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Estudio Metódico del Pentateuco Kardeciano Português   Inglês

Año 8 367 – 15 de Junio de 2014

ASTOLFO O. DE OLIVEIRA FILHO                    
aoofilho@gmail.com
                                      
Londrina,
Paraná (Brasil)  
 
Traducción
Maria Reyna - mreyna.morante@gmail.com
 

 
 

La Génesis

Allan Kardec

(Parte 6)
 

Damos continuidad al estudio metódico del libro La Génesis, los Milagros y las Profecías según el Espiritismo, de Allan Kardec, cuya primera edición fue publicada el 6 de enero de 1868.  Las respuestas a las preguntas sugeridas para debatir se encuentran al  final del presente texto.

Preguntas para debatir

A. ¿Cómo saber si un principio es enseñado en todas partes o si sólo expresa una opinión personal?

B. ¿La revelación espírita es progresiva?

C. ¿Por qué la moral enseñada por los Espíritus superiores es la de Cristo y no la de otros profetas?

Texto condensado para la lectura

103. Una última característica de la revelación espírita, que resalta las condiciones mismas en que ella se produce, es que, apoyándose sobre hechos, tiene que ser, y no puede dejar de ser, esencialmente progresiva, como todas las ciencias de observación. Por su esencia, hace alianza con la Ciencia que, al ser la exposición de las leyes de la Naturaleza en relación a cierto orden de hechos, no puede ser contraria a las leyes de Dios, autor de tales leyes.

104. Los descubrimientos que la Ciencia realiza, lejos de disminuirlo, glorifican a Dios; sólo destruyen lo que los hombres construyeron sobre las ideas falsas que se formaron de Dios.

105. El Espiritismo, pues, sólo establece como principio absoluto lo que está demostrado  con evidencias, o lo que destaca lógicamente de la observación. Al estar de acuerdo con todas las ramas de la economía social, a las cuales da el apoyo de sus propios descubrimientos, asimilará siempre todas las doctrinas progresivas, de cualquier orden que sean, siempre que hayan llegado al estado de verdades prácticas y hayan abandonado el dominio de la utopía, sin lo cual se suicidaría. Dejando de ser lo que es, mentiría sobre su origen y su fin providencial.

106. Al caminar a la par con el progreso, el Espiritismo nunca será anticuado, porque si  nuevos descubrimientos le demostraran que está equivocado sobre cualquier punto, se rectificará en ese punto. Si una verdad nueva se revelara, la aceptará.

107. ¿Cuál es la utilidad de la doctrina moral de los Espíritus, si no difiere de la de Cristo? ¿Necesita el hombre de una revelación? ¿No puede encontrar en sí mismo todo lo que necesita para conducirse? Desde el punto de vista moral, no hay duda de que Dios otorgó al hombre un guía al darle la conciencia, que le dice: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”.

108. La moral natural está indudablemente inscrita en el corazón de los hombres; pero ¿saben todos leerla en ese libro? ¿No han despreciado nunca sus sabios preceptos? ¿Qué hicieron de la moral de Cristo? ¿Cómo la practican aquellos que la enseñan? ¿Reprocharían a un padre que repita a sus hijos diez veces, cien veces las mismas instrucciones si ellos no las siguen? ¿Por qué Dios haría menos que un padre de familia? ¿Por qué no enviaría a los hombres, de tiempo en tiempo, mensajeros especiales para recordarles sus deberes  y  conducirlos por el buen camino cuando se apartan de él; para abrir los ojos de la inteligencia a los que los tienen cerrados, así como los hombres más adelantados envían misioneros a los salvajes y los bárbaros? Sólo cuando practiquen la moral de Cristo, los hombres podrán decir que ya no necesitan más de moralistas encarnados o desencarnados. Pero, entonces, Dios ya no los enviará.

109. La moral que los Espíritus enseñan es la de Cristo, por la razón de que no existe otra mejor. Pero, entonces, ¿de qué sirve su enseñanza si sólo repiten lo que ya sabemos? Otro tanto se podría decir de la moral de Cristo, que ya había sido enseñada por Sócrates y Platón quinientos años antes y en términos casi idénticos. Lo mismo se podría decir también de las de todos los moralistas, que no hacían más que repetir lo mismo en todos los tonos y bajo todas las formas. ¡Pues bien! Los Espíritus vienen simplemente a aumentar el número de moralistas, con la diferencia de que, al manifestarse por todas partes, se hacen oír tanto en una choza como en un palacio, tanto por los ignorantes como por los instruidos.

110. Lo que la enseñanza de los Espíritus agrega a la moral de Cristo es el conocimiento de los principios que rigen las relaciones entre los muertos y los vivos, principios que completan las nociones vagas que se tenían del alma, de su pasado y de su futuro, al confirmar la doctrina cristiana por las mismas leyes de la Naturaleza.

111. Con la ayuda de las nuevas luces que el Espiritismo y los Espíritus esparcen, el hombre se reconoce solidario con todos los seres y comprende esa solidaridad; la caridad y la fraternidad se vuelven una necesidad social; hace por convicción lo que hacía sólo por deber, y lo hace mejor.

112. Una de las cuestiones más importantes entre las propuestas al comienzo de este capítulo es la siguiente: ¿Qué autoridad tiene la revelación espírita, puesto que emana de seres de luces limitadas y que no son infalibles?

113. La objeción sería de peso si esa revelación consistiese sólo en la enseñanza de los Espíritus, si debiésemos recibirla exclusivamente de ellos y debiésemos aceptarla a ciegas. Pero ésta pierde todo valor cuando el hombre aporta a la revelación su razonamiento y su criterio; cuando los Espíritus se limitan a ponerlo en el camino de las deducciones que puede sacar de la observación de los hechos. Ahora bien, las manifestaciones en sus innumerables modalidades, son hechos que el hombre estudia para deducir sus leyes, ayudado en ese trabajo por los Espíritus de todas las categorías que, de tal modo, son más bien colaboradores suyos que reveladores, en el sentido usual del término.

114. Sometemos sus afirmaciones al tamiz de la lógica y del buen sentido: de esta manera, nos beneficiamos de los conocimientos especiales de los que los Espíritus disponen por la posición en que se encuentran, sin abdicar al uso de la propia razón.

115. Siendo los Espíritus sólo las almas de los hombres, al comunicarnos con ellos no salimos fuera de la Humanidad, circunstancia esencial a considerar. Los hombres de genio, que fueron lumbreras de la Humanidad, vinieron desde el mundo de los Espíritus y a él volvieron al dejar la Tierra. Dado que los Espíritus pueden comunicarse con los hombres, esos mismos genios pueden, bajo la forma espiritual, darles instrucciones como lo hicieron bajo la forma corpórea. Pueden instruirnos, después de haber muerto, tal como lo hacían cuando estaban vivos; sólo son invisibles, en vez de ser visibles; esa es la única diferencia. La experiencia y el saber que poseen no deben ser menores de lo que eran, y si su palabra como hombres tenía autoridad, no puede ser menos ahora sólo por el hecho de estar en el mundo de los Espíritus.    

116. No sólo los Espíritus superiores se manifiestan; también lo hacen los de todas las categorías y era necesario que así sucediese, para iniciarnos en lo que respecta al verdadero carácter del mundo espiritual, presentándolo ante nosotros en todas sus facetas. De allí resulta que sean más íntimas las relaciones entre el mundo visible y el mundo invisible y más evidente la conexión entre los dos. Vemos así con más claridad de dónde venimos y hacia dónde iremos. Ese es el objetivo esencial de las manifestaciones.

117. Todos los Espíritus, pues, cualquiera sea el grado de elevación en que se encuentren, nos enseñan algo; pero nos corresponde a nosotros, puesto que ellos son más o menos esclarecidos, discernir lo que hay de bueno o de malo en lo que nos digan y sacar el provecho posible de la enseñanza que nos den. Ahora bien, todos, cualquiera que sea, nos pueden enseñar o revelar cosas que ignoramos y que nunca sabríamos sin ellos.

118. Los grandes Espíritus encarnados son, sin duda, individualidades poderosas, pero de acción restringida y de lenta difusión. Si hubiese venido uno solo de ellos, aun cuando fuese Elías o Moisés, Sócrates o Platón, para revelar a los hombres, en los tiempos modernos, el estado del mundo espiritual, ¿quién hubiese aprobado la veracidad de sus afirmaciones, en esta época de escepticismo? ¿No lo hubiesen considerado un soñador o utopista? Aunque fuese la verdad absoluta lo que hubiera dicho, pasarían siglos antes de que las masas humanas aceptasen sus ideas. Dios, en su sabiduría, no quiso que así ocurriese; quiso que la enseñanza fuese impartida por los mismos Espíritus, no por los encarnados, a fin de que aquellos convenciesen de su existencia a estos últimos, y quiso que esto ocurriese en toda la Tierra simultáneamente, ya sea para que la enseñanza se propagase con más rapidez o para que, coincidiendo ésta en todas partes, constituya una prueba de la verdad, teniendo así cada uno el medio de convencerse por sí mismo.

119. Los Espíritus no se manifiestan para liberar al hombre del estudio y de las investigaciones, ni para transmitirle ninguna ciencia completamente acabada. En relación a lo que el hombre puede encontrar por sí mismo, ellos le dejan entregado a sus propias fuerzas. Esto lo saben hoy perfectamente los espíritas.

120. Desde hace mucho tiempo, la experiencia ha demostrado que es un error atribuir a los Espíritus toda la sabiduría y suponer que basta que cualquiera que sea se dirija al primer Espíritu que se presente para conocer todas las cosas. Salidos de la Humanidad, ellos constituyen una de sus facetas. Así como ocurre en la Tierra, en el plano invisible también los hay superiores y vulgares; muchos, pues, saben menos científica y filosóficamente que  ciertos hombres; ellos dicen lo que saben, ni más ni menos.

121. Del mismo modo que los hombres, los Espíritus más adelantados pueden instruirnos sobre una mayor cantidad de cosas, darnos opiniones más juiciosas que los atrasados. Que el hombre pida consejos a los Espíritus no es entrar en comunicación con potencias sobrenaturales; es tratar con sus iguales, con aquellos mismos a quienes se dirigía en este mundo; a sus parientes, amigos o individuos más esclarecidos que él. Es importante que todos se convenzan de esto, y es lo que ignoran los que, por no haber estudiado el Espiritismo, se hacen una idea completamente falsa de la naturaleza del mundo de los Espíritus y de las relaciones de ultratumba.

122. ¿Cuál es, entonces, la utilidad de esas manifestaciones o, si se prefiere, de esa revelación, si los Espíritus no saben más que nosotros, o no nos dicen todo lo que saben? En primer lugar, como ya lo dijimos, ellos se abstienen de darnos lo que podemos adquirir por el trabajo; en segundo lugar, hay cosas que no les permiten revelar porque nuestro grado de adelanto no lo permite.

123. Aparte de esto, las condiciones de la nueva existencia en que se encuentran, amplia el círculo de sus percepciones: ellos ven lo que no veían en la Tierra; liberados de las trabas de la materia, exentos de las preocupaciones de la vida corporal, aprecian las cosas desde un punto de vista más elevado y, por lo tanto, más sananamente; la perspicacia de la que gozan abarca un horizonte más amplio; comprenden sus errores, rectifican sus ideas y se desentienden de los prejuicios humanos. En esto consiste la superioridad de los Espíritus en relación a la humanidad encarnada y de allí viene la posibilidad de que sus consejos, según el grado de adelanto que alcanzaron, sean más juiciosos y desinteresados que los de los encarnados. El medio en que se encuentran les permite, además, iniciarnos en las cosas de la vida futura que ignoramos y que no podemos aprender en el medio en que estamos.

124. Hasta ese momento, el hombre sólo había formulado hipótesis sobre su porvenir; tal es la razón por la que sus creencias al respecto se habían dividido en sistemas tan numerosos y divergentes, desde el nihilismo hasta las fantásticas concepciones del infierno y del paraíso. Hoy, son los testigos oculares, los mismos actores de la vida de ultratumba los que vienen a decirnos en qué se han convertido y sólo ellos podían hacerlo. Sus manifestaciones, por lo tanto, han servido para darnos a conocer el mundo invisible que nos rodea y del cual no sospechábamos, y sólo ese conocimiento sería de capital importancia, si fuera que los Espíritus no pudieran enseñarnos nada más.

125. Si vais a un país que todavía no conocéis, ¿rechazaréis las informaciones que os dé el más humilde campesino que encontréis? ¿Dejaréis de preguntarle sobre el estado de los caminos, por el simple hecho de ser un campesino? Con seguridad no esperaréis obtener por su intermedio esclarecimientos de gran alcance, pero de acuerdo con lo que él sabe en su ambiente, podrá informaros mejor sobre algunos puntos que un sabio que no conociese el país. Sacaríais de sus indicaciones deducciones que él mismo no sacaría, sin que por eso deje de ser un instrumento útil para vuestras observaciones, aunque sólo sirviese para informaros sobre las costumbres de los campesinos. Sucede lo mismo en lo que concierne a nuestras relaciones con los Espíritus, entre los cuales el menos calificado puede servir para enseñarnos alguna cosa.

126. Una comparación vulgar hará más comprensible aún la situación. Un barco cargado de emigrantes parte hacia un destino lejano. Lleva hombres de todas las condiciones, parientes y amigos de los que quedan. Se llega a saber que ese navío naufragó. No queda ningún vestigio de él, no llega ninguna noticia sobre su suerte. Se cree que todos los pasajeros han perecido y el luto cubre a todas las familias. Sin embargo, toda la tripulación, sin exceptuar a un solo hombre, llegó a una isla desconocida, abundante y fértil, donde todos viven felices bajo un cielo clemente. Pero nadie lo sabe. Pues bien, un bello día otro barco llega a esa tierra y encuentra en ella a los náufragos sanos y salvos. La feliz noticia se esparce con la rapidez del relámpago. Todos exclaman: “¡Nuestros amigos no están perdidos!” Y dan gracias a Dios. No pueden verse unos a otros, pero se comunican; intercambian demostraciones de afecto y así, la alegría sustituye a la tristeza. Tal es la imagen de la vida terrestre y de la vida más allá de la tumba, antes y después de la revelación moderna. Esta última, semejante al segundo barco, nos trae la buena nueva de la supervivencia de los que nos son queridos y la certeza de que nos reuniremos con ellos algún día. Ya no existe la duda sobre su suerte y la nuestra. El desaliento se diluye ante la esperanza.

Respuestas a las preguntas propuestas

A. ¿Cómo saber si un principio es enseñado en todas partes o si sólo expresa una opinión personal?

Al no estar los grupos independientes en condiciones de saber lo que se dice en otros lugares, se hacía necesario que un centro reuniese todas las instrucciones, para proceder a una especie de depuración de las voces y transmitir a todos la opinión de la mayoría. Según Kardec, éste fue el objetivo de sus publicaciones, que se pueden considerar como el resultado de un trabajo de depuración. Por medio de ellas fue posible verificar la concordancia entre las enseñanzas recibidas y su generalidad. En ellas todas las opiniones fueron discutidas y presentadas en forma de principios sólo después de haber recibido la conformidad de todos los controles, los cuales, sólo ellos,  pueden otorgarle fuerza de ley y permitir afirmaciones. Esto le da fuerza al Espiritismo y garantiza su futuro. (La Génesis, cap. I, ítems 53 y 54.)

B. ¿La revelación espírita es progresiva?

Sí. La revelación espírita, apoyándose en los hechos, tiene que ser, y no puede dejar de ser, esencialmente progresiva, como todas las ciencias de observación. El Espiritismo sólo establece como principio absoluto lo que está demostrado con evidencias, o lo que destaca lógicamente de la observación. Al estar de acuerdo con todas las ramas de la economía social, a los cuales da el apoyo de sus propios descubrimientos, asimilará siempre todas las doctrinas progresivas, de cualquier orden que sean, siempre que hayan llegado al estado de verdades prácticas y hayan abandonado el dominio de la utopía, sin lo cual se suicidaría. Al caminar a la par con el progreso, el Espiritismo jamás será anticuado, porque si nuevos descubrimientos le demostraran que está equivocado sobre cualquier punto, se rectificaría en ese punto. Si una verdad nueva se revelara, la aceptará. (La Génesis, cap. I, ítems 55.)

C. ¿Por qué la moral enseñada por los Espíritus superiores es la de Cristo y no la de otros profetas?

La moral que los Espíritus enseñan es la de Cristo, por la razón de que no existe otra mejor. Lo que la enseñanza de los Espíritus agrega a la moral de Cristo es el conocimiento de los principios que rigen las relaciones entre los muertos y los vivos, principios que completan las nociones vagas que se tenían del alma, de su pasado y de su futuro, al confirmar la doctrina cristiana por las mismas leyes de la Naturaleza. (La Génesis, cap. I, ítems 56.)

 

 

 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita