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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Ano 4 - N° 184 - 14 de Noviembre del 2010 

 
                                                            
Traducción
Isabel Porras Gonzáles - isy@divulgacion.org

 

Ingratitud

 

Cuando la pequeña Lívia llegó a su casa, viniendo de la escuela, estaba bastante triste.

En las oraciones que hacían en familia, ella había aprendido que tenemos siempre que hacer el bien.

Entonces, Lívia siempre que tenía una oportunidad de ser útil no dejaba pasar en blanco.

A veces era una señora curvada al peso de las compras, que ella se ofrecía para ayudar. Otras veces, era un deficiente visual que deseaba atravesar la calle, y la niña listamente lo cogía por el brazo y lo dejaba con seguridad del otro lado. Cuando un niño se caía, ella corría para socorrerlo; soltaba a un ave que había quedado presa en una rama de árbol, si ella veía a alguien triste se aproximaba para conversar, enseñaba la tarea a los compañeros que no habían entendido la materia y mucho más. Y así, ella actuaba siempre de buena voluntad y, por sus cualidades, todos la amaban.

Cierto día, Lívia vio a un perrito en la calle que, saltando de bolsa en bolsa de basura, acabó cayendo en un grande cubo de basura. ¡Ella no tuvo dudas! Corrió y socorrió al perrito.  

La dueña del perrito, que venía un poco atrás, no le gustó la

actitud de la chica.

— ¿Pero por qué? — preguntó Lívia. — Él podría herirse en la basura, siempre repleto de trozos de vidrio y otras cosas.

— ¡Él tenía que aprender la lección! ¡Así, otra vez, no metería el hocico donde no debe! No pienses que voy a quedarte agradecida.
 

Agarrando al perro, lo apretó en el pecho y se fue, con la nariz empinada.

Llegando a su casa, Lívia estaba triste. Por primera vez, alguien no le había gustado su buena voluntad.

— ¿Qué pasó, hija mía? — preguntó la madre.

— Nada, mamá.

Lívia no quería ni tocar el asunto. Sin embargo, no conseguía olvidar lo que hubo ocurrido. En aquella noche estaba muy triste y, al acostarse, como la madre insistiera, Lívia acabó contando el hecho.

— ¡Una niña fue ingrata conmigo, mamá! — dije ella en lágrimas.

La madre se acostó con ella y abrazándola, le pidió:

— Cuéntame lo que ocurrió, hijita. Repartir nuestro dolor hace  que el quede más pequeño. Además de eso, ¿quien sabe si podré ayudarte?

Entonces, Lívia contó a la madrecita lo que había ocurrido y concluyó afirmando:

— Fue eso lo que ocurrió.

— ¿Sólo eso? Pero, ¿dónde está el problema?

— ¡El problema, mamá, es que hice lo que pude para ayudar y ella fue ingrata conmigo! ¡Estoy pensando seriamente en no ayudar más a nadie!

La madre abrazó la hija aún con más cariño, y consideró:
 

— Lívia, si esa niña demostró ingratitud, el problema es de ella y no tuyo. ¿Tú ayudaste al perrito para recibir el agradecimiento de su dueña?   

— ¡Claro que no, mamá!

— Tú hiciste lo que creías que debías hacer, ¿no es?

— Es.

— ¿Todas las veces que tú ayudaste a alguien, quedaste esperando para recibir gratitud?

— ¡No!...

— Entonces, tú hiciste lo mejor a tu alcance en todas las situaciones. Si esa chica no reconoció eso, ¡el problema es de ella! Cuando hacemos un bien, no podemos esperar reconocimiento de las personas, sino va a parecer que hay orgullo y egoísmo de nuestra parte; que hicimos aquella buena acción para recibir gratitud, para ser vistos. ¿Entendiste? Es cómo si dijéramos: ¡Vean como soy buena!...

— Entendí, mamá. Tienes toda la razón. Mañana voy a salir de casa y a hacer exactamente como siempre hice porque me siento bien, porque me gusta ayudar a mi prójimo.   

La madrecita dio un gran abrazo a la hija y, después de la oración, Lívia adormeció contenta. Ella hubo aprendido una gran lección aquel día y que iría a servirle para toda la vida.                        


                                                                 
Meimei


(Pagina recibida por Celia Xavier de Camargo en
9/8/2010.) 
  
 


 

                          



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Revista Semanal de Divulgación Espirita