WEB

BUSCA NO SITE

Edição Atual
Capa desta edição
Edições Anteriores
Adicionar
aos Favoritos
Defina como sua Página Inicial
Biblioteca Virtual
 
Biografias
 
Filmes
Livros Espíritas em Português Libros Espíritas en Español  Spiritist Books in English    
Mensagens na voz
de Chico Xavier
Programação da
TV Espírita on-line
Rádio Espírita
On-line
Jornal
O Imortal
Estudos
Espíritas
Vocabulário
Espírita
Efemérides
do Espiritismo
Esperanto
sem mestre
Divaldo Franco
Site oficial
Raul Teixeira
Site oficial
Conselho
Espírita
Internacional
Federação
Espírita
Brasileira
Federação
Espírita
do Paraná
Associação de
Magistrados
Espíritas
Associação
Médico-Espírita
do Brasil
Associação de
Psicólogos
Espíritas
Cruzada dos
Militares
Espíritas
Outros
Links de sites
Espíritas
Esclareça
suas dúvidas
Quem somos
Fale Conosco
 
 
Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 3 127 – 4 de Octubre del 2009

 
                                                            
Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

 

El paquete de sal


 

Era una época de gran necesidad.

La sequía destruyó las plantaciones y no había trabajo en el campo.

Así, sin poder trabajar y ganar lo necesario para el sustento de la familia, las personas comenzaron a pasar hambre.

En la Evangelización Infantil del Centro Espírita, hablando sobre la caridad, la profesora explicó a los alumnos lo que estaba ocurriendo y comentó que muchas familias no tenían  qué comer.

Sensibilizados, los niños se dispusieron a ayudar.

¿Pero, qué hacer? Después de mucho pensar, una de las niñas propuso que hicieran una recolecta, trayendo cada alumno 

lo que pudiera. Después, un día previamente establecido, irían todos juntos a llevar los géneros alimenticios recogidos para las familias más necesitadas.

El día marcado, los niños comparecieron trayendo sus contribuciones, que colocaban en un rincón de la sala de clase.

Muchos trajeron paquetes enormes y abundantes, recibiendo aplausos de los colegas.

Sólo una muchachita, Beatriz, llegó con un pequeño paquete diciendo, avergonzada:

— Disculpe profesora, pero sólo pude traer este paquete de sal.

Algunos niños se burlaron de la compañera, que dejó su contribución y volvió para su lugar, roja de vergüenza y presta a llorar.

La profesora puso orden en la clase pidiendo silencio. Después, dirigiéndose a todos, los reprendió:

— Estoy triste con vosotros. No es por el tamaño de la donación que medimos el esfuerzo de cada uno. Quién da lo que puede, está haciendo bastante. Probablemente, os hará menos falta a vosotros el gran paquete de alimentos que trajeron que el kilo de sal para Beatriz.

Hizo una pausa, evaluando el efecto de sus palabras y concluyó:

— Además de eso, ¿os acordáis del pasaje evangélico denominado “El Óbolo de la Viuda” que leímos el otro día?

— ¡Yo lo recuerdo, profesora! — dijo uno de los niños. — Es la historia de una viuda que fue al templo a llevar su contribución. Como era muy pobre, dio sólo dos monedas y, viendo que otras personas daban mucho dinero, quedó avergonzada. Pero Jesús, viendo eso, dije a sus discípulos que aquella viuda había dato más que todas las otras personas.

— ¡Eso mismo! Tú demostraste que aprendiste bien la lección — dijo la profesora.

Obligados, los alumnos burlones bajaron la cabeza sin decir nada. Luego enseguida salieron en banda para visitar a las familias necesitadas y fue con satisfacción que vieron la alegría de aquellos que recibieron la ayuda.

volvieron con los corazones en fiesta, llenos de íntimo contentamiento por haber podido practicar la caridad.

Al pasar por una calle del barrio pobre, alguien recordó que estaban próximos de la casa de Beatriz. Animados, decidieron hacer una visita a la amiguita, que la aceptó satisfecha.

Al llegar, encontraron una vivienda humilde, pero muy limpia y arreglada. La madre de Beatriz los recibió gentilmente y les ofreció un copo de agua fresca, diciendo sonriente:

— Es sólo lo que puedo ofreceros. Me gustaría hacer un café, pero, infelizmente, el café se acabó.

Agradecieron la acogida y se despidieron, emocionados, dejando a Beatriz en el portón.

Marcelo, el niño que hubo iniciado las burlas, y que era rico, estaba bastante avergonzado.

— Lamento, profesora, mi actitud en la clase. ¡Ignoraba que Beatriz fuera tan pobre!

— Por eso, Marcelo, debemos siempre respetar a los otros. Ella, como la viuda de la enseñanza evangélica, dio lo que podía y, tal vez, hasta lo que fuera hacerle falta.


El niño pensó un poco y consideró:

— Si fuéramos a pesar las donaciones en una balanza espiritual, con seguridad el paquete de sal de Beatriz no pesaría sólo un kilo, profesora, sino tendría el peso de todas las donaciones juntas.

A partir de ese día, Marcelo se hizo más amigo de Beatriz, visitándola con frecuencia y, hasta, discretamente, ayudándola siempre que posible.



                                                                    Tía Célia 


 



O Consolador
 
Revista Semanal de Divulgación Espirita