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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 10 - N° 474 - 17 de Julio de 2016

Traducción
Carmen Morante - carmen.morante9512@gmail.com
 

 

El pintor

 

Lucas, de doce años de edad, tenía muchos deseos de pintar. Le encantaban los paisajes floridos, el amanecer o el anochecer, las flores, casas, animales, aves y todo lo demás que podía ser colocado en un lienzo.

Sin embargo, él nunca había tenido oportunidad de aprender a pintar. Entonces, un día, con mucha esperanza, le pidió dinero a su papá, compró algunas hojas de papel adecuadas para pintar, pinturas, pinceles y se puso a dibujar. Antes de comenzar, hizo una oración:

- ¡Amigo Jesús! Quiero pintar, pero necesito mucha ayuda, pues nunca he trabajado con pinturas y no sé cómo hacer esto. Ayúdame y te estaré eternamente agradecido. ¡Gracias, Señor!
 

Después de esa oración, Lucas hizo un bosquejo de aquello que tenía en mente y se puso a pintar. Al comienzo sintió cierta dificultad, pero a medida que la imagen ganaba forma él se alegraba, y no paró hasta que terminó su trabajo. ¡Había quedado lindo! Era un camino bordeado por árboles floridos.

Satisfecho, Lucas le mostró a su mama lo que había hecho y ella se quedó maravillada con el cuadro.
 

- Mamá, ¿crees que quedó bien?  

- ¡Quedó excelente, Lucas! ¡Felicidades, hijo mío! Tienes talento para pintar.

Lucas mostró el cuadro a algunas personas, a quienes les gustó mucho, y una de ellas le pidió que pintara algo para ella también. Al terminar, Lucas recibió un pago por el trabajo. Avergonzado, le dijo a la señora que no necesitaba que le pagara nada, a lo que ella respondió:

- ¿Cómo que no, Lucas? ¡Tú eres un verdadero artista! ¡Si no quieres quedarte con el dinero, úsalo como quieras! Pero tú trabajaste y te lo mereces.

Lucas salió de esa casa pensando: “Bien, si las personas quisieron darme dinero por la pintura, yo puedo dárselo a quien realmente lo necesita.”

Y así, Lucas empezó a ganar dinero con sus cuadros. Al mismo tiempo, se puso a observar a las personas. Si veía a alguien triste sentado en un banco del jardín, se detenía y conversaba con esa persona.

Cierto día, encontró a un hombre harapiento que parecía hambriento y triste, y le preguntó por qué estaba así. El mendigo respondió:

- ¡Es que perdí mi trabajo y ahora no sé qué hacer! ¡Mis hijos piden comida y yo no tengo qué darles!... Por eso estoy muy triste.

Lucas preguntó su dirección y le dijo que no se preocupara, pues Jesús lo ayudaría.

Lucas fue a su casa, tomó un poco de la ganancia que tenía guardada y, colocándolo en un sobre, fue hasta una casa de las afueras y colocó el sobre debajo de la puerta, sin que nadie lo viera.
 

Otro día, vio un joven de su edad que, sentado en la acera, estaba llorando. Se acercó a él y comenzaron a conversar. Se enteró que ese joven, Julio, tenía a su madre enferma y necesitaba medicinas, además de comida, pues sus hermanos eran pequeños y él necesitaba cuidarlos. Entonces, Lucas le preguntó dónde vivía y, después, dejó una cantidad debajo de la puerta.

Así, nuestro Lucas fue pintando cada vez más. Cuando la persona preguntaba cuánto era por el cuadro, él decía: “¡No necesita darme nada, pero si insiste, deme cualquier cosa!”

Ahora ya no se incomodaba cuando querían pagarle por las pinturas, pues era dinero bendecido que él recibía y entregaba a quien lo necesitara. Sea un viejito que necesitaba de medicina, una mujer enferma que necesitaba ir al médico, un padre desempleado y mucho más. En fin, él ayudaba a todos sin que supieran quién los había socorrido.

Su mamá, al verlo tan involucrado con las pinturas y llegando con el dinero en mano, le decía:

- ¡Felicidades, hijo mío! ¡Te estás volviendo un gran pintor! Debes tener una buena suma guardada, ¿no? ¡Ya puedes comprar ropa, zapatos y lo que desees!

Lucas miró a su mamá y sonrió, afirmando:

- Te engañas, mamá. ¡No tengo nada guardado!

- ¿Cómo así? ¡Te pagan bien por tus pinturas, Lucas!

- Es verdad, mamá, pero doy todo lo que recibo. No me quedo con nada.

- ¡¿Por qué?!... – preguntó la mamá, sorprendida.

El muchacho prensó un poco y respondió:

- Mamá, yo no quería recibir nada por mis cuadros, pero una señora me convenció cuando me dijo que si no me quería quedar con el dinero, que lo usara de alguna forma. Y es lo que he hecho, con mucha satisfacción.

La mamá vio que su hijo no quería hablar de lo que estaba haciendo con su dinero, entonces se calló, aceptando su voluntad.

Un día, ella había salido para hacer unas compras y vio a Lucas conversando con alguien; luego ellos se despidieron y ella, curiosa, siguió a su hijo, que tomaba otro camino.

Sin que Lucas lo viera, la mamá se dio cuenta que él se detenía en una casa muy pobre y, sacando un sobre de su mochila, abrió la reja y lo colocó debajo de la puerta, y después se retiró muy feliz.

La mamá se escondió para que él no la viera y volvió rápido a su casa. Cuando llegó, Lucas encontró a su mamá en la cocina comenzando a hacer el almuerzo. La abrazó, feliz, y dijo:

- Comencé bien mi día, mamá. ¡Gracias a Jesús!

La mamá abrazó al hijo, con lágrimas en los ojos, y dijo:

- ¡Lucas, eres el mejor hijo que alguien puediera tener! ¿Quién te ha orientado?

Al escuchar eso, Lucas sonrió y respondió:

- Jesús me ha ayudado siempre que necesito, mamá.

MEIMEI

(Recebida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, aos 13/6/2016.)

           
                                                   
 



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