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Año 6 295 – 20 de Enero de 2013
ORSON PETER CARRARA     
orsonpeter@yahoo.com.br     
Matão, São Paulo (Brasil)
 
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org
 
 


Orson Peter Carrara

Una frase de Voltaire

La frase dicha por el notable pensador francés, en una declaración post mortem, debe ser motivo de reflexión por todos nosotros que militamos en el Espiritismo.


 El proficuo escritor, ensayista, deísta y filósofo iluminador francés Voltaire (François Marie Arouet, París, 1694-1778) quedó muy conocido por su perspicacia en la defensa de las libertades civiles, inclusive la libertad religiosa y el libre-comercio. Es una de entre las muchas figuras del Iluminismo, cuyas obras e ideas influenciaron a pensadores importantes tanto de la Revolución Francesa como de Americana. Fue defensor abierto de la reforma social y frecuentemente usó sus obras para criticar a la Iglesia Católica y las instituciones francesas de su tiempo, dirigiendo duras críticas a los reyes absolutistas y a los privilegios del clero y de la nobleza. Por decir lo que pensaba, fue apresado dos veces.

Una frase de Voltaire (Espíritu), extraída de una instructiva entrevista incluida por Kardec en la Revista Espírita de septiembre de 1859, con el título Confesión de Voltaire, ofrece una reflexión de peso para nuestros estudios espíritas y para nuestra actuación ante el conocimiento espírita que ya detentamos.

Dice el Espíritu, en las entrelineas de la entrevista: “(...) Lo que yo lamento es haber vivido tanto tiempo en la Tierra sin saber lo que podría ser, y lo que podría hacer. (...)”.

Recomiendo al lector leer la entrevista integra.

Detalles importantes de las experiencias del famoso escritor deben ser tenidas en cuenta en el contexto de la afirmación. Sin embargo, la frase abre perspectivas inmensas en la cuestión de los intensos cuestionamientos íntimos, tan comunes entre nosotros, en la cuestión sobre lo que somos y lo que podemos hacer.

Muchos nos angustiamos con el vacío interior, con los abatimientos constantes auto-permitidos – que generan aflicciones sin cuenta – y con supuestos programas de acción que nunca conseguimos poner en práctica.

La frase de Voltaire nos remite de la ciudadanía

El lamento de Voltaire también podrá ser nuestro si no empleáramos el tiempo y posibilidad para el propio crecimiento y las oportunidades de auxilio al crecimiento del medio donde estamos y actuamos.

La frase de Voltaire, todavía, nos remite a un importante tema: la ciudadanía.
La palabra ciudadanía, significando la calidad del ciudadano, implica necesariamente el comportamiento conectado con el progreso y la calidad de vida, inclusive con desdoblamientos en la legislación, en los intercambios internacionales y en los avances en todas las áreas que envuelven el desarrollo pleno del ser humano, en su integridad.

La llamada cualidad del ciudadano recuerda la dignidad de vida o comportamiento, de trabajo y desarrollo en la atención al gigantesco cuadro de necesidades de la civilización, que progresa, crea nuevas necesidades y avanza en la búsqueda permanente de felicidad, armonía y comprensión de la propia naturaleza, ante sí mismo y, claro, con detalles en la vida individual, familiar y, por extensión, a la vida social. Finalmente, el ciudadano es el propio ser humano.

Interesante porque, cuando está ausente la ciudadanía, encontramos cuadros de miseria, violencia y dificultades agravadas por situaciones y circunstancias bien conocidas en la historia.

Eso hace recordar la historia de la civilización, desde sus principios, para situarnos en el cuadro actual, donde – a pesar de los cuadros difíciles aún existentes – el progreso acelerado muestra el esfuerzo continuado de muchas inteligencias que se aplican para tales conquistas de dignidad en favor de la colectividad humana.

La Revolución Francesa tuvo repercusiones en el mundo entero

Una de las mayores revoluciones de la historia es la Revolución Francesa, que abolió la servidumbre y los derechos feudales, proclamando los principios universales de la Libertad, Igualdad y Fraternidad. Eso en Francia, en la época el centro cultural de la humanidad, en los últimos decenios del siglo 18.

Antecedida e influenciada por el Iluminismo – movimiento cultural de la elite de intelectuales de Europa – y por la independencia americana, alteró todo el cuadro político y social de Francia, con repercusiones en la cultura y en el comportamiento mundial. Y, hecho importante, a la víspera de la llegada de Allan Kardec, que codificó el Espiritismo.

Se nota ahí toda una planificación buscando preparar la mentalidad humana para una nueva fase de reflexiones con las ideas traídas por la Doctrina Espírita, exactamente en Francia.

Kardec dejó materia sobre los principios proclamados por la Revolución Francesa y posteriormente publicada en Obras Póstumas (libro publicado en 1890, 21 años después de su desencarnación), en el cual su lucidez e increíble capacidad didáctica desdobla el notable asunto.

Selecciono algunos trechos del magnífico capítulo que dispersan comentarios:

- “Libertad, Igualdad, Fraternidad, estas tres palabras son, por sí solas, el programa de todo un orden social (...)”

- “(...) la fraternidad, en la rigurosa acepción de la palabra, resume todos los deberes de los hombres relativamente unos a los otros; ella significa: dedicación, abnegación, tolerancia, benevolencia, indulgencia; es la caridad evangélica por excelencia y la aplicación de la máxima: actuar para con los otros como nos gustaría que los otros actuaran con nosotros. La contrapartida es el egoísmo. La fraternidad dice: ‘cada uno por todos y todos por uno’ El egoísmo dice: ‘cada uno por sí (...)”

El orgullo y el egoísmo nos hacen omisos e indiferentes

- “(...) la fraternidad está en primera línea: es la base; sin ella no podría existir ni igualdad y ni libertad serias; la igualdad transcurre de la fraternidad, y la libertad es la consecuencia de las dos otras (...)”.

Es impresionante leer a Kardec decir que la igualdad y la libertad son hijas de la fraternidad, destacando sin embargo que la libertad es consecuencia de las dos otras.

¡De hecho! Finalmente, el orgullo, padre del egoísmo y enemigo de la igualdad, crea la falsa ilusión de que somos superiores a alguien, estimulando la vanidad y la prepotencia, con la ingenua suposición de que somos mejores que los otros, que nada saben hacer o, cuando hacen, son motivo de discriminación.

Finalmente, destaca el Codificador: “(...) la libertad supone la confianza mutua (...)”, lo que no existe sin fraternidad. Y concluye después con sabiduría: “(...)

La libertad sin la fraternidad da libertad de acción a todas las malas pasiones, que no tienen más freno. (...)”.

El orgullo es el gran enemigo de la igualdad, exactamente por la falsa suposición de superioridad sobre los otros.

¿Qué hacen el egoísmo y el orgullo?

Los hacen omisos, indiferentes, prepotentes y, peor, nos lleva a subestimar el valor y los esfuerzos ajenos.

Cuando guardamos con nosotros el sentimiento de fraternidad, observamos al otro – bajo cualquier aspecto – en condiciones de igualdad y, por lo tanto, lo respetamos, y ahí surge la libertad que actúa con conciencia y dignidad.

La noble tarea que incumbe a los hombres progresistas

Por otro lado, la ausencia de la fraternidad, que crea el sentimiento exclusivo de la personalidad, se satisface o se esconde a expensas de otros, sin cesar – porque no desarrolló el sentimiento de igualdad que genera la libertad – y nos coloca en guardia unos contra los otros.

Note el lector que todas esas consideraciones caben en la cuestión individual, en las relaciones unos con los otros, en el medio familiar y social, y se abre de manera gigantesca también en las cuestiones colectivas y aún internacionales.

En su texto el Codificador destaca la importancia del combate al orgullo y al egoísmo: “(...) trabajad sin descanso para extirpar el virus del orgullo y del egoísmo, porque ahí está la fuente de todo mal, el obstáculo real al reino del bien (...)”.

Y culmina con esa perla: “(...)” A los hombres progresistas cabe activar el movimiento por el estudio y por la práctica de los medios más eficaces”.

Ahora dejo a la reflexión del lector: ¿quiénes son los hombres progresistas?

¿Estamos incluidos en esa categoría de criaturas que estimulan el progreso o aún estamos dominados por el orgullo de retener, de dominar, de imponer y de considerarnos mejores que otros? Por otro lado, ¿cómo activar el movimiento por el estudio? ¿Qué iniciativas motivan el progreso donde estamos? ¿Y cuáles son las prácticas de los medios eficaces?

Está ahí todo un programa de acción para el progreso a partir de nuestras manos, para llenar lo que podemos ser y lo que podemos hacer.

Por eso volvemos a Voltaire: “(...) Lo que yo lamento es haber vivido tanto tiempo en la Tierra sin saber lo que podría ser, y lo que podría hacer. (...)”.
¿Cómo estamos delante de ese lamento?

 



 


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