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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 7 315 – 9 de Junio de 2013

Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 

 

El paralítico

 

Hace mucho tiempo atrás, en la época en que Jesús de Nazaret andaba por el planeta Tierra, había un hombre que deseaba mucho ser curado. (1)

Él era paralítico y vivía en una choza en la ciudad de Cafarnaun y hasta la familia lo había abandonado, cansada de tener que cuidar de él todo el tiempo.

Ese paralítico oyó hablar de un profeta que curaba a las personas, sin distinción: fueran ciegos, sordos, mudos, paralíticos y hasta leprosos. Muchos ya habían sido curados por Él, y el paralítico sentía inmenso deseo de ser también curado por el tal profeta.

Cierto día el paralítico supo que Jesús había llegado en barco a la ciudad y pidió a un amigo que lo llevara hasta donde el profeta estaba.
 

El amigo así lo hizo. Como sería imposible a él, solo, transportar el paralítico, convenció a tres amigos más a ayudarlo. Así, en el catre que le servía de cama, cada uno cogiendo de un lado, consiguieron cargar al paralítico y salieron a buscar a Jesús. Preguntando aquí y allí, supieron donde el profeta estaba y, de nuevo ánimo, llegaron hasta la casa.
 

Pero, al aproximarse, el paralítico se llenó de tristeza. ¡El lugar estaba repleto de personas que rodeaban la casa en la esperanza de ver a Jesús! Todos estaban allí por el mismo motivo.

Los amigos pedían que abrieran camino al paralítico que deseaba ser curado por Jesús, pero la multitud reaccionaba, y un hombre gritó irritado:

— ¿Qué tiene él de diferente que nosotros? También queremos ver al profeta y ser curados por Él. ¡Si ese paralítico tiene tanta prisa, que llegara antes!

Y otro agregó:

— Cuando aquí llegamos, la casa ya estaba repleta y tuvimos que contentarnos con quedar aquí en la calle. ¡Y cada vez llega más gente!...

Pero el paralítico no desistía. Y era tan grande su deseo de ser curado por Jesús que algunas personas se conmovieron y resolvieron ayudarlo. ¡Pero nadie sabía que hacer!

Hasta que alguien más experto sugirió:

— ¡Si él no puede entrar por la puerta, que entre por el tejado!

Surgieron carcajadas de todos los lados, pero otro hombre viejito consideró:
 

— ¡Sí, es posible! ¡Es sólo hacer un hueco en el tejado y bajarlo hasta el suelo de la casa!

Lleno de renovadas esperanzas, el paralítico aceptó la sugerencia.

Y así hicieron. Los cuatro hombres, con ayuda de algunas personas de buena voluntad, levantaron el lecho y, abriendo una parte del tejado,

cogiendo con paños, pudieron bajar al paralítico hasta donde Jesús estaba, con gran espanto de todos los que se agrupaban dentro de la casa, y que lo oían.
   

Al ver al hombre que fuera bajado con la cama por el tejado, a la vista de la fe que él y los que lo ayudaron habían demostrado, Jesús dijo:

— Hombre, perdonados son tus pecados.

Entonces, algunos escribas (hombres que entre los judíos eran doctores de la ley y también escribanos y copistas de

textos) que estaban sentados allí cerca pensaban consigo mismos:

— ¿Por qué habla así este hombre? ¡Esto es un insulto! ¿Quién puede perdonar los pecados no es Dios solamente?

Jesús, que hubo oído el pensamiento de ellos, preguntó:

— ¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil perdonar los pecados del paralítico o decir: Levántate, toma tu lecho y anda? 

Entonces, para mostrar que Él tenía el poder de perdonar pecados sobre la Tierra, dijo al paralítico:

— Levántate, toma tu lecho y ve para tu casa. 

Entonces, el hombre se levantó lleno de alegría, tomó el lecho y se retiró a la vista de todos.

La multitud, perpleja, glorificaba a Dios, diciendo:

— ¡Nunca vimos cosa semejante!

En aquel momento, todos los que allí estaban se llenaron de esperanza, de alegría y de fe, pues aquel hombre llamado Jesús sólo podría ser un enviado de Dios para ayudar, enseñar, orientar y curar a los hombres en la Tierra.        

Y un gran sentimiento de veneración los envolvió, al reconocer, en Jesús, el Salvador que por tanto tiempo el pueblo judío había aguardado.          

Esa historia nos muestra que, cuando tenemos realmente deseo de conseguir alguna cosa, nosotros lo conseguiremos. Aunque nos parezca imposible, si buscamos una salida, la conseguiremos, pues nada hay que nos sea imposible con el amparo de Dios.

¿Cuántas cosas nosotros ya aprendimos y que nos parecían imposibles? ¡Ciertamente tú no te acuerdas, pero el hecho de conseguir equilibrarte en las dos piernas y andar solo fue difícil! ¿Te acuerdas de las caídas que tuviste hasta conseguir andar en una bicicleta de dos ruedas? ¿Con patines, de skate? ¡Cuántas piernas arañadas, cuantos dolores! Pero, hoy, tú andas con seguridad y sueñas un día poder andar en una moto, ¿no es así?

Entonces, cuando estés preocupado con un examen en la escuela, desesperado por creer que no sabes nada, y que “nunca” conseguirás mejorar en aquella materia, piensa en Dios y pide ayuda, que ella no te faltará.

Sin embargo, no basta pedir, es preciso también actuar, como el paralítico de la historia. Esforzarse para resolver el problema que lo separa de aquello que desea, usando su determinación, su voluntad y su coraje para vencer.

¡Imagina la situación de aquel paralítico! Para él no fue fácil dejarse conducir para arriba. ¡Piensa en el miedo y en la inseguridad que él sintió al ser levantado hasta el tejado de la casa! ¿Y si él se cayera de la cama? Su situación quedaría peor. ¿Si no fuese bien, si los compañeros no aguantaran su peso? ¿Y si no consiguiesen descenderlo del techo hasta el suelo de la casa? Ciertamente, él tendría muchas dudas, y la mayor de ellas: ¿Y si el profeta, después de todo, se negara a curarlo?

Pero él resistió a todo y siguió adelante, con coraje y determinación, consiguiendo lo que tanto quería: la cura.

Así, jamás dudes de aquello que deseas. Si fuera bueno para ti, usa tu fe, tu confianza para conseguir lo que quieres, y el Señor te bendecirá, pues Jesús aún afirmó:

“Si tuvieras fe del tamaño de un grano de mostaza, diréis a esta montaña: Transpórtate de ahí para allí y ella se transportará, y nada te será imposible”.

Jesús nos habla de la montaña — un gran obstáculo —, pero que por nuestra fe — aún pequeña — conseguiremos desplazar, pues esa montaña son las dificultades, las resistencias, la mala voluntad, finalmente, todo lo que nos separa de aquello que deseamos realizar.

Entonces, coraje, fe y determinación. ¡Así, con ayuda de Dios, tú vencerás siempre!                                                                          

MEIMEI 
 

(1) Texto basado en el Evangelio de Marcos, capítulo 2, versículos 1 a 12, y en el Evangelio de Lucas, capítulo 5, versículos 17 a 26, psicografiado por la médium Célia Xavier de Camargo, en Rolândia-PR.


               
 
                                                                                   



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Revista Semanal de Divulgación Espirita