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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 6 282 – 14 de Octubre de 2012

 
                                                            
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org

 

La bendición de la oración

 

El día estaba bonito y el sol brillaba. José y Cláudio, de once años, se hallaban muy expertos y capaces de realizar grandes aventuras, que tomaron conocimiento en libros y en películas. Así, decidieron hacer un paseo y cada uno colocó en la mochila una cantimplora de agua y un sandwichs.

En aquella mañana, sin avisar a nadie, ellos salieron de casa y se encontraron en la esquina, como combinaron, animados y satisfechos.

Andaron hasta las afuera de la ciudad, después siguieron por um caminito de tierra que les pareció

invitador. Árboles frondosos sombreaban el camino dejando la temperatura agradable.

Cláudio y José se sentían verdaderos exploradores. En cierto momento, los árboles fueron escasos hasta acabar, y la temperatura cambió, haciéndose mucho más caliente, sin embargo ellos proseguían firmes.

Después de algún tiempo, cansados e indecisos, ellos pararon donde el camino se abría en dos. ¿Qué camino tomar? Se sentaron mientras resolvían la cuestión. Cláudio sintió sed y abrió la mochila, viendo que su cantimplora estaba vacia. Olvidó que había tomado toda el agua, entonces pidió a José que le diese un trago de la suya, pero el otro respondió:

— ¡No puedo! ¡También ya la bebí toda!...

Con la garganta seca, los dos lamentaron no haber sido más previsores, reservando un poco de agua para más tarde.

— Bien. Entonces, necesitamos buscar un riachuelo. ¿Pero para qué lado vamos nosotros?

No había acuerdo. José quería ir por la derecha y Cláudio por la izquierda. Entonces, decidieron cada uno seguir para un lado. Aquel que encontrara agua volvería para avisar al otro.

José se acordó de hacer una oración, pero Cláudio no estuvo de acuerdo, diciendo que era uma tontería perder tiempo. Decidido, siguió por el camino escogido.

Entonces, José hizo la oración solo:

— ¡Señor, ayúdame! ¡Índicame el camino correcto! Estamos cansados y con sed; necesitamos hallar agua o no sé lo que será de nosotros. No avisé a mi madre, que debe estar preocupada, y me arrepiento. ¡Si algo nos ocurre, nadie sabe donde estamos! ¡Protégenos, Señor!...

Después de esa oración, José continuó decidido a ir por la derecha. Y así lo hizo. Más adelante, él oyó el murmullo de um arrolluelo y, satisfecho, apresuro el paso. Después, en médio de los árboles, encontro el riachuelo que corria en medio de las piedras.

— ¡Gracias Jesús, por la ayuda!

Se bajó, tomo água con las manos como conchas; después, llenó la cantimplora y, satisfecho por lo encontrado, volvió como había combinado. Llegando nuevamente a la bifurcación, siguió el rumbo que Cláudio tomó. Sin embargo, se sentia cansado y no encontraba al amigo.

Preocupado, José se sento para descansar um poço, cuando oyó un llanto. Inmediatamente se levantó y se puso a buscar, mientras gritaba:

— ¡Cláudio! ¡Cláudio! ¿Eres tú?

Después oyó uma voz médio apagada, que decía:

— ¡Socorro! ¡Me caí en un agujero!...

José se puso a buscar en la dirección de la voz y acabo por encontrar al amigo, que cayó en una trampa. Llegando al borde, José preguntó si él estaba bien.

— Sí. Pero siento mucho dolor en el brazo y en la pierna; ¡creo que está rota!

José le tiro la cantimplora con agua, avisando:

— ¡Toma solo un poco! No sabemos cuándo iremos a salir de aqui.

Después, él habló um poco más con Cláudio para mantenerlo calmado, sin embargo pensaba:

— ¿Qué hacer? El camino parecia desierto y es necesario sacar a mi amigo de ahí. No trajimos móvil, pues no queríamos que nos encontrasen, y ahora lo lamento.

Nuevamente, él recurrió a la oración:

— ¡Jesús Amigo! Permite que alguien nos socorra. Sé que obramos mal, pero estoy arrepentido. ¡Comprendo ahora que nuestros padres son nuestros mejores amigos y que ellos deben estar preocupados por nosotros! ¡Ayúdanos, querido Maestro!

Pasado algún tiempo, un labrador se aproximó y, viendo al chico, preguntó:

— ¿Qué estás haciendo aqui, niño, tan lejos de la ciudad?

José abrió los ojos y sonrió, aliviado:

— ¡Gracias a Dios que el señor apareció! Mi amigo cayó en un agujero y no sé cómo hacer para sacarlo de ahí!

El labrador se aproximó al agujero y, examinándolo, afirmo:

— No es difícil.

Él pidió a Cláudio que quedase de pie y extendiese el brazo, y el niño obedeció. Entonces, el hombre se echó en el borde del agujero y, con sus brazos largos, aseguro al chico firmemente, tirando para arriba.

Después Cláudio estaba sentado en la hierba, y lloraba mucho de dolor. El labrador notó que una pierna y un brazo de él estaban rotos. Entonces, como él vivia allí cerca, fue hasta su casa y llamó a una ambulancia, pues Cláudio necesitaba de un médico. No tardó mucho la ambulancia, llegó y llevó a Cláudio para el hospital.
 

Fue con inmenso alivio que los padres de ellos fueron hasta el hospital, sabiendo que Cláudio estaba herido. A pesar de eso, ellos estaban bien, y era lo que importaba, pues habían buscado por todos lados sin encontrarlos y ya no sabían qué hacer más. ¡Hasta la policía fue avisada!

Los chicos agradecieron la ayuda al labrador y afirmaron a los padres estar arrepentidos de haber salido sin avisarlos. Y José concluyó:

— Solo estamos aquí ahora, porque hice una oración pidiendo a Jesús que nos socorriese. Por eso, me gustaría que hiciéramos una oración ahora para agradecer el auxilio recibido.

Así, en aquel momento ellos estaban elevando el pensamiento a Jesús en gratitud por las bendiciones que les proporcionara. 


                                                        MEIMEI


(Recebida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, em 17/9/2012.)




                                                                                   



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Revista Semanal de Divulgación Espirita