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Año 10 - N° 484 - 25 de Septiembre de 2016
Traducción
Elza Ferreira Navarro - mr.navarro@uol.com.br
 

 

 
Tentaciones


La tentación es una variedad de prueba, pero son diferentes porque en la tentación no hay inicio convenido y no hay fin determinado, todo depende de aquél que se entrega a la tentación.

La tentación incide sobre los deseos. Sólo hay inmunidad contra una tentación si no hubiese sido el deseo que el obsesor pretende fomentar. Por ejemplo, si una persona no toma bebidas alcohólicas y no siente ninguna voluntad de beber, no hay persona en el mundo que pueda tentarla para beber.

Dijimos fomentar porque es eso que el ser tentador hace. Él estimula un deseo cualquiera, especialmente aquel que deja la persona avergonzada, y del cual se arrepiente amargamente cuando cede a la tentación, causando desequilibrio y favoreciendo la subordinación a la voluntad del obsesor.

La tentación es una señal de progreso. El hecho de ser tentado significa que no está entregándose a los propios deseos; a ellos no está subordinado; si tiene un cierto control sobre el deseo. Entonces la necesidad de un impulso exterior para fomentar el deseo. Aquél que se entrega a sus deseos no necesita ser tentado. Si está confiado en sí, la tentación malogra. Pero sólo se mantiene indemne a la acción obsesiva aquél que está vigilante y con fuerzas extraídas en la oración.

“Vigilad y orad para que no caigáis en tentación”, recomendó Jesús. (Mateo 26:41.)

“Cada uno es tentado por el propio mal deseo que incita y seduce.” (Santiago 1:14.)

Ni siempre la tentación necesita de un agente externo para ocurrir. Muchas veces son nuestros deseos que quieren satisfacerse. El ser tentador está dentro de nosotros. Lo que nos causa dolor, de ordinario, son los deseos inconfesables que nos atormentan, y contra los cuales no nos sentimos fuertes lo bastante para resistir.

Sólo existe una manera de vencer la tentación: destruir el deseo que la causa. Pero como tal sacrificio es, generalmente, muy difícil de realizar en una determinada encarnación, se puede renunciar a la satisfacción del deseo. Después de la resistencia reiterada, se espera que en la próxima reencarnación el deseo sea deshecho o plenamente vencido. 

“Son, todavía, utilísimas al hombre las tentaciones, puesto que sean molestas y graves, porque humillan, purifican e instruyen. No basta la huida de las tentaciones para vencerlas; es por la paciencia y verdadera humildad que nos tornamos más fuertes que todos los nuestros enemigos.” (Imitación de Cristo, Libro I, Cap. 13, ítem 2 y 3.) 

Debemos ver en la tentación un aprendizaje. Ella nos enseña lo que realmente deseamos, lo que realmente somos. La tentación es una de las maneras más eficaces para que conozcamos a nosotros mismos. Pero para eso es necesaria la vigilancia, a fin de que consigamos oponer nuestras fuerzas contra la posibilidad de realización del deseo.  

Es bueno acordarnos que los deseos no son malos en sí mismos. El desear es un mecanismo importante en la economía mental. Los deseos se tornan nocivos cuando algo de mórbido se agrega. Esa morbidez es algo que va de una idea obsesiva a una paranoia bien caracterizada. 

Paciencia y humildad, he aquí la manera de enfrentamiento, pero sin violencia contra sí mismo.

Es necesario comprenderse y admitir que la tentación sirve de agente pedagógico al tornarnos más humildes, porque nos humilla; más purificados, cuando resistimos; más instruidos, porque muestra quien realmente somos.




 


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