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Año 11 - N° 515 - 7 de Mayo de 2017
ANSELMO FERREIRA VASCONCELOS
afv@uol.com.br                                

São Paulo, SP (Brasil)
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 
 

Anselmo Ferreira Vasconcelos

¿Las tempestades eléctricas ayudan
a mejorar la psicosfera?


Tuve la felicidad de disfrutar de una infancia rica en experiencias y aprendizajes. Claro que había mucho bullying en el inicio de los años 1970 – palabra con la cual yo y mis padres ni soñábamos pudiera existir. De hecho, la imposición por la fuerza e incluso una cierta ingenuidad moldeaban nuestras vidas. Nos cabía, sin embargo, seguir al frente y enfrentar los obstáculos y dificultades – y eran muchos – de cada día con coraje y determinación.

Uno de los recuerdos más agradables que guardo en la memoria era la felicidad que yo sentía con la llegada del verano y sus lluvias abundantes. ¡Que tiempos maravillosos fueron aquellos! Las estaciones con sus características marcadas y singulares encontraban perfectas correspondencias en el clima de la época.

Las lluvias en aquel entonces ocurrían todos los días en los veranos (las temperaturas, según recuerdo, oscilaban en la media entre 25/26º) de mi querido São Paulo. Era admirable, por señal, la precisión con que alcanzaban el suelo caliente. O sea, ellas venían a alegrarnos diariamente inmediatamente después de las 15h.

Yo vivía en una pequeña calle, en el barrio más antiguo de la ciudad - la Clientela del Ó - dividida en su extensión por dos anchos. Mis amiguitos y yo salíamos para jugar al fútbol en el menor de ellos poco antes de que el aguacero llegara. Era una enorme diversión para nosotros jugar al fútbol callejero bajo la intensa lluvia. Cabe resaltar que nosotros, niños en la época, gozábamos de una libertad absolutamente impensable en los tiempos presentes por varias razones.

Las lluvias duraban cerca de una hora y aquel volumen extraordinario de agua nos lavaba no sólo los cuerpos tiernos, sino igualmente nuestras almitas, tal era la sensación de bienestar que nos infundia. De ese modo, terminada el juego nos sentíamos ligeros como plumas, aunque un poco exhaustos. La madre Naturaleza en aquellos tiempos demostraba consistentes señales de equilibrio y armonía.

Era muy común inmediatamente tras la actividad lúdica observar el astro rey resurgir con sus rayos dorados a enmarcar el firmamento, así como embellecer el caer de la tarde. Las cosas funcionaban perfectamente. Curioso: no había prácticamente rayos o truenos. Nosotros no teníamos el más pequeño temor con relación a eso. En verdad, era algo tan raro que no nos causaba ninguna preocupación y tan poco a nuestras madres.

Brasil: líder mundial en incidencia de rayos – Hecha la saludable y querida divagación, me gustaría enfocar ahora en las tempestades de rayos observables en los tiempos presentes y el terror que – muy diferente de mi infancia – generan. Las estadísticas en ese particular son alarmantes. Como a mostrar todo su desencanto con la humanidad y sus constantes transgresiones al buen sentido y a los valores sagrados, Brasil viene siendo castigado duramente por las fuerzas de la naturaleza.

En efecto, llegamos a registrar más de 50 millones (otras fuentes afirman que ya alcanzamos 57,8 millones) de descargas eléctricas por año cayendo en suelo brasileño, particularmente en la primavera y verano, las estaciones más calientes del año. No bastara eso y todos los perjuicios materiales de ahí derivados, según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), los rayos mataron a 1.790 personas entre 2000 y 2014. Así pues, asumimos el puesto de líder mundial en incidencia de rayos por año. 

En consonancia con los especialistas, las temperaturas de un rayo pueden alcanzar 30 mil grados Celsius, es decir, cinco veces más elevada que la de la superficie del Sol o aún 100 millones de voltios. La mayoría de las desencarnaciones ocurre en campos abiertos tales como áreas agriculturas, campos de fútbol y playas, especialmente a través de corrientes indirectas de los rayos que vienen por el suelo. Es evidente que tenemos hoy en Brasil condiciones climáticas muy favorables – choque de masas de aire con temperaturas diferentes – para que eso ocurra de lo que fue otrora. De ese modo, aún en consonancia con los especialistas, “El choque de las partículas dentro de las brumas deja los átomos eléctricamente cargados, dando origen a una chispa que da inicio al rayo. A medida que la chispa se aproxima al suelo, se inicia una descarga del suelo para la nube. Cuando las dos se unen, ocurre el rayo”.

El INPE informa también que el lugar donde los rayos caen más en el país es el Amazonas, con 11 millones de registros por año, seguido por el Pará con 7,8 millones y Mato Grosso con 6,81 millones de casos, respectivamente. Además de eso, nos cabe añadir que en segundo lugar en el ranking mundial aparece la República Democrática de Congo, con 43,2 millones de rayos y, en tercero, los Estados Unidos, con 35 millones por año.

Cargamos para el Más Allá los valores que nos adornan el alma – Es curioso notar que son naciones democráticas que, a ejemplo de Brasil, enfrentan complejos problemas en sus sociedades. Puesto esto, me gustaría sugerir otra hipótesis – y nada más que eso – para ese fenómeno de veras sobrecogedor, además, obviamente, de las consecuencias climáticas previamente analizadas. Creo que esas tempestades, dados el volumen, la intensidad y la mortandad que han causado, deben estar relacionadas a otros aspectos de naturaleza eminentemente espiritual. Mi hipótesis reside en el hecho de que en el plano espiritual, particularmente en las zonas umbralinas, son usados recursos semejantes para enfriar el acúmulo de tenor vibratorio negativo.

Sabemos por la literatura espírita que allí se concentran contingentes considerables de entidades sufridoras y desvirtuadas del bien, que emanan material mental altamente tóxico, enfermo y desequilibrado. Finalmente, nadie se hace santo sólo por cambiar de dimensión. Cargamos para el más allá de la tumba el conjunto de valores que nos adornarán la personalidad en la existencia material. Si fuéramos virtuosos y espiritualizados, por merecimento natural deberemos aportar en una morada de la casa del Padre – recordemos que Jesús claramente se refirió a ellas (ver Juan, 14:2) – apropiada al progreso por nosotros alcanzado. De lo contrario, podemos esperar lugares donde probablemente abundan “llanto y crugir de dientes” (Mateo, 13:42). En suma, simplemente encaramos el funcionamiento imparcial de la ley de acción y reacción.

Volviendo a la hipótesis arriba enunciada, cabe recordar que en la extraordinaria obra Obreros de la Vida Eterna, dictada por el Espíritu André Luiz (psicografia de Francisco Cândido Xavier), hay una clara alusión a ese respecto. En la obra, André Luiz relata su viaje de aprendizaje y observaciones junto a la Casa Transitoria de Fabiano. O sea, él fue enviado a una “gran institución piadosa, en el campo de sufrimientos más duros en que se reúnen almas recién desencarnadas, en las cercanías de la Superficie Terrestre... fundada por Fabiano de Cristo, dedicado siervo de la caridad entre antiguos religiosos de Rio de Janeiro... en tarea de asistencia evangélica, junto a los Espíritus recién desconectados del plano carnal”.

La función de la Casa Transitoria de Fabiano – El Espíritu Jerónimo, uno de los trabajadores de la institución, percibiendo en un momento dado la curiosidad inmensa de André, esclarece: “En este edificio de beneficencia cristiana, se centran numerosas expediciones de hermanos leales al bien, que se dirigen a la Superficie Planetaria o a las esferas oscuras, donde se debaten en el dolor seres angustiados e ignorantes, en tráfico prolongado en los abismos tenebrosos. Además de eso, la Casa Transitoria de Fabiano, a la manera de otras instituciones salvadoras que representan verdaderos templos de socorro en estas regiones, es también precioso punto de conexión con nuestras ciudades espirituales en zonas superiores”. Las dificultades de las almas dedicadas al bien y al amor actuando en aquellas regiones purgatoriales son tan intensas que, en la inminencia de un ataque a la Casa por las fuerzas de las tinieblas, su directora Zenóbia oportunamente explicó a André Luiz: “La tragedia bíblica de la caída de los ángeles luminosos, en abismos de tinieblas, se repite todos los días, sin que lo percibamos en sentido directo. ¡Cuántos genios de la Filosofía y de la Ciencia dedicados a la opresión y a la tirania! ¡cuántas almas de profundo valor intelectual se precipitan en el despeñadero de fuerzas ciegas y fatales! Lanzados al precipicio por el desvío voluntario, esos infelices raramente se penitencian e intentan uma demora benéfica... En la mayoría de las veces, dentro de la terrible insatisfacción del egoísmo y de la vanidad, se sublevan contra el propio Creador, avilitándose en la guerra prolongada a sus divinas obras. Se agrupan en sombrías y devastadoras legiones, operando movimientos perturbadores que desafían de más astuta imaginación humana y confirman las viejas descripciones mitológicas del infierno”.  Pero, lanzando un aire de esperanza y anteviendo los progresos futuros de aquellas almas infelices, Zenóbia añadió: “Llegará, sin embargo, el día de la transformación de los genios perversos, desencarnados, en Espíritus luminosos por el bien divino. Todo apenas, aunque perdure milenios, es transitorio. Nos encontramos sólo en lucha por la victoria inmortal de Dios, contra la inferioridad del ‘yo’ en nuestras vidas. Toda expresión de ignorancia es ficticia. Solamente la sabiduría es eterna”.

La acción purificadora del fuego etérico – Es interesante notar que la directora hizo, posteriormente, referencia a la necesidad del uso de un instrumento de defensa vital en aquella región de sufrimiento. Mejor dicho, ella fue avisada de que “los desintegradores etéreos” irían a pasar al día siguiente. Y con base en esa información ella comentó: “[...] Cuando el fuego etérico viene a quemar los residuos de la región, somos obligados a transportarnos con la institución, a camino de otra zona. [...]”. [Cursiva añadida. ]

El inolvidable reportero de la espiritualidad, a su turno, se sentía muy desconfortado en el lugar. “Permanecíamos – dijo él – en región donde la materia obedecia las otras leyes, interpenetrada de principios mentales extremadamente viciados. Se congregaban ahí largos precipicios infernales y vastísimas zonas de purgatorio de las almas culpables y arrepentidas”. [Cursiva añadida.]

Las citas arriba ayudan – pienso yo – a esclarecer mejor las condiciones ambientales del trabajo al cual André Luiz estaba momentáneamente vinculado. En el general, ellas esclarecen que otras providencias deben ser tomadas por los trabajadores de la espiritualidad para que los fluidos negativos y perturbadores en profusión sed diluídos.  Siendo así, en el capítulo 10 de la referida obra, titulado Fuego Purificador, son relatadas pormenorizadamente las acciones desarrolladas para tal fin. André Luiz así las describe: “Nos entregábamos, tranquilos, al trabajo, cuando un indescriptible choque atmosférico sacudió el oscuro cielo. Claridad de terrible belleza paró la niebla de alto a bajo, ofreciendo, por un instante, asombroso espectáculo. No era así el relámpago conocido en la Superficie, por ocasión de las tempestades, por cuanto las descargas eléctricas de la Naturaleza, sobre el suelo denso, son menos precisas en lo que se refiere a la orientación técnica de orden invisible. Se observaba, allí, lo contrario: la tormenta de fuego iba a comenzar, metódica y mecánicamente”. [Cursiva añadida.]

Sorprendido, el benefactor informó: “A La distancia de muchos kilómetros, veíamos las claridades de la hoguera ateada por las chispas eléctricas en la desolada región”. [Cursiva añadida.]

La descarga eléctrica no se detuvo en la superficie – En cierto punto de la narración, André añadió: “... tronó un nuevo trueno en las alturas. El fuego se encendió en diversas direcciones, muy lejos aún, como a notificarnos su aproximación gradual. De esa vez, sin embargo, recibí la nítida impresión de que la descarga eléctrica no se hubo detenido en la superficie. Había penetrado la substancia bajo nuestros pies, porque un asombroso rumor se hizo sentir en las profundidades”. [Cursiva añadida.]

Es pertinente resaltar que André Luiz observó que el trabajo de los desintegradores eléctricos buscaban, entre otras cosas, evitar “la aparición de las tempestades magnéticas que surgen, siempre, cuando los residuos inferiores de materia mental se amontonan excesivamente en el plano”. [Cursiva añadida.]

Las experiencias de André Luiz son altamente fascinantes y reveladoras. Pido para que un día algún cineasta transporte ese manantial de conocimiento transcendental para las pantallas de los cines. Pienso que su impacto sería extraordinario y aumentaría substancialmente la reflexión sobre el tema y sobre el modo como las criaturas se conducen en la vida corporal. Por ahora, sin embargo, lo que quiero resaltar es que si allá, en las regiones más sombrías de la espiritualidad, preponderan tales instrumentos para el restablecimiento del equilibrio donde marchitas entidades infensas al bien, ¿no sería, por lo tanto, concebible tener algo semejante em nuestras esfera?

A fin de cuentas, el material mental de la humanidad actualmente encarnada está lejos de expresar claridad, lucidez y pureza. Si tuviéramos la capacidad de ver nuestras formas-pensamientos quedaríamos escandalizados con aquello que derramamos en el ambiente espiritual. Los tiempos presentes han sido extremadamente duros para la humanidad y no hay razón para creer que serán minimizados tan inmediatamente. Estamos en pleno proceso de transición planetaria.

En mi infancia las cosas eran difíciles, pero el ambiente, la vida en sí, seguía un curso natural y previsible. La violencia ocurría en una escala casi imperceptible. Dicho de otra forma, los “escándalos” eran infinitamente más pequeños. Tal vez de ahí la necesidad de tempestades menos destrutivas para la limpieza de la psicosfera.

Como dice Joanna, enfermos somos casi todos nosotros – En contraste, en la actualidad, convivimos con males y dificultades de todo orden. Avanzamos inmensamente del punto de vista tecnológico, pero en términos morales nuestra civilización continúa profundamente enferma... En ciertos momentos, la vida en la Tierra llega a ser casi sofocante no sólo por el clima adverso, sino fundamentalmente por la pletora de acontecimientos, tragedias, actos y acciones que generan infelicidad, desconfianza y profundo malestar. No hay efectivamente un compromiso general de búsqueda por el perfeccionamiento interior o de autoiluminación. Somos, por eso, prácticamente analfabetos en cuestión de conocimiento espiritual, sin hablar en la precariedad de su aplicación y vivencia.

Corroborando esa percepción recurro al pensamiento de la benefactora espiritual Joanna de Ângelis, grabado en la obra Ofrenda (psicografia de Divaldo Pereira Franco): “Enfermos somos casi todos nosotros, en diversos grados de intensidad”.

En nuestro país, por ejemplo, se ve mucha religiosidad, pero no se puede decir lo mismo en términos de evolución espiritual. Además, las personas viven encerradas en sus casas con recelo de la crueldad que las cerca, olvidadas por el poder público, presionadas por los ingentes problemas financieros y, en consecuencia, cada vez más desatendidas en sus necesidades elementales. La corrupción – molestia social silenciosa, pero extremadamente permeable en las sociedades humanas – se instaló en nuestras estructuras sociales, comprometiendo severamente el funcionamiento del país y atrasando la marcha del progreso. La violencia, que alcanzó niveles nunca antes vistos, está dejándonos completamente atónitos. Vivimos, finalmente, bajo un clima de inseguridad constante a exigirnos fe y esperanza. Siendo así, conjeturo que las tempestades eléctricas en nuestra dimensión pueden tener la función de ayudar – a despecho de los estragos materiales que ocasionan y de las vidas que cortan – en la eliminación de las emanaciones mentales viciadas, descontroladas y enfermas que emitimos diariamente.

Si la tesis está correcta, ellas serían instrumentos depurativos debidamente accionados por la espiritualidad para auxiliar en la profilaxia de la psicosfera cuando esta alcanza niveles elevados de inestabilidad. Creo aún que sin tal recurso probablemente no conseguiríamos sobrevivir, tamaña la opresión que sentiríamos en el interior de nuestras almas. Dejo absolutamente claro, por fin, que en este texto sólo discuto posibilidades e hipótesis a ser confirmadas o no por nuestros luminares de la vida mayor en el momento oportuno.




 


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