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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 4 173 – 29 de Agosto del 2010

 
                                                            
Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

 

Sentir en la piel

 

Era un lindo día de sol caliente y agradable.

Caminando rumbo a la escuela, Mariana, de siete años, iba feliz. Tenía en la vida todo lo que deseaba.  

El día anterior su madre le había comprado un lindo chaquetón de lana, aquel mismo que ella había visto y amado en la vitrina de la tienda. El invierno se aproximaba y Mariana ya estaba preparada, esperando hasta con cierta ansiedad que el frío llegara para poder exhibir su abrigo nuevo.

No había andado mucho cuando vio a una niña que debería tener su edad, y que ya vio otras veces, viniendo en sentido contrario. Debería vivir allí cerca, pues cuando ella volvía de

la escuela la niña estaba siempre al pie de autobús, esperando en la parada. Ella estaba siempre vestida con ropas simples, pero limpias, y tenía un aire alegre en el rostro.

   

Durante el periodo, entretenida con las aulas, Mariana no notó que el tiempo había cambiado. Pesadas nubes se acumularon en el cielo, escondiendo el sol. Luego la lluvia cayó con fuerza, mojando la tierra, tras una prolongada sequía.

Con las ventanas cerradas y las luces encendidas, continuaban las actividades escolares.

Solamente a finales de las aulas, al salir para el patio, los alumnos se dieron cuenta de la caída de la temperatura. La lluvia había parado, pero el frío era intenso.

Mariana se puso a caminar, apresurada. Nunca había sentido tanto frío en toda su vida. Menos mal que su casa quedaba a pocas manzanas de la escuela.

Pasando por el punto del autobús, Mariana vio a la niña. Ese día, especialmente, Mariana se sintió conectada a aquella chica. Como siempre, ella estaba vestida pobremente y debía también estar sintiendo mucho frío, tal como ella misma.

En aquel momento, Mariana se acordó de que, aún en días bien fríos, ¡la niña nunca estaba abrigada!

Pasó por ella estremeciéndose de frío y comentó malhumorada:

— ¿Qué frío está haciendo, no?

La niña la miró, sonriente y dijo confiada:

— No te preocupes. Después pasa.

Aquel día la imagen de la chica no salió de la cabeza de Mariana. Mientras ella estaba malhumorada por sentir frío, la reacción de la chica era de aceptación, sin rebeldía.

Llegando a la casa, después del almuerzo, ya abrigada y caliente, comentó con su madre:

— Mamá, yo veo siempre a una niña al punto de autobús que no tiene chaquetón. Ahora que tengo un chaquetón nuevo, ¿puedo darle el viejo a ella? Aprendí con Jesús que debemos colocarnos en el lugar del otro, para saber lo que él está sintiendo. ¡Y esa niña no tiene abrigo!

— Claro, hija mía. Tienes toda la razón. Quedo feliz al ver que tú te preocupas con el prójimo. ¿Dónde vive ella? ¿Como se llama? ¡Podemos llevarlo hoy mismo!

— No sé nada sobre ella, mamá.

— Bien, entonces no hay manera. Mañana tú lo llevas.

Al día siguiente, Mariana colocó el chaquetón en una bolsa y salió para la escuela, esperando, a la vuelta, encontrar a la niña en el punto del autobús.  

No había andado mucho cuando vio a la chica, que venía en su dirección. Feliz, corrió al encuentro de ella, diciendo:

— ¡Qué bien que te he encontrado! Traje un regalo para ti.

La niña la miró, sorprendida. Más sorprendida aún quedó al ver lo que había en la bolsa.

— Pero... ¿es para mí? ¿Estás segura de que quieres deshacerte de él? ¡Es muy bonito! ¡Gracias! Ni sé comoagradecértelo. Nunca tuve un  chaquetón  así.  De

hecho, no tengo chaquetón. ¡Fue Jesús quién te mandó!  

Se abrazaron contentas. Intercambiaron informaciones y direcciones, y se hicieron grandes amigas.

Mariana se sentía realizada por haber conseguido ayudar a alguien. Y, con su gesto, había ganado también una amiga muy querida.

                                                                  
 
                                                                   Tía Célia 


 



O Consolador
 
Revista Semanal de Divulgación Espirita