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Año 7 320 – 14 de Julio de 2013
Traducción
Elza Ferreira Navarro - mr.navarro@uol.com.br
 

 


Ser un hombre de bien es nuestra meta
 


La doctrina espirita es muy clara cuando nos enseña cual es el objetivo del pasaje de los Espíritus por la experiencia de la encarnación.

La encarnación es esencial al progreso espiritual del mundo y de aquellos que en él habitan, por las oportunidades que ofrece, por los desafíos que presenta, por las dificultades que coloca en el camino de seres como nosotros, destinados a la perfección.

La reencarnación, o sea, la vuelta del Espíritu a una nueva encarnación, es no más que la secuencia de ese proceso, una vez que una única existencia en la carne sería, como nadie ignora, insuficiente para que la meta que aspiramos sea finalmente alcanzada.

Tornarse un hombre de bien es esa la meta.

¿Qué es un hombre de bien?

El hombre de bien es, de acuerdo con las palabras de Allan Kardec, aquél que cumple la ley de justicia, de amor y de caridad, en su más grande pureza.

Tiene fe en Dios y en el futuro.

Poseído del sentimiento de caridad y de amor al prójimo, hace el bien por el bien, sin esperar paga alguna.

Retribuye el mal con el bien, toma la defensa del débil en contra del fuerte, y sacrifica siempre sus interés a la justicia.

Su primer impulso es pensar en los otros, antes de pensar en sí.

Es bueno, humano y benevolente para con todos, sin distinción de ninguna especie, porque  ve en todos los hombres hermanos suyos.

Respeta en los otros todas las convicciones sinceras y no lanza anatema a los que no piensan como él.

En todas las circunstancias, toma por guía la caridad.

No alimenta odio, ni rencor, ni deseo de venganza; a ejemplo de Jesús, perdona y olvida las ofensas y sólo de los beneficios se acuerda, por saber que perdonado le será conforme hubiera perdonado.  

Es indulgente para con las debilidades ajenas, porque sabe que también necesita de indulgencia.

Nunca se satisface en rebuscar los defectos ajenos, ni, aún, en evidenciarlos. 

Estudia sus propias imperfecciones y trabaja incesantemente en combatirlas.

No se envanece de su riqueza, ni de sus ventajas personales, por saber que todo lo que le fue dado le puede ser sacado.

Usa los bienes que le son concedidos, pero de ellos no abusa, porque sabe que constituyen ellos un depósito de que tendrá de prestar cuentas y que el más perjudicial empleo que le puede dar es de aplicarlo en la satisfacción de sus pasiones.

Si el orden social colocó bajo su mando otros hombres, trataos con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante Dios.

He aquí algunas virtudes que caracterizan el hombre de bien. Ciertamente que existen otras, pero – como observó Kardec – quien posee las que fueron mencionadas está en el camino que lleva a las demás. 

Delante de lo que más arriba dijimos, se presenta una cuestión intrigante: ¿Por qué muchos espiritas no consiguen aplicar a sí mismos lecciones tan claras, como la que fue expuesta?

En el cap. XVII, ítem 4, d’ El Evangelio según el Espiritismo, Allan Kardec esbozó una respuesta para esa cuestión.

Según él, el motivo de eso es que en muchos espiritas aún son muy tenaces los lazos de la materia para permitir que el Espíritu se desprenda de las cosas de la Tierra. La niebla que los envuelve les saca la visión del infinito, donde ocurre la dificultad de romper con sus tendencias y con sus hábitos, no percibiendo que pueda existir alguna cosa mejor que aquello de que son dotados. Tienen ellos la creencia en los Espíritus como un simple hecho, pero que nada o bien poco les modifica las tendencias instintivas. En resumidas cuentas: no divisan más de que un rayo de luz, insuficiente a guiarlos y a facultarles una vigorosa aspiración, capaz de  sobrepujarles las inclinaciones. Espiritas aún imperfectos, algunos se quedan en el medio del camino o se apartan de sus hermanos en creencia, porque retroceden ante la obligación de cambiarse o guardan sus simpatías apenas para aquellos que les compartan de las debilidades o prevenciones.  




 


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O Consolador
 
Revista Semanal de Divulgación Espirita