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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 7 323 – 4 de Agosto de 2013

Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 



Encuentro en el parque

 

 
Era sábado y Carlinhos no tenía clase. El día estaba lindo y el sol brillaba en el cielo azul.

Matias, padre de Carlinhos, invitó al hijo para pasear en un bello parque de la ciudad. ¡El niño se entusiasmó! Era difícil el padre, muy ocupado, poder salir con él. Se vistieron una ropa apropiada y fueron a andar con los patines.

En el parque, descubrieron que mucha gente había tenido la misma idea. Algunos corrían, otros hacían ejercicios, otros andaban con skate y muchos caminaban, todos alegres.
 

Carlinhos y el padre se pusieron a caminar, mirando los bellos árboles, los pajaritos que cantaban en lo alto de las ramas y admiraban las bellas flores y los patos al borde del lago. En eso, Carlinhos vio a su amigo Érico, que venía en la dirección de ellos andando con los patines, y lo llamó:
 

— ¡Érico! ¡Que bueno encontrarlo aquí!...

El niño sonrió satisfecho y, ahora más cerca, respondió:

— ¡Hola, Carlinhos! ¿Tuvimos la misma idea, no es así? Pedí a mi padre que me trajera aquí porque me gusta mucho este parque y casi nunca él puede venir conmigo.

Los adultos se saludaron y se pusieron a conversar. Geraldo, padre de Érico, mostraba

fisionomia seria, sin gran voluntad de conversar, y se puso a protestar:

— Pues sí. Hoy el Érico me arrastró para aquí y tuve que venir. Pero no estoy con disposición para andar, estoy lleno de problemas que resolver, la cabeza atormentada...  

El padre de Carlinhos notó que él no estaba muy bien, le puso la mano en el hombro y dijo:

— ¡No te preocupes, Geraldo, ten confianza en Dios! Con la ayuda de Nuestro Padre, no hay que no podamos resolver. ¡Ten fe, amigo!

Al oír aquellas palabras, Geraldo se mostró aún más irritado:

— ¡Ahora Matias! Lo que tengo que resolver sólo a mí dice respeto. De hecho, no creo en Dios, en vida después de la muerte, en reencarnación, en nada.

— ¡Ah! Entonces, ¿a quién supones tú que debemos el don de la vida? Todo se encaja en la Creación, desde las más pequeñas cosas hasta las mayores, como los planetas, las constelaciones, las galaxias, finalmente, todo el Universo. ¡¿Quién, entonces, creó todo eso, que mente poderosa tendría dándonos el don de la vida?!... – preguntó Matias.

Los chicos, notando la seriedad de la conversación, se pusieron a escuchar, interesados, el diálogo de los adultos. Érico estaba preocupado; sabía como el padre se ponía cuando era contrariado. Geraldo rojo al oír las ponderaciones de Matias:

— ¡La Naturaleza, que es perfecta! Pues no creo en nada de lo que hablaste. Todo eso es tontería. En ese momento, Érico tiró del pantalón del padre, que se extrañó, y miró para el hijo.

— ¡¿Papá, cómo puedes decir eso?! ¡“Yo” creo! ¿Te acuerdas que cuando era más pequeño yo contaba sobre mis recuerdos de otra vida? Mientras el padre abría la boca, oprimido, Érico contó a Matias y Carlinhos:

— Cuando yo tenía sólo tres años, contaba que “sabía” haber vivido antes. Recordaba que era el abuelo de mi padre y pedía a mis padres que, al crecer, nunca me dejaran beber, pues había renacido para vencer la adicción de la bebida. ¿Recuerdas, papá?  

En ese momento, sorprendido, Geraldo respondió:

— Me acuerdo que tú decías esa tontería, pero yo nunca lo creí, mi hijo.

— Pues es verdad. Me acuerdo hasta que, cuando yo era aún Armando Garcia, tu abuelo, y tú, mi nieto pequeño, fuiste conmigo hasta una montaña. Cuando estábamos allá en lo alto, mirando para el paisaje que se extendía a nuestro frente allá abajo, yo te dije:

— Geraldinho, mi nieto, yo quiero parar de beber y no lo consigo. Pero yo voy a pedir a Dios para volver y cambiar de comportamiento. Voy a pedir también que tú seas mi padre y quiero que me ayudes a ser alguien más responsable y útil a mi prójimo. Y tú lo juraste que me ayudarías. Entonces, te di una medalla con la imagen de Jesús y te pedí que no la mostraras a nadie. ¿Te acuerdas?

De rojo que estaba Geraldo se volvió blanco del susto. Con los ojos húmedos de llanto, confirmó:
 

— ¡Es verdad, mi hijo! Me acuerdo de ese paseo y del pedido de tu abuelo, que respeté. En aquella hora él me entregó la medallita, que jamás mostré a nadie; la guardo en lugar secreto, como él me pidió. ¡Ahora entiendo la razón de mi abuelo! Como soy incrédulo, él sabía que un día esa medalla tal vez pudiese hacerme volver a creer.
 

— Eso mismo, papá. La medallita está en aquel escritorio antiguo del abuelo y que tiene un fondo falso, donde tú la pusiste.  

Nuevamente sorprendido y estremecido, Geraldo abrazó al hijo, concordando:

— Es verdad, mi hijo. ¡Nadie nunca supo de ese escondite! De hecho, nunca comentamos sobre la adicción de tu abuelo. Ahora yo creo en Dios, pues sólo Él podría darme una lección como esa. Gracias, hijo.  

Después volviéndose para Matias y Carlinhos, sonrió:

— Este encuentro fue providencial. Entiendo ahora que nada ocurre por casualidad. En todo existe la mano de Dios, Creador del Universo... o cual sea el nombre que se le dé. Matias y Carlinhos, gracias por estar aquí hoy y que me permitan recibir esta gran lección.

Carlinhos y Matias estaban emocionados también y el padre respondió:

— Nosotros es que estamos agradecidos, Geraldo, por la oportunidad de estar aquí. ¡A buen seguro, este encuentro fue programado para que sus ojos se abrieran a la luz!

— ¡Ahora, confieso que estoy bastante interesado en saber dónde vosotros obtenéis estas informaciones tan importantes! 

— Es en el Evangelio de Jesús. Pero será un placer si quieres acompañarnos a la Casa Espírita. Allá podrías oír una charla edificante y mayores orientaciones a través de cursos que te harán entender mejor las Leyes Divinas.       

Y allí mismo combinaron en encontrarse durante la semana para ir al Centro Espírita.


MEIMEI
 

(Recebida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, no dia 17/6/2013.)

       
               
 
                                                                                   



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Revista Semanal de Divulgación Espirita