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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 6 306 – 7 de Abril de 2013

Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 

 

Jugador de éxito

 

A Bentinho le gustaba mucho el fútbol y deseaba hacerse un jugador de éxito como aquellos que él veía por la televisión.

Los sábados, él se vestía el uniforme, se colocaba las medias, las deportivas e iba para el campo, donde sus amigos entrenaban.

De tanto insistir Bentinho, acababan por colocarlo en el juego, sin embargo en posición ninguna daba bien. Hasta que, para no confundir más al grupo, los amigos lo quitaban del juego. El capitán del equipo le dijo un día:
 

— ¡Bentinho, tú necesitas aprender las reglas del fútbol y entrenar más! 
 

Ese día, particularmente, él estuvo muy triste. ¡Deseaba jugar, pero los amigos no lo dejaban! Bentinho volvió desanimado para casa. ¿Cómo llegaría a ser un jugador de éxito si no lo dejaban participar del juego?

Con los ojos húmedos, le contó a la madre

lo que había pasado, después completó:

— Quiero ser como Mateo, que juega muy bien; en todos los juegos él marca un gol. ¡Algún día seré cómo él, mamá!

Mateo, un chico de la octava serie y que jugaba en el equipo de los más mayores, era el ídolo de las chicas.      

La madre, comprensiva y amorosa, abrazó a Bentinho al pecho, pasando la mano por sus cabellos. Dejó que el hijo sacará para fuera lo que tenía dentro de sí, después consideró:

— Hijo mío, entiendo tu tristeza. Sin embargo, Bentinho, para conquistar algo que queremos, es preciso que no nos olvidemos del esfuerzo propio. Toda victoria es resultado de mucho trabajo y dedicación. Voy a darte una sugerencia: habla con Mateo al que tú admiras. Busca saber cómo llegó él a ser el jugador que es hoy.

Los ojos del niño brillaban:

— ¡Buena idea, mamá! Voy a intentar hablar con él el lunes.

Y, así, más animado, Bentinho pasó el final de semana.

El lunes inmediatamente pronto, se dirigió al colegio. En el recreo, esperó un momento en que Mateo estuviera solo para hablar con él. ¡Pero cuál! Él era el ídolo de la escuela y estaba siempre cercado de amigos.  

Cuando acabó la clase, Bentinho estaba un poco decepcionado, pero aún con esperanza de hablar con Mateo antes que él se fuera. Así, quedó esperando, fuera del portón, mientras los alumnos salían alborotados.

De repente, el portón fue cerrado, señal de que todos ya habían salido. Con la cabeza baja, él tomó el rumbo de su casa.

Al pasar cerca del punto de autobús, vio al chico sentado en el banco, leyendo un libro. Se aproximó, más animado, y le habló:

— ¡Hola, Mateo! Tú no me conoces, pero yo te admiro mucho. ¡Caramba! ¡Tú juegas muy bien!

El muchachito irguió los ojos y sonrió:

— Te conozco del colegio. ¿No estás en la tercera serie?

— Eso mismo. Mi nombre es Bentinho. Me gustaría jugar así como tú, Mateo. ¿Cuánto  tiempo hace que juegas tú? 

El jovencito cerró el libro y pasó a darle atención al niño:

— Hace muchos años, Bentinho. Cuando comencé, era más niño que tú y entrenaba casi todos los días. Siempre me dediqué mucho al fútbol, pero sin olvidar las otras cosas: la escuela, la lectura, los estudios, las relaciones con los otros. Además de eso, aún colaboro con un grupito del barrio donde vivo. Son chicos pequeños, muy pobres y, en las mañanas de domingo, entreno fútbol con ellos. Finalmente, tenemos que ayudarnos unos a los otros, ¿no es

así? Todo es importante.  

Viendo a Mateo hablar, Bentinho quedó pensativo. Como él permanecía callado, Mateo preguntó:

— Y tú, Bentinho, ¿cuántas veces entrenas por semana?

— Sólo el sábado, cuando me dejan — respondió, incomodo.

— Entonces, ¿quién sabe si tú necesitas entrenar más para aprender más? Y, lo que es importante, saber si tú realmente tienes talento para el fútbol. Porque a veces no tenemos maneras para una cosa y somos muy buenos en otra cosa. ¿Entendiste?     

— Entendí, Mateo. Gracias. Me gustaría participar de ese equipo que tú ayudas los domingos.  

— Sería bueno. ¡Ven a visitarnos! Verás que los chicos estarán contentos de ver que alguien más se interesa por ellos.

Mateo explicó para Bentinho la localización del barrio y de la placita donde se reunían. Después, concluyó:

— Si necesitas de mí, estoy a tu disposición, Bentinho. Cuenta conmigo. Bien, ahora debo irme. Mi autobús está llegando. ¡Buena suerte!

Bentinho aún miró para Mateo, y continuó su trayecto con nuevas ideas en la cabeza.

Llegando a la casa, contó a su madre que había hablado con su ídolo y relató lo que el nuevo amigo le había dicho.

— Mamá, él es un colega bueno. Pensé que me fuera a despreciar, pero al contrario. Me trató muy bien. Llegué a la conclusión de que yo, en verdad, quería ser un buen jugador de fútbol por un pase de magia. No me esforcé lo suficiente. ¡Además de eso, no sé si deseo entrenar fútbol todos los días!

— Tú eres bueno en tenis de mesa, en ciclismo, en el ajedrez...

— Es verdad, mamá. Pero él me hizo entender que no es sólo eso. Tengo que valorar la escuela, los estudios, las lecturas, para aprender cada vez más. ¡Soy bueno en matemática, por ejemplo, y puedo ayudar a otros niños con dificultades!

— ¡Eso mismo, hijo mío! ¿Sabes por qué? La gente hace con amor aquello que verdaderamente le gusta. ¡Piensa bien!

— Voy a pensar. Pero una cosa tengo segura yo: quiero ser un compañero bueno como Mateo, sea como jugador de fútbol o no. Percibí que él es bueno, porque no piensa sólo en sí mismo.

Entusiasmado, Bentinho ahora era otro niño. Había Entendido que, si él estudiara y aprendiera bien alguna cosa, podría ser el mejor en aquella área.

Aquel día, pidió a su madre:

— Mamá, necesito despertarme bien pronto el domingo. Voy a encontrarme con Mateo en la periferia.         

                                                                  Tia Célia       


               
 
                                                                                   



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