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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 7 307 – 14 de Abril de 2013

Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 

 

El valor de un libro

 

Cierto día llegó a la Casa Espírita una señora muy distinguida que deseaba hacer la donación de libros para la biblioteca de la entidad.

Recibida con gentileza por Lúcia, una de las colaboradoras, la señora se presentó y explicó:
 

— Mucho placer, Lúcia. Los libros eran de mi padre, que tenía mucho aprecio por ellos. Sin embargo, mi padre falleció recientemente y, como vivo lejos y no tengo espacio suficiente en mi apartamento, juzgué que nada mejor que donarlos a quién pueda hacer buen uso de ese tesoro. Como podrá ver, Lúcia, son libros rarísimos, obras de mucho valor que mi padre guardaba con extremado cuidado.

Tras presentar sus sentimientos por la partida para el Mundo Espiritual del padre de la visitante, Lúcia dijo:

— Quedamos agradecidos con su recuerdo de donarnos la biblioteca de su padre. Puede tener certeza de que cuidaremos muy bien de los libros de él.

— Algunos están necesitando pegar la carátula, otros están con algunas hojas sueltas... Pero, como afirmé, existen en medio de ellos verdaderas rarezas.

— No se preocupe. Tenemos una persona que es especialista en restaurar libros. Quede tranquila.

Así combinaron que la donante, en virtud de tener urgencia en volver para su ciudad, mandaría, lo más rápido posible, un portador a traer los libros.

Al día siguiente, un furgón llegó lleno de libros. Lúcia, que estaba aguardando, mandó que los libros fueran colocados sobre una mesa en una sala de poco uso, para que pudieran verificar la condición de las obras y hacer el servicio de restablecimiento en aquellas en que fuese necesario.

Lúcia, encantada, verificó que realmente eran todos libros espíritas y de gran valor, pues muchos no se volvieron a editar más.

Ella volvió contenta para casa. Ciertamente los participantes y frecuentadores de la Casa Espírita quedarían maravillados con aquellos tesoros.

Al día siguiente, llegando al Centro Espírita, Lúcia fue inmediatamente hasta el lugar donde hubo colocado las obras. Sin embargo, entrando en la sala se llevó un susto.
 

— ¡Oh!... ¡¿Donde están los libros?!...

Corrió por las salas buscando alguien que pudiera explicarle lo que había ocurrido. Encontró a un muchacho, muy servicial, que le gustaba ayudar ejecutando pequeñas tareas.

— Bernardo, ¿tú sabes donde pusieron los libros

que estaban sobre una mesa en la última sala del pasillo?

Satisfecho con su deseo en ayudar, el muchacho respondió:

— Sé, sí, Lúcia. Como eran muy viejos, juzgué que fueron para tirar. ¡Entonces, coloqué todo en grandes sacos de basura y los dejé en la calle para que el basurero se lo llevara! — informó con expresión satisfecha, creyendo que había hecho un beneficio para la institución.

Lúcia palideció. Llevando las manos a la cabeza, con voz trémula dijo:

— ¡¿Será que el basurero ya pasó?!... — al tiempo que corría para fuera del edificio a ver si salvaba los libros.

El muchacho corría detrás de ella, sin entender lo que estaba ocurriendo y por qué ella parecía tan asustada.

— ¿Yo hice alguna cosa equivocada, Lúcia?

Llegando a la calzada la señora vio, con gran alivio, que los sacos de basura continuaban allá. Sin embargo, el camión de recolección de basura ya estaba esperando, mientras uno de los basureros se aproximaba para coger los sacos. Elisa gritó:

— ¡No, por favor! ¡No se lleve estos sacos!
 

El basurero quedó sorprendido, pero atendió al pedido de ella. Después, la señora pidió:

— Bernardo, ayúdame. Vamos a llevar todo de vuelta para dentro.

Después de la precaución, Lúcia abrió los sacos y quitando los libros, los colocó nuevamente sobre la mesa.
 

El muchacho, que observaba el cuidado de la compañera en el trato con aquellos libros viejos, consideró:

— Discúlpeme, Lúcia. ¡Juzgué que estos libros no tenían ningún valor! ¡Finalmente, son tan viejos!

La señora miró para él e informó:

— Bernardo, el valor de un libro no se mide por la belleza de la carátula, por ser nuevos o por los colores primorosos. Es el interior lo que vale. El libro espírita es como luz que ilumina a quién los lee. La carátula puede estar vieja, desgastada por el uso, pero las enseñanzas que él contiene continúan ayudando, socorriendo, calmando, orientando e iluminando a todos los interesados.

El jovencito cogió uno de aquellos libros en la mano, ahora con otros ojos, y acarició la carátula, asimilando de la verdadera comprensión de cuánto él significaba. Después, lo llevó a los labios y lo beso con respeto.

Dos semanas después, luego de una iniciativa colectiva, las obras ya estaban restauradas y colocadas en el estante de la biblioteca junto con los otros libros, para satisfacción de todos.

                                                                           MEIMEI


(Recebida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, aos 18/03/2013.)


               
 
                                                                                   



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Revista Semanal de Divulgación Espirita