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Año 11 - N° 514 - 30 de Abril de 2017
Traducción
Elza Ferreira Navarro - mr.navarro@uol.com.br
 

 
 

Cuando la ciencia puede tornarse herramienta
inútil o peligrosa


“Indudablemente, el pasado programó en el ser las necesidades de su evolución, apuntándole una finalidad, un objetivo que debe ser alcanzado mediante todo el empeño de su inteligencia y de su discernimiento.” (Rogério Coelho, autor del especial “Represión de los instintos agresivos”, uno de los relieves de la presente edición.)

Con excepción de las mentalidades ociosas, que son adeptas del menor esfuerzo, todo hombre tiene una tarea intelectual, sea ella de las más sencillas o situada en las culminaciones de la intelectualidad.

El alcance del discernimiento es peculiar a todos los hombres. Eso demuestra que todos nosotros somos seres inteligentes. 

“Podríamos redefinir inteligencia como una aptitud del Espíritu, que resume gran número de funciones independientes, tales como: imaginación, memoria, atención, conceptuación y raciocinio, entre otras… Ella resulta del aprendizaje a través de la formación de hábitos oriundos de los condicionamientos reflejos bien como de la libre expresión del Espíritu en la utilización de su libre albedrío.” (Rogério Coelho, en el artículo mencionado.)  

La inteligencia es una facultad, es decir, un conjunto de facultades en constante evolución. Por esa razón el desarrollo intelectual tiene la costumbre, con raras excepciones, de superar el desarrollo moral. La inteligencia raramente cede a las invocaciones del sentimiento para ascensión a las cualidades morales elevadas. He aquí el mero fenómeno del hombre inteligente que es incapaz de tener un comportamiento ético y moral.

 “Fundamental es desarrollar la autoestima. Para tanto no es necesario nada de excepcional en la personalidad. Es suficiente considerarse hijo de Dios y, por lo tanto, detentor de habilidades mínimas para el desempeño adecuado en el arte de vivir; cultivar la seguridad física, valorando adecuadamente el cuerpo, no sintiéndose intimado o con miedo de la vida; tener su creencia personal sobre la propia origen divina; tener certeza de que la propia vida tiene significado y una dirección definida; buscar no molestarse con pequeñas derrotas, consciente de que mejorará el propio desempeño en la próxima vez; no permitir que la propia ansiedad estorbe el preparo para enfrentar nuevas pruebas; finalmente, cultivar la simpatía.”(Rogério Coelho.)  

Si es fundamental reconocer los errores y los defectos que nos son peculiares, es necesario desarrollar la autoestima.

Algunas obras mediúmnicas supuestamente espíritas utilizan los errores de algunos espíritas para buscar destruirnos la autoestima y hacer que crean que somos un nadie, sin merecimiento alguno, intentando con eso explotar el Espiritismo por dentro, con el objetivo de deprimir los espíritas desinformados o no vigilantes, hasta el punto de desertar “porque la vida espírita no vale la pena”.

Esos derrotistas, sin embargo, tienen sido identificados por los hermanos más seguros y vigilantes, que desenmascaran tanto los mistificadores cuanto los médium que les dan guarida.

“(…) Las emociones son reconfiguraciones del Espíritu. El uso de la inteligencia no debe limitarse a conocer los objetos o mismo servir para caracterizarles con nombres o utilidades. Ella representa adquisición superior del Espíritu y debe ser colocada a servicio del amor, sin lo cual se torna herramienta inútil y peligrosa.” (Rogério Coelho.)

La ciencia está tan presente en la vida cotidiana que es lugar común considerarla como el fenómeno más importante de nuestros tiempos.

Ocurre que la ciencia es éticamente neutra. Por eso los esfuerzos para someterla al arbitrio del derecho, del orden, de la moral.

Los hombres responsables por el desarrollo tecnológico están, en gran parte, tan llenos de poder, que pueden usar los productos científicos para fines bélicos y tecnocráticos. Es cuando la ciencia hace con que la técnica se torne una especie de corrosivo en manos de un niño.



 


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