con lágrimas en los ojos.

 


 

La mamá se sentó en la cama, lo abrazó con inmenso cariño y preguntó:

- ¿Qué te pasa, Cayo?

- No sé, mamá. ¡No tengo ánimo para nada! Y siento mucho frío… - dijo, arropándose más con las colchas.

Preocupada, la mamá tomó el termómetro y lo colocó debajo del brazo de Cayo. Luego lo retiró y exclamó asustada:

- ¡Treinta y nueve grados! Tienes fiebre, Cayo. ¡Levántate! Te voy a llevar al médico.

De mala gana el niño se dejó vestir y fueron al consultorio del médico, quien lo examinó y dijo después:
 

- Lo que tienes, Cayo, es una inflamación de garganta. Voy a darte un medicamento y pronto estarás bien de nuevo. Ahora, toma bastante líquido, jugos, leche, agua. Nada de helados, ¿me escuchaste? – dijo, escribiendo una receta y entregándosela a la mamá.

- Sí, doctor.

- ¡Perfecto! Entonces, quiero verte de nuevo la semana que viene. ¡Que tengan un buen día!

La mamá y Cayo salieron del consultorio y pasaron por la farmacia para comprar el remedio. Al  llegar  a casa, Cayo  se  costó  de

nuevo y la mamá le trajo el medicamento para que lo tome.

- Ahora duerme un poco más, hijo. Pronto te sentirás mejor.

Sin embargo, una semana después, Cayo todavía tenía dolor de garganta y el remedio no hacía efecto. Volvieron a ver al médico, que cambió el medicamento. Pero Cayo no mejoraba nada.

Preocupada, la mamá no sabía que más hacer, hasta que una vecina sugirió:

- ¿No será que el problema de Cayo está relacionado a algún otro motivo, Neide, incluso de tipo emocional?

- ¡¿Pero cuál?!... – se preguntó la mamá, preocupada.

- Intenta hablar con él. Puede ser algún problema del que él no se haya dado cuenta.

La mamá agradeció a la vecina y fue hacia el cuarto de Cayo. Se sentó en la cama y miró a su hijo, que seguía pálido y triste. Lo abrazó y le preguntó si tenía algún problema que quisiera compartir con ella. El niño se quedó con los ojos llorosos y dijo:

- Mamá, ¡estoy en cama hace días y nadie ha venido a verme! ¡Ninguno de mis amigos se ha acordado de mí!... ¿Por qué será?

- No sé, hijo, mío. ¿Pasó algo entre ustedes? – preguntó la mamá.

- No. ¡Sólo que a ellos les gusta exhibirse! ¡Viven trayendo juguetes nuevos a la escuela para que sintamos envidia! ¡Y yo no aguanto más eso!... La verdad, nos peleamos y no quiero saber más de ellos.

- ¡Ah!... Entonces es por ese motivo que ellos no vienen a visitarte. Quién sabe, si los llamaras para disculparte…

- ¡De ninguna manera, mamá! Todavía tendrán el coraje de traer sus juguetes para mostrármelos. ¡Y eso no lo voy a soportar!

La mamá miró hacia su hijo y entendió. Era la envidia, un sentimiento muy negativo que dominaba a Cayo y que había afectado su garganta, como reacción contra la situación creada con los compañeros de la escuela.

Ella se quedó callada por unos instantes, después sugirió:

- Cayo, no te dejes dominar por la envidia. Ese sentimiento está haciéndote mal, y afectó tu garganta, que es tu punto débil, como un recurso para no pedir disculpas a tus amigos.

El niño comenzó a llorar copiosamente. La mamá notó que él sabía el motivo y, comprensiva, dejó que llorara sin decir nada. Cuando Cayo dejó de sollozar, calmándose, asintió:

- Mamá, tienes razón. Yo tenía envidia de ellos.

- ¿Pero por qué, hijo mío? ¿Ellos tienen juguetes iguales a los tuyos?

- ¡No!
 

- Entonces, ¿no crees que ellos pueden haber llevado sus juguetes a la escuela para que tú los vieras, tal vez con envidia de “tus” juguetes?

Cayo levanto la cabeza, se enjugó los ojos y exclamó:

- ¡No había pensado en eso, mamá!

- Pues así es, Cayo. Tal vez ellos sentían envidia de ti, hijo mío. Es común que los niños tengan envidia unos de otros.

El niño, ahora más tranquilo, reflexionó sobre la situación, liberado del sentimiento tan negativo que lo dominaba: la envidia. Sonrió y dijo:

- Mamá, voy a hacer lo que me sugeriste. ¡Voy a llamarlos, a contarles que estoy enfermo y que extraño nuestros juegos! ¿Qué opinas?

- ¡Perfecto, Cayo! Haz eso, hijo mío. Y tu garganta, ¿cómo está?

- Mucho mejor, mamá. Mucho mejor. ¡Casi no me duele más!...

MEIMEI

(Recibida por Célia X. de Camargo, el 23/03/2015)



                                                                                   



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Revista Semanal de Divulgación Espirita