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Año 3 – Nº 139 3 de Enero del 2010


 

Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org
 

Fin de año

 
 
¡He aquí que finalizó un año más!

¿Habrá sido un año feliz? Evidentemente que no, pues si algunos pocos pudieron rejubilarse al final del 2009, no podemos ignorar que la gran mayoría de los hombres, aquí y en el exterior, aún espera el advenimiento de días efectivamente felices, en que la paz reine en los corazones y la conciencia no se debata más intranquila.

La Religión podrá traernos esos días, porque la felicidad real no está de modo alguno vinculada a las posesiones mundanas.

Que nadie se olvide de que el hombre nace desnudo y de igual modo vuelve al plano espiritual. La idea de colocarse joyas, oro y otras reliquias de valor en nuestra tumba, que calentó los sueños de los faraones, no pasa de una iniciativa vana, ya que esos bienes tienen enorme valor en el plano en que estamos pero ninguna utilidad tendrá en el otro mundo.

El hombre millonario, que suponemos extremadamente feliz debido a sus posesiones, daría ciertamente toda su fortuna o parte de ella en pago a la vida de un hijo que la muerte llevase. Ese amor de padre, la amistad fraterna que cultivamos a lo largo de la existencia, la paz interior que los familiares queridos nos inspiran, nada de eso puede ser medido en términos monetarios, lo que muestra que las aspiraciones humanas realmente legítimas son, en último análisis, las que pueden conducir a la criatura al encuentro del Creador, objetivo final de la Religión.

Aunque pesen tales consideraciones, se vive en la Tierra una época de materialismo desenfrenado. No nos reportamos aquí sólo al materialismo ideológico, sino al materialismo práctico, que encontramos incluso en la vida de los llamados religiosos.

El egoísmo es, no hay como contestar, la raíz de ese materialismo, que responde por varias distorsiones que manchan la civilización de nuestro tiempo y genera esa fiebre mundial por la acumulación de bienes.

El comportamiento materialista es también, en la realidad, un atestado de falta de fe y una demostración de la suspensión de pagos de las religiones que no han conseguido incluir en las reflexiones de los hombres, salvo una vez por semana, por ocasión de los cultos religiosos, un hilo de luz que los guíe en su jornada terrena.

 “Nosotros vivimos, nosotros vivimos, nosotros – los muertos – vivimos...” – he ahí el recado de los Espíritus de aquellos que ya partieron para el más allá.

¿Qué sentido tendrá para nosotros ese aviso?

Sin cualquier reflexión de orden filosófica, él tiene por lo menos este: que la muerte no existe, que la existencia terrena es una faceta de la vida del Espíritu, que el alma es inmortal y que nos importa desarrollarla con todas las fuerzas de nuestro ser, ya que es ella que sobrevive a finales de ese proceso.

Pensando así, esperamos que este año que ahora se inicia nos lleve a comprender mejor los llamamientos de la religión que profesamos y que sea él el principio de una vida de paz y de renovación de nuestros hábitos.

Adiós al Año viejo recién finalizado.

¡Bienvenidas al Año nuevo que ahora se inicia!



 


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O Consolador
 
Revista Semanal de Divulgación Espirita