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Año 10 - N° 507 - 12 de Marzo de 2017
Traducción
Elza Ferreira Navarro - mr.navarro@uol.com.br
 

 
 

Estaremos inspirados por Jesús siempre que…


“El objetivo de nuestra tarea es el de llevar consuelo, paz, alegría y fuerza, haciendo con que nuestras canciones y palabras sean vehículos de aproximación de las personas a Dios.” (Vicente de Paulo Fernandes da Costa, más conocido como Vansan, nuestro entrevistado en esta semana.)

La buena palabra, con la buena melodía, refunde el ambiente, tornándonos capaces de percibir el recinto saturado de bendiciones con las cuales los hermanos mayores pueden atender a todos los participantes sintonizados con la presentación.

Siempre pedimos el socorro y el amparo para todos los que vienen a la Casa Espírita en busca de auxilio. Y sabemos que, después de socorridos y amparados, serán ellos encaminados para un local adecuado a su restablecimiento, incluyendo los que aún se encuentran reencarnados, cuando de su desdoblamiento a través del sueño.

La música en las actividades espíritas es y será siempre de gran relevancia.

Leopoldo Machado, en su campaña por el llamado Espiritismo de vivos, buscó con todo énfasis demostrar e incentivar tal práctica, sea en las actividades públicas de divulgación espírita, sea en las sesiones privativas de mediumnidad.

Durante el trabajo mediúmnico, cuando armónica y adecuada a esa necesidad, la música es factor de equilibrio y sintonía entre los médium psicofónicos, esclarecedores y los que aplican pases. En rarísimos casos el comunicante solicita la interrupción de la música, porque, para él, es factor de perturbación, sin saber por cual motivo. Se debe, evidentemente, atenderlo por el principio de la caridad.

“La gran facilidad que encontramos, antes de todo, es el amparo espiritual. De los mentores de nuestra tarea, pero también de la espiritualidad de las casas espíritas que visito.

(…) Las dificultades son las mismas de cualquier cristiano. Vencer la barrera de las imperfecciones humanas, pero principalmente las nuestras. Vigilar siempre y orar para que no vengamos a sucumbir en la seducción de la vanidad, del orgullo y del egoísmo que tanto nos asolan. Cuidar de la sintonía mental y de nuestras escojas para que no vengamos a ser vehículos de espíritus no bien intencionados y de aquellos que desean distorsionar nuestra tarea. Pero, ante todo, CONFIAR. Jesús es nuestra gran fuente de inspiración.” (Vansan, en la entrevista mencionada.)

El cristiano es un combatiente. Su meta es la imperfección que en él existe. Él sabe, primeramente, que la puerta de entrada de la acción de los Espíritus malos sólo puede ser abierta por él mismo. Desconocemos, no obstante, muchos de nuestros deseos, y son ellos, cuando no apropiados, los responsables por nuestras caídas.  

El único – sin embargo infalible – medio de protegernos de los asedios de las sombras es la vigilancia y el apoyo de un amigo en que confiamos y que esté abierto para oírnos sin censura.     

“Confesad vuestros pecados unos a los otros y orad unos por los otros, para que os salvéis. Mucho puede la oración del justo.”(Santiago, 5: 16.)

Estaremos inspirados por Jesús siempre que estemos actuando por el bien de los otros y cuando, imbuidos por la humildad, reconocemos que de nada somos capaces sin Dios, porque  nuestra capacidad nos viene del Creador. 

Ni mismo aquello que creemos que sean nuestras propias palabras no son, en verdad, de nuestra autoría, pero sí palabras del Señor, inspiradas por nuestros protectores, como muy bien entendía Paulo: “Tal es la confianza que tenemos en Dios por Cristo. No que por propia fuerza seamos capaces de pensar alguna cosa como de nosotros mismos. Nuestra capacidad viene de Dios.” (2 Corintios, 3: 4-5.) 

Luego, ¿Lo que sabemos que no aprendemos con alguien?

¿Ese conocimiento puede ser considerado nuestra propiedad?

En lo que se refiere a las cosas más elevadas eso se torna aún más patente.

Paulo decía que las ideas elevadas no podrían ser concebidas por su inferioridad y que, si era capaz de ser vehículo de la palabra del Señor, es porque ésta le era infundida por los emisarios celestes, esclareciendo que la condición para percibirlas es la humildad de quien acepta que nada puede sin Dios, como, a propósito, el propio Jesús, nuestro guía y modelo, admitía: 

“Yo no puedo de mí mismo hacer cosa alguna. Como oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, pero la voluntad del Padre que me envió.” (Juan, 5:30.)



 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita