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Año 6 306 – 7 de Abril de 2013
VINÍCIUS LIMA LOUSADA          
vlousada@hotmail.com          
Bento Gonçalves, RS (Brasil) 
 
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 
 

Vinícius Lima Lousada

Tristeza, vacío existencial y estrategia de superación 


¿Sabéis por qué, algunas veces, una vaga tristeza se apodera de vuestros corazones y os llevan a considerar amarga la vida? (1)

 
A mí mucho me impresiona, cada vez que releo una página, la actualidad de las obras fundamentales del Espiritismo. Son actuales en cuanto a su contenido porque la lectura puede revelar conceptos de una profundidad filosófica y psicológica que van al encuentro de los conflictos existenciales de nuestros días, a pesar de haber trascurrido tanto tiempo de su publicación.

Un ejemplo de a lo que me refiero arriba está en el mensaje “La melancolía”, publicada por Allan Kardec en El Evangelio según el Espiritismo, en el ítem 25 de su capítulo quinto. En esa obra en que el maestro se dedica a presentar un estudio del Evangelio de Jesús en una lectura más espiritual que las religiones tradicionales venían presentando, principalmente con la clave de la enseñanza de los Espíritus Superiores, se destaca esa página psicológica acerca de la cual me propongo meditar aquí.

La melancolía según los Espíritus

El Espíritu François de Genéve, en una página dictada probablemente en un grupo espírita bordelense, se dedica a caracterizar la melancolía delineando las marcas que deja en el alma y su causa espiritual, y presenta también estrategias de superación de ese sentimiento, provocando su portador al uso enérgico de la voluntad para escapar del estado de postración que la melancolía deja en aquel que la cultiva.

En síntesis, el autor espiritual caracteriza la melancolía como un sentimiento de tristeza que se apodera del corazón llevando al individuo a identificar la vida con amargura. Estacionándose en esa postura sombría, se puede caer en la apatía, lasitud y profundo abatimiento bajo el dominio del alma triste. En esa condición, nos juzgamos por demás infelices.

Pero, el Espíritu, autor del texto, no deja de considerar que la aspiración por libertad es común en el Espíritu reencarnado. Las condiciones existenciales concretas en que vivimos nos hacen desear, inconscientemente, el gozo de la libertad espiritual – experimentada muchas veces en las actividades de emancipación del alma –, en el ansia de apartarnos de los problemas que enfrentamos, no obstante, el hecho de que estos no pasen de pruebas y expiaciones en el guión de nuestro progreso espiritual, como entendemos en la Filosofía Espírita.

Las pruebas consisten en las luchas enfrentadas en la vida corporal que son necesarias al desarrollo del Espíritu en inteligencia y moralidad. Por su parte, las expiaciones consisten en experiencias más exigentes nacidas de actitudes tomadas en desacuerdo con las Divinas Leyes. De ese modo, delante de la “opresión” de los desafíos de la vida corpórea nos sentimos apartados en nuestras posibilidades y la realidad extrafísica puede parecer más atractiva por fuerza de lo que al respecto de ella traemos en los arcanos del inconsciente.

Ciertamente que una demorada reflexión acerca de sí mismo permite al individuo percibir que la gran génesis de sus conflictos está en su planeta interno y él los conduce en cualquier dimensión de la vida, la muerte no elimina los dolores del alma. Allan Kardec, como pionero de los estudios psicológicos a la luz de la de la Ciencia Espírita pudo registrar, conforme encontramos en la obra El Cielo y el Infierno, que cada cuál vive el estado de felicidad íntima en la vida espiritual conforme ese ya se presentaba porque nadie sufre mágica transformación con el fenómeno de la desencarnación.

De hecho, enseñan los Espíritus coautores del Libro de los Espíritus que “El hombre es casi siempre el obrero de su propia infelicidad. Practicando la ley de Dios, de muchos males se ahorrará y proporcionará a sí mismo felicidad tan grande cuanto lo soporte su existencia grosera.” (2) Sin embargo, debe quedar evidente que necesitamos verificar el nivel de tristeza que nos invade, si está relacionada con la presión que el cuerpo establece al Espíritu o si estamos experimentando un sentimiento oriundo de dolores morales edificados por nosotros, cabiéndonos el trabajo personal de superación de esa maldad.

La voluntad de libertad del alma no debe significar deseo de muerte, por el contrario, debería instituirse en un impulso para instigar al ser en la búsqueda de saberes, acciones y aspiraciones elevadas en sintonía con el desarrollo de sus propios potenciales, movilizándolo al crecimiento y felicidad posible en la Tierra. Por otro lado, el deseo funesto de muerte revela una profundización de la tristeza que se configura en la patología identificada como depresión, bien catalogada en la medicina cuyos recursos terapéuticos el individuo, con el apoyo de sus familiares, debe buscar.

La depresión, como vemos en un interesante artículo de la terapeuta traspersonal Iris Sinoti (3), es diferenciada de la tristeza normal y puede ser comprendida como un disturbio de humor que desequilibra el universo emocional de la persona. Consiste en una experiencia subjetiva muy dolorosa, produciendo un sentimiento profundo de pérdida que degrada la psique del individuo. Los procesos depresivos están marcados por la ausencia de sentido existencial y alteran el modo con que la persona lucha con su subjetividad y con el mundo. También, la depresión puede ser encarada como una alerta del alma a fin de enderezar al enfermo para a búsqueda de sentido, el conocimiento de sí mismo y el cultivo del auto-amor, estrategias psicológicas necesarias para el encuentro saludable consigo mismo.

El vacío existencial y la ausencia de sentido

En el siglo pasado, al dedicarse a entender la soledad y la ansiedad del hombre moderno, el psicólogo americano Rollo May (2011) apuntó el vacío existencial como uno de los problemas fundamentales de la época. Al referirse a la “gente vacía”, él se ocupa de reflexionar sobre las razones psicosociales de ese fenómeno en una sociedad como la nuestra, infelizmente pautada en valores consumistas, donde muchas personas son asoladas por aquellos conflictos en razón del descuido para con la propia subjetividad. “El vacío interior es el resultado acumulado, a largo plazo, de la convicción personal de ser incapaz de actuar como una entidad, dirigir la propia vida, modificar la actitud de las personas en relación a sí mismo, o ejercer influencia sobre el mundo que nos rodea”. (4) Destaca, aún con mucha propiedad, afirma en lo cotidiano de su praxis, que las personas que sufren de ese vacío no solamente ignoran lo que quieren, sino también, lo que sienten. Lo que equivale a decir que las víctimas por el vacío existencial en nuestra sociedad se desconocen a sí mismos, experimentando, por consecuencia, una vida sin sentido forjada en la dirección impuesta por la colectividad. Para tanto, el grupo social establece valores erigidos como metas a ser perseguidas incuestionablemente que, por su parte, funcionan como reguladores de la vida y del valor del individuo, aunque sus consecuencias éticas sean poco lúcidas ante el examen del buen sentido.

Sobre ese fenómeno psicológico del vacío existencial, es bueno tener en cuenta que, al desconocerse, el individuo adhiere a los valores y normas sociales de un modo que la contrapartida inevitable es la desagregación de la propia identidad ante las determinaciones de la “dictadura” de las voluntades externas a la suya. En ese contexto, la falta de autonomía conduce al individuo a la necesidad de adaptarse más que auto realizarse, práctica que recalca la creatividad y las potencialidades del ser. La persona simplemente se ajusta de forma poco reflexiva y nada creativa a la sociedad enferma, pierde la referencia de quién es y pasa a actuar de forma normotica (5), pasando a vivir la patología normal del grupo social.

Un camino de superación de la falta de identificación con el self (6) está señalado en El Libro de los Espíritus, en la cuestión (7) en la que los Benefactores de la Humanidad nos convocan, conforme el registro del maestro Allan Kardec, al conocimiento de nosotros mismos mediante la problemática diaria de nuestra conducta y sus razones. Se trata de un viaje necesario a la salud mental tanto en cuanto a nuestro progreso espiritual. Supongo que el conocimiento de sí mismo consiste en una conquista que permite al Espíritu atribuir sentido a la actual reencarnación, colocándola en un nivel de vivencia auto-educativa y, por esa comprensión, de significado profundo y trascendente. Sin embargo, el sentido existencial referido aquí debe ser atribuido por el individuo en un ejercicio permanente de auto-conocimiento – no por otra –, nada  no obstante la conciencia esté repleta de significados construidos culturalmente en la vida actual y en otras.

Al desarrollar la Logoterapia a partir de sus vivencias de prisionero en un campo de concentración nazi, Victor E. Frankl (8) también identificó el vacío existencial como un fenómeno del siglo XX, de hecho, que se alarga hasta el nuestro. Según ese psiquiatra austriaco, entre las del vacío existencial estarían la pérdida de algunos de los instintos básicos de nuestra ancestralidad a lo largo de la evolución de la especie humana y, más recientemente, la reducción de la importancia de las tradiciones como soporte para la definición de las elecciones de los individuos. En ese caso específico, vivimos días de una post-modernidad que cuestiona las grandes narraciones, las formas cerradas de explicación del mundo y nos incita a la autonomía intelectual, aunque, mucha gente se entregue al entorpecimiento de la conciencia o al nihilismo en ese contexto desafiante a la racionalidad que se dobla sobre sí misma cobrando una reforma de pensamiento o cambio de paradigma en un nivel personal y colectivo.

Para Frankl, el vacío existencial acostumbra a presentarse en el tedio que algunas personas sienten, cuando identifican la falta de contenido de sus vidas a partir de momentos de quiebra de rutina que acaban, de algún modo, por enseñar que reflejan al respecto. El vacío existencial, en esa línea de razonamiento, también está en la base de la depresión. Hay casos en que el individuo busca compensar la voluntad de sentido frustrada en el poder o en el placer y, naturalmente, en la ausencia de esos una crisis se instala convocándolo a replantear la existencia y puede facilitar la búsqueda por una terapia especializada. Ahí estaría una contribución de la Logoterapia: invitar al individuo a ser responsable por su vida, dicho de otra forma, a ser sujeto de la propia historia.

Estrategias para la superación de la tristeza

Algunas estrategias para que el alma supere la tristeza común, a partir de la reflexión propuesta por el Espíritu François de Genéve, pueden ser resumidas de la siguiente forma: a) resistencia enérgica a las impresiones que nos debilitan la voluntad; b) considerando las enseñanzas de los Espíritus Superiores registradas por Kardec, aguardar con paciencia la vuelta para la vida espiritual que un día vendrá, inevitablemente; c) tener en cuenta nuestra misión en la presente reencarnación, sea en la familia o cumpliendo las diversas obligaciones que Dios nos confió; d) Fuerza, coraje para soportar a aquellas impresiones, encarándolas con determinación. Frente a lo expuesto, hagamos una breve meditación en torno a esas recomendaciones inmediatamente abajo: Cuando la tristeza común o melancolía se acerca podemos intentar resistir, como propone el benefactor espiritual, con energía, o sea, con una disposición del alma de no entregarse a ese cuadro emocional porque tenemos razones de comprender, a la luz del pensamiento espírita, el significado del momento presente como aprendizaje para el ser inmortal que somos. La voluntad, que es una de las potencias del alma, debe estar fortalecida por la energía que emprendemos en su favor para que, con objetivo esclarecido, modifiquemos el paisaje que se delinea en nosotros mismos. Aquí un recurso útil seria la práctica de la meditación. (9)

Al considerar la brevedad de la reencarnación y la seguridad de nuestra ancianidad e inmortalidad, las amarguras de esa vida son casi un nada porque observadas desde un punto de vista más amplio pueden ser comprendidas como accidentes de recorrido que cargan consigo lecciones al aprendiz atento que busca aprovechar cada experiencia aquello que le puede enriquecer el alma. Esos saberes, cuando son debidamente apropiados, promueven la paciencia que, a su modo, conduce paulatinamente a la paz interior. Y es de gente apaciguada con fuerza interior suficiente para pacificar lo que nuestro mundo necesita.

Aún cabe considerar que, en esa reencarnación, tenemos una variedad de deberes para con nosotros y para con el prójimo a comenzar por nuestro hogar y extensivo a la sociedad. Tengamos en mente, cuando la tristeza quiera profundizarse e inspirar patológicamente algún deseo de muerte, que Dios concede “A cada uno su misión, a cada uno su trabajo.” (10)  Siendo así, conociéndonos trazamos objetivos en sintonía con lo que somos y la forma por la cual podemos contribuir con el progreso colectivo, haciéndonos agentes transformadores de la realidad a comenzar por nuestro mundo íntimo.

Por fin, ante las embestidas sombrías del pesimismo y de la tristeza recordemos la lección del farol, aunque las noches sean de tormenta, se mantiene impoluto delante de la violencia de las olas soportándolas sin caer e iluminando la jornada de los que prosiguen en el mar. El faro señala un puerto-seguro. La persona que busca luchar con la tristeza sin dejar dominarse demoradamente por ella – sentirla es normal y saludable – puede encender luz esos días de transición y ausencia aparente de referencias apaciguadoras. Ella puede iluminar caminos, sin que tenga esa pretensión, por la luz que enciende en su alma proyectándose valientemente en un proceso de evolución consciente en las luchas de la vida.

 

 

Referências:        

1. O Evangelho segundo o Espiritismo, Cap. V, item 25.

2. O Livro dos Espíritos, questão 921.

3. SINOTI, Iris. Depressão: uma luz na escuridão. In: Núcleo de Estudos Psicológicos Joanna de Ângelis. Refletindo a alma: a psicologia espírita de Joanna de Ângelis. Salvador, BA: Livraria Espírita Alvorada Editora, 2011, p. 291-317.

4. MAY, Rollo. O homem a procura de si mesmo. 36. Ed. Petrópolis, RJ: Vozes, 2011, p. 23.

5. Sobre esse tema vide o meu artigo “Apreciações sobre a normose” em: http://saberesdoespirito.blogspot.com.br/2010/03/apreciacoes-sobre-normose.html.

6. El Self debe ser comprendido como un arquetipo del potencial humano en su plenitud y tiene la función de ordenar la vida psicológica del individuo. Roberto (2004, p. 52) así lo define: “sentido orientador fundamental, fuente creadora y reguladora de nuestra vida psíquica, centro ordenador y unificado de la psique. (Ved: ROBERTO, Nelson Luis. A quien y más allá del tiempo: una visión psicológica y espírita de las etapas de la vida.

7. O Livro dos Espíritos, questão 919.

8. FRANKL, Viktor E., Em busca de sentido: um psicólogo no campo de concentração. 25. Ed. São Leopoldo: Sinodal, Petrópolis: Vozes, 2008, p. 131-134.

9. Caso o leitor queira refletir um pouco mais sobre o tema da meditação, numa perspectiva espírita, sugiro o texto “Medite sempre”, acessível em: http://saberesdoespirito.blogspot.com.br/2012/02/medite-sempre.html 

10. O Evangelho segundo o Espiritismo, Cap. I, item 10.
 



 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita