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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 8 366 – 8 de Junio de 2014

Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 

 

 Terapia divina


  

Cierto día Fernando despertó protestando, como era su hábito:

— ¡Que molestia, madre! Quiero dormir y preciso ir a la escuela. ¡Me gustaría quedarme en la cama la mañana entera!

— Mi hijo, todo el mundo necesita estudiar para aprender y crecer en la vida. Después, conforme la profesión que escogen, aún tendrán que hacer un curso superior. ¡Vamos, levántate, deja de ser perezoso! — la madre comentó sonriendo.

Enfadado, Fernando tomó un baño para despertar bien. Comió alguna cosa y fue para la escuela murmurando. Y siempre esa situación se repetía, sin que él aprendiera la importancia de estudiar.

Cierto día, más irritado que de costumbre, él se dirigía a la escuela cuando, al pasar por una construcción, un trozo de piedra de gravilla cayó de lo alto, cayendo sobre una de sus piernas y tirándolo  al suelo, gritaba de dolor.

Vitório, el maestro de obras, corrió a socorrerlo, llevándolo inmediatamente para urgencias, aún desmayado. 

Mientras esperaba para ser atendido, dio el teléfono de casa a Vitório, para avisar a su madre, Cláudia. Luego la señora llegó, afligida, siendo presentada a Vitório.

— Doña Cláudia, fue una infelicidad. El albañil estaba rompiendo una piedra de gravilla, cuando un pedazo de ella cayó sobre su hijo. Pero quede tranquila. El médico examinó a Fernando y lo está atendiendo ahora. En cuanto a los gastos, la empresa pagará todo.

En ese momento, el médico llegó y explicó a la madre la situación del chico. Fernando ya estaba en la sala de cirugías, pues la pierna de él fue bien alcanzada. Cláudia dio las informaciones necesarias y, preocupada, se sentó para aguardar, elevando el pensamiento para Jesús y suplicando ayuda para su hijo.  
 

Algunas horas después, aún soñoliento, el niño fue llevado para el cuarto. En dos días, volvió para casa en una silla de ruedas. A principio a él le gustó, pues no iría a la escuela. Después, se cansó de estar siempre atado a aquella silla. Además de eso, se quedaba solo en casa, pues sus amigos estaban en la clase.

Un día, conversando con la madre, preguntó:

— Mamá, ¿será que voy a quedarme mucho tiempo en esta silla de ruedas?

— ¡Ah! Mi hijo, tú necesitas tener paciencia. El accidente fue grave y llevará meses para  recuperarte.

— ¿Pero por qué eso ocurrió justo conmigo, madre? ¡Aquella piedra podría haber caído encima de cualquiera, pero me ocurrió a mí!...

La madre pensó un poco, buscando las palabras adecuadas, después dijo:

— Fernando, cuando alguna cosa ocurre, sin que nada hayamos hecho para provocar la situación, es que eso representa un proceso educativo que Dios utiliza para nuestro aprendizaje. En tu caso, desarrollar la paciencia, la comprensión, la resignación frente a los problemas de la existencia, a valorar la vida. ¿Entendiste, hijo mío?

— Más o menos. En verdad, quiero mucho poder andar de nuevo, ir para la escuela caminando, poder estudiar, volver a ver los compañeros... ¿Será que eso va a ocurrir, madre?

— ¡Interesante! Ves como la terapia divina ya está surtiendo efecto. Tú detestaba tener que ir a la escuela, ahora estás con nostalgia de ella y de los amigos. ¡Serán sólo algunos días; después tú irás con silla de ruedas, yo te llevaré! — la mamá respondió, tranquilizándolo.
 

Así, Fernando volvió para la escuela, ahora con otra disposición. Después de algunos meses, él dejó la silla de ruedas y pasó a caminar usando una muleta. Protestó en el inicio, pero comprendió que era necesario, pues no podía forzar la pierna golpeada, que aún le dolía mucho.

De ese modo, él se acostumbró a la muleta, que pasó a formar parte de su día a día.  En las consultas, el médico le explicaba la necesidad de continuar con el uso de la muleta.   

El tiempo fue pasando... Algunos años después, ya muchacho, cierto día él atravesaba una plaza cuando se sintió cansado y se

sentó en un banco para descansar. Colocó la muleta a un lado y respiró hondo, mirando el movimiento de personas.

Luego se sentó también un señor. Simpático, el hombre comenzó a conversar con él, y le preguntó la razón de la muleta. Fernando explicó lo ocurrido con él años antes.  

Interesado, el señor pasó a hacerle preguntas, que él respondía. De repente, el desconocido preguntó:

— ¿Puedo ver tu pierna?

— ¡Claro! Sin problemas — respondió Fernando.

El señor se bajó y, al mismo tiempo, examinaba la pierna, hacía preguntas que Fernando respondía. Después, volvió a sentarse en el banco e informó al muchacho intrigado:

— Fernando, yo soy médico y trabajo en el área de la ortopedia. Antes, no había otra solución para tu problema, sin embargo ahora todo se resuelve. Voy a darte mi tarjeta y, si quisieras conversar mejor, estoy a tu disposición. Tú eres muy simpático, y noté que lidias con tú problema de una forma tranquila, sin protestar, lo que es difícil a tu edad.

Fernando sonrió y respondió:

— ¡Ah! ¡Pero yo no era así, doctor! Con el tiempo, fui mejorando. Antes, protestaba por todo, no quería estudiar, hasta que sufrí el accidente. Claro que quedé irritado, nervioso, pero mi madre me explicó que era una terapia divina para que yo ejercitase la paciencia, la resignación... finalmente, confieso que cambié. ¡Hoy encaro todo bien mejor, sin protestar por nada, aceptando la vida como una bendición! Finalmente, hay tanta gente que no tiene lo que yo tengo: una familia buena, amigos, inteligencia, facilidad para estudiar... ¿No es así?

El médico se sintió conmovido delante de aquellas palabras.

— Tienes razón, Fernando. Ahora tengo certeza de que puedo ayudarte. Vamos hasta tu casa.

El Dr. Milton trajo el coche, en el cual Fernando se acomodó lleno de esperanzas. En casa, presentado a la madre de Fernando, el médico conversó con ella y se dispuso a tratar al muchacho, sin coste alguno para la familia.

En poco tiempo, Fernando estaba bueno de nuevo. Había jubilado la muleta, así como la silla de ruedas, que ahora servirían para otras personas. Pero siempre decía, animado:

— ¡Bendito accidente! ¡Si no fuera por él, yo aún sería el mismo! ¡Gracias a Dios, yo cambié para mejor!

MEIMEI

(Recebida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, aos 12/05/2014.)



                                                                                   



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