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Año 9 - N° 414 - 17 de Mayo de 2015
JORGE HESSEN        
jorgehessen@gmail.com     
Brasília, Distrito Federal (Brasil)
 
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 
 

Jorge Hessen

La marcha ascendente de los antepasados
de los hombres

 

¿Será que los llamados hombres de la “!caverna tenían conciencia íntima? “Investigadores de la Universidad de York descubrieron que el hombre de Neandertal nutría un gran sentimiento de compasión. La conclusión vino a través de las evidencias arqueológicas y de la observación sobre el modo como las emociones emergían en nuestros antepasados hace seis millones de años, cuando el ancestral común de los hombres y de los chimpancés vivió el despertar de los primeros sentimientos. Para los arqueólogos, cerca de 1,8 millones de años atrás, el Homo erectus integró el sentimiento de compasión con el pensamiento racional a través de acciones como cuidar de los enfermos y dedicar atención especial a los muertos, demostrando luto y deseo de suavizar el sufrimiento ajeno.” (1)

Creemos que las sepulturas datadas de la era paleolítica comprueban ya haber en aquel periodo una creencia en la vida después de la muerte y en el poder o influencia de los ancestrales sobre la vida cotidiana del grupo familiar. Los integrantes del clan se obligaban a practicar ritos en homenaje a sus muertos por el temor a represalias o por el deseo de obtener beneficios, o aún por considerarlos seres divinizados.

Cuestión intrigante es como el primate se volvió homínido. La respuesta es aún una incógnita. Aún no fue encontrado el “hilo perdido”, la especie biológica que represente esa transición. “Se puede decir que, bajo la influencia y por efecto de la actividad intelectual de Espíritus más adelantados [que los antropoides], el envoltorio se modifico, embelleciéndolo en las particularidades, conservando la forma general del conjunto. Mejorados los cuerpos, por la procreación, se dio origen a una especie nueva, que poco a poco se apartó del tipo primitivo, a la proporción que el Espíritu progresó.” (2)

Allan Kardec explica que “desconocemos el origen y el modo de creación de los Espíritus; apenas sabemos que ellos son creados simples e ignorantes, esto es, sin ciencia y sin conocimiento, sin embargo perfectibles y con igual aptitud para adquirir todo y conocer todo”. (3) El Espíritu André Luiz argumenta que “para alcanzar la edad de la razón, con el título de hombre, dotado de razón y discernimiento, el ser automatizado en sus impulsos, en el camino para el reino angélico, necesitó nada menos que un billón y medio de años”. (4)

Muchas de las transformaciones que se verifican en el “homo” fueron promovidas en sus estructuras periespirituales, entre una existencia y otra (o sea, en la dimensión espiritual). Los Espíritus constructores, bajo la supervisión del Cristo, retocaban, en ocasiones sucesivas, las formas periespiríticas, y estas alteraciones crearían el campo magnético para las futuras mutaciones. Experiencias múltiples, en el patrimonio genético de nuestros antepasados, coordinadas por especialistas siderales en genética, fueron modelando aquellas formas que deberían persistir hasta los tiempos actuales. La selección natural se incumbiría de hacer desaparecer las formas primitivas no aptas.

Linaje definitivo para todas las especies

Conforme afirma Emmanuel, actualmente la ciencia procura los legítimos antepasados de las criaturas humanas en esa inmensa vastedad de la arena de la evolución anímica. “En el periodo terciario (5), bajo la orientación de las esferas espirituales, se notaban algunas razas de antropoides, en el Plioceno inferior [de 5,3 millones a 1,6 millones de años]. Esos antropoides, antepasados del hombre terrestre, y los ascendentes de los simios que aún existen en el mundo, tuvieron su evolución en puntos convergentes, y de ahí los parentescos sorológicos entre el organismo del hombre moderno y el del chimpancés de la actualidad.”(6)

Para el autor de “Renuncia”, no hubo propiamente un “descenso del árbol” en el inicio de la evolución humana. “Las fuerzas espirituales que dirigen los fenómenos terrestres, bajo la orientación de Cristo, establecieron, en la época de la gran maleabilidad de los elementos materiales, un linaje definitivo para todas las especies, dentro de las cuales el principio espiritual encontraría el proceso de su acrisolamiento, en marcha para la racionalidad.”(7)

Los antropoides de las cavernas se esparcieron entonces a los grupos por la superficie del globo, en el curso demorado de los siglos, sufriendo las influencias del medio y formando las bases de las razas futuras en sus tipos diversificados; la realidad, sin embargo, son las entidades espirituales que ayudaron al hombre del silex, imprimiéndole expresiones biológicas.

Los milenios corrieron y su bagaje de experiencias drásticas sobre la frente de esos seres de “brazos alargados y de pelos densos, hasta que un día las huestes de lo invisible operaron una definitiva transición en el cuerpo periespiritual preexistente de los hombres, surgen los primeros salvajes de complexión mejorada, tendiendo a la elegancia de los tiempos por venir”. (8)

El tema de la muerte y “civilización”

El Hombre solo comienza a ser Hombre cuando comienza a enterrar a sus muertos, nos dice el historiador Aníbal de Almeida Fernández, en “La Genealogía como factor básico en la formación de la Civilización”, y concluye: Es el marco divisorio entre el animal y el primer hombre, y ocurrió hace cerca de 40.000 años con el Homo Sapiens y el Homo Neandertal, antes incluso de la agricultura, y es el inicio de la historia humana. El sentimiento de culto a los muertos fue moldeado, pues, a partir de una época bien remota y está sedimentado en casi todas las tendencias religiosas.

Las comunidades primitivas, agropastoriles, inclinadas al culto agrícola y al culto de la fertilidad, creían, originalmente, que, sepultando a sus muertos en las proximidades de los campos agrícolas, los Espíritus de esos cadáveres resurgirían a la vida con más vigor, como simientes plantadas en duelo fértil, pero creían que eso se daría como algo secreto y misterioso. Con esa creencia, se reverenciaban a los muertos próximos a las tumbas, con fiestas y, sobre todo, con mucha alegría, práctica que se extendió viva en algunas culturas contemporáneas.

Las costumbres de los pueblos primitivos se fueron modificando debido a la influencia de otros, venidos, probablemente, del Norte de África (los Iberos) y del Centro de Europa (los Celtas). Véase lo que nos revela uno de los exponentes de la Doctrina Espírita: “Es de los galeses que viene la conmemoración de los muertos (…) sólo que, en vez de conmemorar en los cementerios, entre tumbas, era en el hogar que ellos celebraban el recuerdo de los amigos apartados, pero no perdidos, que ellos evocaban la memoria de los Espíritus amados que algunas veces se manifestaban por medio de los druidas y de los bardos inspirados”. (9)

Se resalta, aquí, que los galeses evocaban a los ancestrales muertos (divinidades) en los recintos de piedra bruta.

Las druidisas (sacerdotisas) y los bardos (poetas y oradores inspirados) eran verdaderos “médiums” y solamente ellos tenían consentimiento para consultar los oráculos (en la Antigüedad, respuesta de una divinidad a quien la consultaba). Los galeses, por tanto, no veneraban los restos cadavéricos, sino el alma sobreviviente, y era en la intimidad de cada habitación que celebraban el recuerdo de sus muertos, lejos de las catacumbas, diferentes de los pueblos primitivos.

Advenimiento de los forasteros cósmicos

¿De donde vinieron tales Inteligencias? Aclara el Espíritu Emmanuel que “hace muchos milenios, uno de los orbes de Capela (10), que guarda muchas afinidades con el globo terrestre, alcanzó la culminancia de uno de sus extraordinarios ciclos evolutivos. Algunos millones de Espíritus rebeldes existían allí, en el camino de la evolución general, dificultando la consolidación de las penosas conquistas de aquellos pueblos llenos de piedad y virtudes, pero una acción de saneamiento general los alejaría de aquella humanidad, que hizo justicia a la concordia perpetua, para la edificación de sus elevados trabajos”. (11)

Las grandes comunidades espirituales, directoras del Cosmos, “deliberaron, entonces, localizar a aquellas entidades, que se volvieron pertinaces en el crimen, aquí en la Tierra lejanísima, donde aprenderían a realizar, en el dolor y en los trabajos penosos de su ambiente, las grandes conquistas del corazón e impulsando, simultáneamente, el progreso de sus hermanos inferiores. Aquellos seres angustiados y afligidos serían degradados en la cara oscura del planeta terrestre; andarían despreciados en la noche de los milenios de la nostalgia y de la amargura; reencarnarían en el seno de las razas ignorantes y primitivas, a recordar el paraíso perdido en los firmamentos distantes”. (12)

La Naturaleza aún era, para los trabajadores de la espiritualidad, un campo vasto de experiencias infinitas; tanto es así que, “si las observaciones del mendelismo fuesen trasferidas a aquellos milenios distantes, no se encontraría ninguna ecuación definitiva en sus estudios de biología. La moderna genética no podría fijar, como hoy, las expresiones de los “genes”, por cuanto, en el laboratorio de las fuerzas invisibles, las células aún sufrían largos procesos de acrisolamiento, imprimiéndoles elementos de astralidad, consolidándoles las expresiones definitivas, con vistas a las organizaciones del porvenir”. (13)

¿Solidaridad salvaje?

Apuestan los arqueólogos que en el intervalo de 500 mil y 40 mil años, el sentimiento evolucionó y los primeros seres humanos, como el Homo heidelbergensis y el Neandertal, ya demostraban compromiso con el bienestar de los otros, lo que puede ser comprobado a través de una adolescencia larga y la dependencia en cazar juntos. Creemos que “no somos creaciones milagrosas, destinadas al adorno de un paraíso de papel. Somos hijos de Dios y herederos de los siglos, conquistando valores, de experiencia en experiencia, de milenio a milenio”. (14) con la conquista de la razón, aparecen el razonamiento, la lucidez, el libre albedrío y el pensamiento continuo. “Hasta entonces, el progreso tenía una orientación centrípeda [de fuera para adentro]; el ser crecía por la fuerza de las cosas, ya que no tenía conciencia de su realidad, ni tampoco libertad de elección. Al entrar en el reino hominal, el principio inteligente – ahora sí, Espíritu – está apto para dirigir su vida, a conquistar sus valores por el esfuerzo propio, a iniciar una evolución de orientación centrífuga [de dentro para fuera].” (15)

Pero la conquista de la inteligencia es apenas el primer paso que el Espíritu va a dar en su estancia en el reino hominal. “El inició en la valerosa lucha para conquistar los valores superiores del alma: la responsabilidad, la sensibilidad, la sublimación de las emociones, en fin, todos los condicionamientos que permitirán al Espíritu alzarse a la comunidad de los Seres Angélicos.” (16) Los sueños premonitorios, las visiones de Espíritus, la audición de la voz de los muertos, inclusive en los fenómenos de voz directa, y la materialización de Espíritus fueron hechos concretos, que llevaron al hombre primitivo a la creencia en la continuación de la vida después de la muerte.

Directamente de los médiums neanderthales surgieron los feticheros, ancestrales de los sacerdotes de todas las religiones. (17)

Sentimiento y humanización de la Tierra

Según un principio sofista atribuido a Protágoras, “El hombre es la medida de todas las cosas”, pero una medida por así decir afectiva, sin el control de la razón. Por eso Herculano Pires afirma que “es por el sentimiento, y no por el razonamiento, que el hombre primitivo humaniza el mundo”. (18) De esta manera, quedan ratificadas las tesis científicas sobre el hombre prehistórico que integró el sentimiento de compasión en la síntesis del pensamiento racional a través de acciones afectivas para el otro semejante.

 

Notas e referências bibliográficas:

(1) Publicado na Revista Galileu disponível no site.

(2) Kardec, Allan. A Gênese", Rio de Janeiro: Ed. FEB, 1997 cap.11, a "Hipótese sobre a origem do corpo humano".

(3) Kardec, Allan. Obras Póstumas, Rio de Janeiro: Ed. FEB, 1999, § 3.o, 1a. Parte.

(4) Xavier, Francisco Cândido e Waldo Vieira. Evolução em Dois Mundos, ditado pelo Espírito André Luiz, Rio de Janeiro; Ed. FEB, 1994.

(5) As designações terciário e quaternário são resquícios de uma nomenclatura geológica anterior, quando eram usadas para distinguir rochas mais recentes de outras, mais antigas, classificadas então como primárias e secundárias. O terciário subdivide-se em cinco épocas: paleoceno (de 66,4 a 57,8 milhões de anos), eoceno (de 57,8 a 36,6 milhões de anos), oligoceno (de 36,6 a 23,7 milhões de anos), mioceno (de 23,7 a 5,3 milhões de anos) e plioceno (de 5,3 milhões a 1,6 milhão de anos). O período quaternário subdivide-se, por sua vez, em pleistoceno (de 1,6 milhão a dez mil anos) e holoceno ou atual (os últimos dez mil anos).

(6) Xavier, Francisco Cândido. A Caminho da luz, ditado pelo Espírito Emmanuel, Rio de Janeiro; Ed. FEB, 1991.

(7) Idem.

(8) Idem.

(9) Denis, Léon . O gênio céltico e o mundo invisível. Rio de Janeiro: Ed.CELD. 1995. p. 180.

(10) Capela é magnífico Sol, inúmeras vezes maior que o nosso Sol. Dista da Terra cerca de 42 anos-luz. Conhecida desde a mais remota antiguidade, Capela é uma estrela gasosa, segundo afirma o célebre astrônomo e físico inglês Arthur Stanley Eddington, e de matéria tão fluídica que sua densidade pode ser confundida com a do ar que respiramos.

(11) Xavier, Francisco Cândido. A Caminho da Luz, ditado pelo Espírito Emmanuel, Rio de Janeiro; Ed. FEB, 1991.

(12) Idem.

(13) Idem.

(14) Idem.

(15) Idem.

(16) Xavier, Francisco Cândido e Waldo Vieira. Evolução em Dois Mundos, ditado pelo Espírito Emmanuel, Rio de Janeiro; Ed. FEB, 1994.

(17) Djalma Argollo. Estudos da Mediunidade antes da Codificação Kardequiana http://www.espirito.org.br/portal/artigos/diversos/mediunidade/mediunidade-antes-da-codificacao.html .

(18) Pires J. Herculano. O Espírito e o Tempo, Introdução Antropológica ao Espiritismo, São Paulo: Edicel, 1979, 3ª edição.


 

 


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