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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 4  162 – 13 de Junio del 2010

 
                                                            
Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

 

El juego de fútbol

 

Como todos los niños de la calle, a Alberto le gustaba jugar a la pelota después de las clases.

Llegaba a casa, guardaba la mochila con el material escolar, se quitaba el uniforme, almorzaba rápidamente y, cuando la madre iba a buscarlo, ya no lo encontraba más. Estaba en la calle golpeando el balón con los vecinos.

El barrio donde residía Alberto era bastante tranquilo; la calle casi no tenía movimiento, permitiendo a los niños jugar a voluntad. Más no a todos los habitantes les gustaba ese juego.

   

El señor Antonio, hombre solitario y malhumorado, vivía siempre irritado con la algarabía que los chicos hacían. Protestaba del ruido, alegando que no tenía paz dentro de su propia casa. De esa forma, la relación de los niños con él era la peor posible.

Cierto día, Alberto chutó el balón y ¡zas! — el cayó en la casa del Sr. Antonio, rompiendo un cristal. Asustados, los chicos aguardaron la reacción del anciano, que no se hizo esperar.

Se asomó a la puerta con la mirada colérica, con la pelota en la mano.

— ¿Quién tiró este balón? — preguntó nervioso.

Alberto, temblando de miedo, dio un paso al frente, identificándose:

— Fui yo, señor. No tuve la intención de romperle el cristal. Fue un accidente. Le pido disculpas.

El anciano, con todo, se negó a devolver el balón, acabando con el juego.

Sentados en el bordillo, tristes y desanimados, los chicos decidían qué hacer. Uno de ellos sugirió:

— Ya que él no quiere devolver el balón, vamos a tirar piedras y romper las otras ventanas.

— Tengo ganas de agujerear los neumáticos del coche de él — decía otro.

— ¡De eso nada! Vamos a entrar en el patio de él y hacer la mayor suciedad — afirmaba otro.

Alberto, que era de familia espírita y niño de buenos principios, oyó las sugerencias y respondió:

— No podemos retribuir con la misma moneda. Y, además de eso, él no deja de tener razón, ¡pues la calle no es lugar de jugar balón! Dejad esto conmigo. Soy el responsable, una vez que causé el problema. Voy a resolver la cuestión.

Llegando a casa, Alberto contó al padre lo que había ocurrido y le pidió que lo acompañara hasta la casa del señor Antonio.

Ellos fueron, pero a pesar de que el padre de Alberto se comprometiese a reparar el daño, nada se arregló. El vecino continuó inflexible, afirmando que nunca más devolvería el balón.

Durante algunos días los chicos no pudieron jugar más. Se reunían en la calzada y quedaban andando con la bicicleta, los patines, jugando al escondite, o, simplemente, hablando.    

Un día apareció un niño nuevo en el barrio. Vio el grupo reunido y se aproximó, queriendo hacer amistad.

— ¿Puedo jugar con vosotros? ¡Llegué ayer y aún no conozco nadie!

— ¡Claro! ¿Como te llamas?

— Renato.

— ¿Estás viviendo por aquí ahora? — preguntó Alberto.

— Mi madre está enferma y vine a pasar una temporada con mi abuelo Antonio, ¡que vive cerca de allí!

— ¡Ah!...

Fue una sorpresa. Nadie sabía que el viejo solitario tuviera familia. Los niños intercambiaron miradas entre sí como si preguntaran: ¡¿Vamos a dejarlo jugar con nosotros?!...

Alberto, sin embargo, percibiendo la reacción de los amigos, gentilmente se anticipó:

— Sé bienvenido a nuestro grupo, Renato.

Conversación va, conversación viene, el recién llegado preguntó:

— ¿Vosotros jugáis a la pelota?

Un poco incomodo, uno de los niños respondió:

— Últimamente no hemos jugado. Estamos sin pelota.

— Ah, pero yo traje la mía. Voy a buscarla — dijo Renato.

La tarde entera jugaron como antiguamente, felices y despreocupados, olvidados ya de lo que había ocurrido.

El viejo Antonio, cuando vio que el nieto estaba en medio del juego, no tuvo coraje de protestar. Pero, de repente, nuevamente ocurrió. Renato chutó el balón y oyeron el ruido de vidrio roto.

¡Ufff!  El  balón  había caído en la casa de Alberto,

rompiendo un gran cristal de la puerta.  

Renato, avergonzado, no sabía donde esconder la cara. Informado del incidente, el señor Antonio se aproximó incomodo, acordándose del día en que había tratado tan mal al vecino.

El padre de Alberto, con todo, generosamente se anticipó:

— No fue nada. Ocurren accidentes. El chico no lo hizo por mala voluntad.

— Agradezco su comprensión. Discúlpenos. Insisto en pagar el perjuicio. Finalmente, fue mi nieto Renato quien lo rompió.

Roto el hielo, el anciano y el padre de Alberto comenzaron a charlar, haciéndose amigos. Los niños estaban satisfechos. Renato era muy simpático y sería buen compañero.  

Sin embargo, el grupo hizo una reunión y vino a comunicar a los más mayores, que charlaban animadamente.

— Estudiamos el asunto y llegamos a una conclusión. Nos gusta mucho el fútbol, pero la calle realmente no es lugar para eso. Para evitar problemas y mayores perjuicios, resolvimos buscar otro lugar para jugar.

Con una sonrisa, el señor Antonio sugirió:

— Tengo un gran terreno aquí cerca. ¿Qué tal transformar aquel espacio inútil en un campo de fútbol?

— ¡Buena idea! — estuvo de acuerdo el padre de Alberto. — Los postes y redes estarán por mi cuenta.

— Acepten mi ofrecimiento. Es de corazón. Además de eso, otros niños del barrio serán beneficiados, si transformáramos el terreno en un local de ocio para todos — insistió el señor Antonio.

Los niños, felices, tocaban las palmas. Corrieron para el viejo solitario y le dieron un gran abrazo, que borró cualquiera trazo de resentimiento, sellando la amistad que nacía gracias a la comprensión y a la tolerancia de alguien.    

El nuevo amigo se levantó y, con aires misteriosos, salió, volviendo poco después:

— Aún falta alguna cosa. ¡Aquí está el balón vuestro!

                                                                 
 
                                                                   Tía Célia 

 



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Revista Semanal de Divulgación Espirita