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Estudio Metódico del Pentateuco Kardeciano Português   Inglês

Año 8 371 13 de Julio de 2014

ASTOLFO O. DE OLIVEIRA FILHO                    
aoofilho@gmail.com
                                      
Londrina,
Paraná (Brasil)  
 
Traducción
Maria Reyna - mreyna.morante@gmail.com
 

 
 

La Génesis

Allan Kardec

(Parte 10)
 

Damos continuidad al estudio metódico del libro La Génesis, los Milagros y las Profecías según el Espiritismo, de Allan Kardec, cuya primera edición fue publicada el 6 de enero de 1868.  Las respuestas a las preguntas sugeridas para debatir se encuentran al  final del presente texto.

Preguntas para debatir

A. ¿Cuál es el origen de las pasiones?

B. ¿Qué diferencia existe entre instinto e inteligencia?

C. ¿Es sabia la ley natural que determina la destrucción recíproca de los seres vivos?

Texto condensado para la lectura

188. Instinto e inteligencia – El instinto es la fuerza oculta que induce a los seres orgánicos a actos espontáneos e involuntarios, con miras a su conservación. En los actos instintivos no hay reflexión, ni combinación, ni premeditación. Es así como la planta busca el aire, se vuelve hacia la luz, dirige sus raíces hacia el agua y la tierra nutritiva; como la flor se abre y se cierra alternativamente según sus necesidades; como las plantas trepadoras se enroscan alrededor de lo que les sirve de apoyo, o se enganchan con sus zarcillos. Por el instinto los animales son advertidos de lo que les conviene o perjudica; buscan según las estaciones, los climas propicios; construyen sin lecciones previas, con más o menos arte, según las especies, lechos suaves y refugios para sus progenies, trampas para atrapar a la presa de la que se alimentan; manejan con destreza las armas ofensivas y defensivas de las que están provistos; los sexos se aproximan; la madre abriga a los hijos y éstos buscan el seno materno.

189. En el hombre, el instinto domina con exclusividad sólo en el comienzo de la vida; es por instinto que el niño hace sus primeros movimientos, que toma el alimento, que grita para expresar sus necesidades, que imita el sonido de la voz, que intenta hablar y caminar. Incluso en el adulto, ciertos actos son instintivos, tales como los movimientos espontáneos para evitar un riesgo, para huir de un peligro, para mantener el equilibrio del cuerpo; incluso el pestañear para atenuar el brillo de la luz, o abrir la boca mecánicamente para respirar, etc.

190. La inteligencia se revela por actos voluntarios, reflexivos, premeditados y combinados, según la oportunidad de las circunstancias. Es, indudablemente, un atributo exclusivo del alma.

191. Todo acto mecánico es instintivo; el acto que denota reflexión, combinación y deliberación es inteligente. Uno es libre, el otro no lo es. El instinto es un guía seguro, que nunca engaña; la inteligencia, por el simple hecho de ser libre, a veces está sujeta a errores.

192. Al acto instintivo le falta el carácter del acto inteligente; sin embargo, revela una causa inteligente, esencialmente previsora. Si se admite que el instinto procede de la materia, se tendrá que admitir que la materia es inteligente, incluso más inteligente y previsora que el alma, porque el instinto no se engaña, mientras que la inteligencia se equivoca.

193. Si se considera el instinto como una inteligencia rudimentaria, ¿cómo se explica que en ciertos casos sea superior a la inteligencia racional? ¿Cómo explicar que haga posible que se ejecuten actos que ésta no puede realizar?

194. Si es el atributo de un principio espiritual de naturaleza especial, ¿cuál será ese principio? Puesto que el instinto se extingue, ¿se destruirá ese principio? Si los animales están dotados sólo de instinto, su destino no tiene solución y sus sufrimientos ninguna compensación, lo que no estaría de acuerdo ni con la justicia ni con la bondad de Dios.

195. Según otros sistemas, el instinto y la inteligencia procederían de un único principio. Llegado a cierto grado de desarrollo, ese principio que en un comienzo sólo tendría las cualidades del instinto, sufriría una transformación que le daría las de la inteligencia libre. Si así fuese, en el hombre inteligente que pierde la razón y pasa a ser guiado exclusivamente por el instinto, la inteligencia volvería a su estado primitivo, y cuando el hombre recobrase la razón, el instinto se tornaría inteligencia y así alternativamente, a cada acceso, lo que no es admisible.

196. Además, es frecuente que el instinto y la inteligencia se muestren simultáneamente en el mismo acto. Al caminar, por ejemplo, el movimiento de las piernas es instintivo; el hombre coloca un pie delante del otro mecánicamente, sin pensar en ello; pero cuando quiere acelerar o disminuir su paso, levantar el pie o evitar un obstáculo, hay  cálculo, combinación; actúa con un propósito deliberado. El impulso voluntario del movimiento es el acto instintivo; la dirección calculada del movimiento es el acto inteligente. El animal carnívoro es conducido por el instinto a alimentarse de carne, pero las precauciones que toma para atrapar a su presa, que varían según las circunstancias, y su previsión ante las eventualidades son actos de la inteligencia.

197. Otra hipótesis que, en suma, combina perfectamente con la idea de la unidad de principio, resulta del carácter esencialmente previsor del instinto y concuerda con lo que el Espiritismo enseña, en cuanto a las relaciones del mundo espiritual y el mundo corporal.

198. Se sabe ahora que muchos Espíritus desencarnados tienen la misión de velar por los encarnados, de los cuales se constituyen en protectores y guías; que los envuelven en sus emanaciones fluídicas; que el hombre actúa muchas veces de manera inconsciente, bajo la acción de esos fluidos. Se sabe, además, que el instinto, que por sí mismo produce actos inconscientes, predomina en los niños y, en general, en los seres cuya razón es débil. Ahora bien, según esta hipótesis, el instinto no sería atributo ni del alma ni de la materia; no pertenecería propiamente al ser vivo, sino que sería un efecto de la acción directa de los protectores invisibles que suplirían la imperfección de la inteligencia, provocando los actos inconscientes necesarios para la conservación del ser. Sería como el andador con que se sostiene a los niños que todavía no saben caminar. Entonces, del mismo modo que se deja gradualmente el uso del andador, a medida que el niño mantiene el equilibrio solo, los Espíritus protectores dejan a sus protegidos entregados a sí mismos, a medida que éstos son capaces de guiarse por su propia inteligencia.

199. Así, el instinto, lejos de ser el producto de una inteligencia rudimentaria e incompleta,  sería resultado de una inteligencia extraña, en la plenitud de su fuerza, inteligencia protectora que suple la insuficiencia, ya sea de una inteligencia más joven a la que  empujaría a hacer, inconscientemente y para su bien, lo que aún fuese incapaz de hacer por sí misma, o bien de una inteligencia madura, pero momentáneamente impedida en el uso de sus facultades, como sucede con hombre en la infancia y en los casos de idiotez y de afecciones mentales.

200. Hay un proverbio que dice que hay un dios para los niños, los locos y los borrachos. Ese refrán es más cierto de lo que se supone. Aquél dios no es otro que el Espíritu protector, que vela por el ser incapaz de protegerse, valiéndose de su propia razón.

201. En este orden de ideas, se puede ir más lejos aún. Por muy racional que sea, esa teoría no resuelve todas las dificultades de la cuestión. Si observamos los efectos del instinto, notaremos, en primer lugar, una unidad de miras y de conjunto, una seguridad en los resultados, que desaparecen cuando la inteligencia lo sustituye. Además, reconoceremos una profunda sabiduría en la adecuación tan perfecta y tan constante de las facultades instintivas a las necesidades de cada especie. Tal unidad de miras no podría existir sin la unidad de pensamiento y ésta es incompatible con la diversidad de las aptitudes individuales; sólo ella puede producir ese conjunto tan armonioso que se produce desde el origen de los tiempos y en todas las latitudes, con una regularidad y una precisión matemáticas, cuya falta no se observa jamás.

202. La uniformidad en el resultado de las facultades instintivas es un hecho característico que implica forzosamente la unidad de la causa. Si la causa fuese inherente a cada individualidad, habría tantas variedades de instinto como de individuos, desde la planta hasta el hombre. Un efecto general, uniforme y constante, debe tener una causa general, uniforme y constante; un efecto que demuestra sabiduría y previsión debe tener una causa sabia y previsora. Ahora bien, una causa de esa naturaleza, que es por fuerza inteligente, no puede ser exclusivamente material.

203. Al no observar en las criaturas, encarnadas o desencarnadas, las cualidades necesarias para producir tal resultado, tenemos que subir más alto, es decir, al Creador mismo. Si nos remitimos a la explicación dada sobre la manera en que se puede concebir la acción providencial; si consideramos a todos los seres penetrados del fluido divino, soberanamente inteligente, comprenderemos la sabiduría previsora y la unidad de miras que presiden todos los movimientos instintivos que se realizan para el bien de cada individuo. Ese cuidado es más activo, cuanto menos recursos tenga el individuo en sí mismo y en su inteligencia. Por eso, se muestra más grande y más absoluto en los animales y en los seres inferiores, que en el hombre.

204. Según esa teoría, se comprende que el instinto sea un guía seguro. El instinto materno, el más noble de todos, que el materialismo rebaja al nivel de las fuerzas de atracción de la materia, es realzado y ennoblecido. En razón de sus consecuencias, no debía ser entregado a las eventualidades caprichosas de la inteligencia y del libre albedrío. Por intermedio de la madre, Dios mismo vela por sus criaturas cuando nacen.

205. Esta teoría no anula de ninguna manera el papel de los Espíritus protectores, cuyo concurso es un hecho observado y comprobado por la experiencia; pero se debe notar que la acción de esos Espíritus es esencialmente individual; que se modifica según las cualidades propias del protector y del protegido y que en ninguna parte presenta la uniformidad y la generalidad del instinto. Dios mismo, en su sabiduría, conduce a los ciegos, pero confía a inteligencias libres el cuidado de guiar a los prudentes, para dejar a cada uno la responsabilidad de sus actos. La misión de los Espíritus protectores es un deber que ellos aceptan voluntariamente y constituye un medio de progreso, dependiendo éste de la manera como lo desempeñen.

206. Todas esas maneras de considerar al instinto son forzosamente hipotéticas y ninguna presenta un carácter seguro de autenticidad para ser considerada como una solución definitiva. La cuestión, sin duda, se resolverá algún día, cuando se hayan reunido los elementos de observación que todavía faltan. Hasta entonces, debemos limitarnos a someter las diversas opiniones al tamiz de la razón y la lógica, y esperar que se haga la luz. La solución que más se aproxime a la verdad será, con seguridad, la que mejor se corresponda con los atributos de Dios, es decir, con su soberana bondad y su soberana justicia.

207. Siendo el instinto el guía y las pasiones los resortes del alma en el periodo inicial de su desarrollo, a veces ambos se confunden en sus efectos. Pero hay entre estos dos principios, diferencias que es importante considerar. El instinto es un guía seguro, siempre bueno. Puede, al cabo de cierto tiempo, llegar a ser inútil, pero nunca perjudicial. Se debilita con el predominio de la inteligencia.

208. Las pasiones, en las primeras edades del alma, tiene en común con el instinto que son criaturas impulsadas por una fuerza igualmente inconsciente. Las pasiones nacen principalmente de las necesidades del cuerpo y dependen del organismo, más que el instinto. Sobre todo, lo que las distingue del instinto es que son individuales y no producen, como este último, efectos generales y uniformes; al contrario, varían de intensidad y  naturaleza, según los individuos. Son útiles, como estimulantes, hasta la eclosión del sentido moral, que de un ser pasivo hace que nazca un ser racional. En ese momento, se vuelven no sólo inútiles sino también nocivas al progreso del Espíritu, cuya desmaterialización retardan. Se debilitan con el desarrollo de la razón.

209. El hombre que actuase constantemente sólo por el instinto, podría ser muy bueno, pero conservaría adormecida su inteligencia. Sería como el niño que no dejase su andador y no supiera valerse de sus miembros.

210. Aquél que no domina sus pasiones puede ser muy inteligente, pero al mismo tiempo muy malo. El instinto se aniquila por sí mismo; las pasiones sólo se doman por el esfuerzo de la voluntad.

211. Destrucción de los seres vivos, unos por los otros – La destrucción recíproca de los seres vivos es una de las leyes de la Naturaleza que, a primera vista, menos parece concordar con la bondad de Dios.

212. Uno se pregunta por qué Dios creó en ellos la necesidad de destruirse mutuamente, para alimentarse unos a expensas de los otros.

213. Para quien sólo ve la materia y limita su visión a la vida presente, podrá parecerle en efecto, una imperfección en la obra divina. Sucede, en general, que los hombres juzgan la perfección de Dios desde el punto de vista humano; midiendo Su sabiduría por el juicio que de ella se han formado, piensan que Dios no podría hacer algo mejor de lo que ellos mismos harían. Por su limitada visión, que no les permite apreciar el conjunto, no comprenden que un bien real pueda provenir de un mal aparente.

214. Sólo el conocimiento del principio espiritual, considerado en su verdadera esencia, y  de la gran ley de unidad que constituye la armonía de la creación, puede dar al hombre la clave de ese misterio y mostrarle la sabiduría providencial y la armonía, precisamente donde sólo ve una anomalía y una contradicción.

Respuestas a las preguntas propuestas

A. ¿Cuál es el origen de las pasiones?

Las raíces de todas las pasiones y de todos los vicios se encuentran en el instinto de conservación, instinto que se encuentra en toda su fuerza en los animales y en los seres primitivos más próximos a la animalidad, en los cuales domina exclusivamente, sin el contrapeso del sentido moral, por no haber nacido aún el ser para la vida intelectual. Todas las pasiones tienen una utilidad providencial, pues de otro modo, Dios habría hecho cosas inútiles e incluso nocivas. En el abuso reside el mal y el hombre abusa en virtud de su libre albedrío. Más adelante, esclarecido por su propio interés, escogerá libremente entre el bien y el mal. (La Génesis, cap. III, ítems 10, 18 y 19.)

B. ¿Qué diferencia existe entre instinto e inteligencia?

En los actos instintivos no hay reflexión, ni combinación, ni premeditación. Es así como la planta busca el aire, se vuelve hacia la luz, dirige sus raíces hacia el agua y la tierra nutritiva; como la flor se abre y se cierra alternativamente según sus necesidades; como las plantas trepadoras se enroscan alrededor de lo que les sirve de apoyo, o se enganchan con sus zarcillos.

La inteligencia se revela por actos voluntarios, reflexivos, premeditados y combinados, según la oportunidad de las circunstancias. Es, indudablemente, un atributo exclusivo del alma.

Todo acto mecánico es instintivo; el acto que denota reflexión, combinación y deliberación es inteligente. Uno es libre, el otro no lo es. El instinto es un guía seguro, que nunca engaña; la inteligencia, por el simple hecho de ser libre, a veces está sujeta a errores. Al acto instintivo le falta el carácter del acto inteligente; sin embargo, revela una causa inteligente, esencialmente previsora. (La Génesis, cap. III, ítems 11 y 12.)

C. ¿Es sabia la ley natural que determina la destrucción recíproca de los seres vivos?

Sí. Para quien sólo ve la materia y limita su visión a la vida presente, podrá parecerle en efecto, una imperfección en la obra divina. Sucede, en general, que los hombres juzgan la perfección de Dios desde el punto de vista humano. Midiendo Su sabiduría por el juicio que de ella se han formado, piensan que Dios no podría hacer algo mejor de lo que ellos mismos harían. Por su limitada visión, que no les permitirles apreciar el conjunto, no comprenden que un bien real pueda provenir de un mal aparente. Sólo el conocimiento del principio espiritual, considerado en su verdadera esencia, y  de la gran ley de unidad que constituye la armonía de la creación, puede dar al hombre la clave de ese misterio y mostrarle la sabiduría providencial y la armonía, precisamente donde sólo ve una anomalía y una contradicción. (La Génesis, cap. III, ítem 20.)

 

 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita