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Año 7 315 – 9 de Junio de 2013
Traducción
Elza Ferreira Navarro - mr.navarro@uol.com.br
 

 


El amor cubre una multitud
de los pecados


Vez u otra reaparece en nuestro medio una vieja cuestión acerca de la llamada pena del talión. ¿Ella continúa existiendo o fue revocada por Jesús?

La pena del talión, que otros llaman de ley del talión, consiste en la rigurosa reciprocidad del crimen y de la pena, apropiadamente llamada de retaliación. Ésa ley es frecuentemente expresa por la máxima ojo por ojo, diente por diente. 

Se trata de una de las más antiguas leyes existentes en nuestro mundo, cuyo origen encontramos en el Código de Hamurabi, en 1780 a.C., en Babilonia. Moisés, algún tiempo después, la consagró en Israel.

De acuerdo con lo que se le en la cuestión 764 de El Libro de los Espíritus, la pena del talión, tal como era aplicada en la antigüedad, no más está en vigor. Lo que está en vigor en el mundo es, en verdad, la justicia de Dios y es, obviamente, Dios quien la aplica.

Conocida en la doctrina espirita como ley de causa y efecto, ella aparece en el Evangelio resumida en una frase que Jesús dijo al apóstol Pedro: “Pedro, guarda la espada, porque todo aquél que matar con la espada perecerá bajo la espada”.

El rigor de tal pena puede, no obstante, ser suavizado por otra ley que se tornó conocida gracias al mencionado apóstol: “El amor cubre una multitud de los pecados”, frase que integra la 1ª Epístola de Pedro, cap. 4, versículo 8, lo que significa que muchas personas pueden alterar el mapa de su vida amando, ayudando, haciendo el bien, una idea que Divaldo Franco resumió en una frase bien conocida: “El bien que hacemos anula el mal que hicimos”.

El tema fue examinado por Allan Kardec en el texto titulado “Código Penal de la Vida Futura”, que hace parte del cap. VII de la 1ª Parte del libro El Cielo y el Infierno.

Según el Codificador, cuando el asunto es la regeneración de quien perjudicó el prójimo, el arrepentimiento, aunque sea el primer paso, no basta. Es necesario agregar al arrepentimiento la expiación y la reparación.

Arrepentimiento, expiación y reparación constituyen, pues, las condiciones necesarias para borrar los vestigios de una falta y sus consecuencias.

El arrepentimiento, afirma Kardec, suaviza los desvíos de la expiación, abriendo a través de la esperanza el camino de la rehabilitación; pero solamente la reparación puede anular el efecto destruyéndole la causa. Por el contrario, el perdón sería una gracia, no una anulación.

Cuando Pedro escribió la epístola a la cual nos reportamos, él ciertamente se refería a la expiación, que puede ser perfectamente amenizada y hasta excluida por la práctica del bien y de la caridad, que son la expresión más grande del amor.

En la literatura espirita encontramos diversos ejemplos de eso. Muchas veces la persona debería perder un brazo entero, delante de un delito cometido en el pasado, y pierde solamente un dedo. En lo que se refiere a la reparación, eso, sin embargo, no se da.

Nos acordemos lo que Kardec escribió a respecto:

“La reparación consiste en hacer el bien a aquellos a quien se había hecho el mal. Quien no repara sus errores en una existencia, por debilidad o mala voluntad, se encontrará en una existencia ulterior en contacto con las mismas personas que de sí tengan quejas, y en condiciones voluntariamente escogidas, de manera a demostrarles reconocimiento y hacerles tanto bien cuanto mal les tenga hecho. Ni todas las faltas acarrean perjuicio directo y efectivo; en tales casos la reparación se opera, haciéndose lo que se debería hacer y fue negligente; cumpliendo los deberes despreciados, las misiones no rellenadas; practicando el bien en compensación al mal practicado, eso es, tornándose humilde si fue orgulloso, amable si fue austero, caritativo si fue egoísta, benigno si fue perverso, laborioso si fue ocioso, útil si fue inútil, frugal si fue intemperante, cambiando en suma por buenos los malos ejemplos perpetrados”. (El Cielo y el Infierno, 1ª Parte, cap. VII.)   

Lo importante, sin embargo, es que todo eso podrá ser hecho no necesariamente debajo de un gran sufrimiento, en razón de la suavidad acordada en buena hora por el apóstol Pedro, sintetizado en la frase: “El amor cubre una multitud de los pecados”. 



 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita