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Año 6 305 – 31 de Marzo de 2013
RICARDO BAESSO DE OLIVEIRA        
kargabrl@uol.com.br        
Juiz de Fora, Minas Gerais (Brasil)
 
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 
 

Ricardo Baesso de Oliveira

Raíces de la perversidad
humana

 


André Comte-Sponville, filósofo francés contemporáneo, expone en su libro El Espíritu del Ateísmo, seis motivos de por qué no cree en Dios. Uno de los motivos presentados por él es la mediocridad humana. Mientras más conozco a los hombres, menos puedo creer en Dios, dice en cierto tramo del libro, es demasiada mediocridad por todas partes, demasiada pequeñez, demasiada nulidad. ¡Que bello resultado para un ser omnipotente!

El estudio de la evolución humana, a partir de los principios espíritas, refuta tal argumento, pues no fue Dios el creador de la perversidad humana, ya que nos creó simple e ignorantes, por lo tanto desprovistos de virtudes y defectos.

Los defectos humanos, tampoco, pueden ser considerados como opciones nuevas de hombres que escogieron el camino del mal. Debemos entenderlos, sí, como residuos de reacciones instintivas, adquiridas durante el largo estado del principio espiritual por el reino animal y aún no disueltos por el esfuerzo en la construcción del bien.

Podemos llegar a tal constatación examinando los más recientes estudios en el área del comportamiento de los grandes primates (orangutanes, gorilas y chimpancés), nuestros parientes más próximos en la escalera evolutiva.

Una síntesis de los estudios de primatólogos del área del comportamiento, fue presentada por Draúzio Varela, en la serie Hoja Explica, y que recibió el título de Macacos.

Los estudios nos sorprenden, pues muestran que gran parte de las graves actitudes humanas en el campo de la ética y del comportamiento era corriente entre los grandes primates.

Orangutanes

Los orangutanes, primates asiáticos de pelo rojizo y rostro lilas, son extremadamente intolerantes unos con los otros. No existe sombra de asociación mutua, ni defensa de comunidad. Cuando perciben que el otro está cerca, ambos desvían el camino, uno de ellos se retira o los dos parten para el enfrentamiento violento. Las luchas son feroces: machos adultos presentan alta incidencia de cicatrices en el cuerpo, ojos vaciados, dedos y dientes rotos.

Algunos orangutanes son más pequeños que los otros y son denominados de sub-adultos, aunque sean adultos igualmente.  Como son más pequeños, viven marginados por los machos y hembras, siendo que las últimas no se interesan por ellos. ¿Como hacen entonces para reproducirse, si los machos celosos en la vecindad son el doble de ellos? En silencio, sorprenden a la hembra desprotegida e intentan a la fuerza lo que por las buenas no les sería concedido. Las hembras reaccionan como pueden: gritos, mordeduras, bofetadas y puntapiés. Aunque débiles cuando son comparados a los dominantes, los sub-adultos son más fuertes que ellas. El estrupo es la estrategia reproductiva. El primatólogo John Mitani, citado por Draúzilo Varela, testimonió 179 aparejamientos: estupro en el 88% de ellos.

Gorilas

Los gorilas son los mayores primates, llegando a pesar 200 kilos. Viven en África.  En los movimientos en búsqueda de áreas alimenticias, los caminos de los grupos de gorilas se ínter seccionan a menudo. Esos encuentros muchas veces hacen caer el mito de la docilidad de los gorilas, pues casi siempre terminan en combates mortales. En esos combates, el macho intruso muchas veces mata a los hijos del otro. El infanticidio rinde dividendos inmediatos: las hembras que perdieron a sus hijos tienden a abandonar al macho que no fue capaz de protegerlos, y seguir al agresor.

Chimpacés

Son los primates cuya inteligencia y apariencia física más se identifican con los humanos. Los chimpancés se reúnen en bandas para matar a sus semejantes premeditadamente. No son exclusivamente vegetarianos; al contrario, tienen pasión por la carne y son excelentes cazadores. Sus víctimas, pájaros y pequeños monos, son devorados con hueso y todo, a veces, aún con vida. Son caníbales y el infanticidio está hartamente documentado entre ellos. Hay muchos relatos de machos matando a dentelladas al hijo de una hembra.  Se arreglan en la pelea, tienen el mal gusto de descargar en uno más débil, hembra, adulto o hijo. Por esa razón, así que los conflictos comienzan, las madres se esconden con los hijos en las ramas. La disputa por el dominio es una obsesión en la vida de los chimpancés y hace emerger lo que la política tiene de peor. Por ejemplo, cuando muere el dominante, y su sucesión es disputada por dos o tres machos con jerarquía mal definida entre ellos, es común verlos subir a los árboles y coger las frutas más apreciadas para el resto de la banda, en el suelo. Una vez elegidos para el puesto de mando, jamás repetirán el gesto demagógico.

Como se ve, el hombre tiene un lado animal en su personalidad, despótico, sanguinario, heredado de sus ancestrales primitivos.

Objetivo de la evolución

La diferencia fundamental, sin embargo, es que los grandes primates citados hacen lo que hacen por instinto, sin la noción de lo correcto y equivocado, del bien y del mal. La criatura humana, alzada a la razón, hace lo que hace con conocimiento de causa.

El objetivo final de la evolución no está, por lo tanto, en la conquista de la razón; el surgimiento de la razón y de la inteligencia debe abrir las puertas para otras conquistas venideras.

Al incorporar en su individualidad la inteligencia, el sentido moral y la ciencia de la reflexión, el Espíritu se encuentra estructurado para alzarse a vuelos más altos.  En consonancia con Allan Kardec, el ápice de la evolución espiritual está en la suma completa de las virtudes y en el conocimiento de todas las cosas, o sea, en el pleno desarrollo intelecto-moral (LE, ítem 112 y 113).

Compete, entonces, al Espíritu desarrollar, después, la adquisición de la conciencia de sí mismo:

a)   las múltiples inteligencias, hoy estructuradas didácticamente por Howard Gardner, de Harvard, en las siguientes modalidades: lingüística, lógico-matemática, musical, físico-cenestésica, espacial, naturalista, interpersonal, intrapersonal y la inteligencia existencial;

b)   los valores del sentimiento, o sea, las virtudes humanas: la generosidad, la humildad, la tolerancia, la perseverancia, la fe, la gratitud, el buen humor, la buena voluntad, entre otras;

c)   la sublimación del instinto sexual, dirigiendo las fuerzas de la libido para actividades nobles en pro del engrandecimiento colectivo;

d)   las funciones mentales responsables por la adquisición, organización, interpretación y almacenamiento de informaciones del mundo externo, o sea, la cognición, representadas por la atención, orientación, senso-percepción, memoria,  y otras;

e)  las fuerzas psíquicas dichas paranormales, como la clarividencia, la clariaudiencia, la precognición, la retrocognición y la psicocinesia;

f)   las emociones positivas como la esperanza,  la serenidad, la paciencia, el coraje, la gentileza, el afecto y el amor.

El precio de la evolución

Hasta la época reculada del paleolítico, informa André Luiz, las Inteligencias Divinas interfirieron para que se le estructurara el vehículo físico, dotándolo con preciosas reservas para el futuro inmenso; envuelto ahora en la luz de la responsabilidad, le confirieron el deber de conservar y perfeccionar el patrimonio recibido y le entregaron la obligación de atender al perfeccionamiento de su cuerpo espiritual (Evolución en dos Mundos, parte I, cap. XX). La conquista de la razón y el desarrollo de la inteligencia posibilitaron al hombre la mayoría espiritual.

Las Fuerzas del Bien que coordinan la evolución del orbe aflojaron su tutela, aunque aún intervengan en la mejoría de las formas evolutivas del planeta (Evolución en Dos Mundos, parte II cap. XVIII), pues el trabajo evolutivo en el perfeccionamiento fisiológico de las criaturas terrestres aún no fue terminado, prosiguiendo, como es natural, en el espacio y el tiempo (Evolución en dos Mundos, parte II, cap. XII). Pero con la conquista de la razón, se hizo él responsable por los propios actos. Le compite proseguir con el propio esfuerzo. La noción de lo correcto y equivocado esculpir en su conciencia la ley de causa y efecto, que deberá guiar sus decisiones.

Escribió André Luiz:

Entendamos, así, que tanto la regeneración como la evolución no se verifican sin precio.

El progreso puede ser comparado a una montaña que nos cabe transponer, sufriendo naturalmente los problemas y las fatigas de la marcha, mientras que la recuperación o la expiación pueden ser consideradas como esa misma subida, debidamente recapitulada, a través de obstáculos y trampas, decepción y espinos que nosotros mismos creamos.

Si supiésemos, sin embargo, sudar en el trabajo honesto, no necesitaremos sudar y llorar en el rescate justo.

Y no se diga que todas las desdichas de la marcha de hoy estén debitados a compromisos de ayer, porque, con la prudencia y la imprudencia, con la pereza y el trabajo, con el bien y el mal, mejoramos o agravamos nuestra situación, reconociéndose que todo día, en el ejercicio de nuestra voluntad, formamos nuevas causas, rehaciendo el destino (Evolución en dos Mundos, parte I, cap. XIX).



 


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