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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 4  161 – 6 de Junio del 2010

 
                                                            
Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

 

La fiesta de aniversario

 

El cumpleaños de Tiago se aproximaba y, ansioso, él sólo pensaba en la fiesta que su madre le había prometido hacer.

Él completaría siete años y, con su letra, hizo la lista de invitados, pensando en los regalos. Así, colocó sólo a los compañeros más ricos.

Su madre, Luisa, observaba sin decir nada.

Tiago quería la casa bonita, adornada para la fiesta. Además de perritos caliente, tendría dulces, una linda tarta, zumos y helados.     

Dos días antes del aniversario, tocaron la campana. Eran unos parientes que a Tiago no le gustaban mucho. Luísa, al ver a la prima y los hijos fuera, gentilmente dijo:

— ¡Berta, que prazer! Entrad. ¿Como están, niños? — saludó a los gemelos Roberto y Ricardo, de siete años, y Vinícius y Ângela, que tenían seis y cinco años de edad.         

— ¿Luísa, puedo hablar contigo? — preguntó, humilde.

— ¡Claro! Siéntate, Berta.

Tiago miraba a los intrusos con cara fea. No les gustaban. Berta era una prima pobre, siempre pidiendo ayuda, y los hijos andaban sin arreglar, con zapatos viejos y agujereados.

— Tiago, sirve a los niños un pedazo de aquella tarta de chocolate que hice ayer y el zumo que está en la nevera.  

De mala voluntad, Tiago llevó a los primos para la cocina. Cuando volvieron, oyó a Berta decir, conmovida:

— Gracias, Luísa. No sé lo que haría sin tú ayuda. Nuestra situación es realmente difícil. Con mi marido enfermo, sin poder trabajar, nos falta hasta lo necesario.

— No me lo agradezcas, Berta. Somos parientes y debemos ampararnos mutuamente. Tengo seguridad de que tú harías lo mismo por mí.

Después de despedirse de las visitas, Tiago irguió la cabeza, orgulloso:

— Los primos quedaron admirados al ver las bolas y los dulces que tú me hiciste. ¡Yo dije que eran para mi cumpleaños!

— ¡Ah! ¿Y tú los invitaste para tú fiesta?

— ¡Claro que no, mamá! ¡Ellos no podrían darme regalos! Además de eso, ellos no tienen ropas de fiesta.

La madre miró el hijo, lo llamó cerca de sí, lo colocó en el regazo con cariño, y dijo:

— Sabes, mi hijo, Jesús enseñó cierta vez que cuando la gente fuera a dar una fiesta deberían invitar a las personas pobres y necesitadas, que no pudieran retribuirnos la gentileza, porque el Padre del Cielo nos retribuiría.

— Entonces, ¿no puedo invitar a mis amigos? — replicó el chico, descontento.  

— Ciertamente que Jesús no quiso decir eso. Él quiso enseñar que tú puedes invitar a quién quieras, pero no debes olvidarte de aquellos que nada tienen, que son los pobres, los enfermos, los paralíticos. Y debemos hacer eso especialmente a los parientes en dificultades. Esos son los más necesitados. 

— ¡Ah!... ¿Y por qué? — indagó el niño, sorprendido.

— Bien. ¡Y si la situación fuera diferente? Es decir, si nosotros estuviéramos en la posición de Berta, y ella en la nuestra: como tú, Tiago, te gustaría que la familia de Berta actuara con nosotros, si fueran a dar una fiesta?

Tiago pensó... pensó... pensó  y después respondió:

— Yo me quedaría muy contento si fuera invitado para esa fiesta.

— Eso mismo, mi hijo. Por eso Jesús enseñó que, en caso de duda, debemos siempre  colocarnos en el lugar de la otra persona, para saber cómo actuar con acierto.  

A la mañana siguiente, Tiago despertó decidido. Antes de ir para la escuela preguntó:

— Mamá, tras la clase, ¿nosotros podemos ir a la casa de mis primos? Creo que yo tengo ropas que sirven para los primos y no me importa hacerles regalos a ellos. ¡Finalmente, tengo tantas!

— Quedo satisfecha, Tiago. Tus ropas sirven, sí. Vosotros tenéis más o menos el mismo tamaño. Y si faltarse para alguno de ellos, especialmente para Ángela, nosotros las compraremos.

Tiago se mostró satisfecho y animado.

Tras el almuerzo, separaron las ropas y calzados de Tiago, y él insistió en coger piezas buenas y nuevas. Después, compraron lo restante, un vestido y zapatos para Ángela.  

Enseguida, fueron hasta la casa de Berta.

— Que placer recibirlos en nuestra vivienda, Luísa. ¡Niños, tenemos visitas!

Los niños entraron en la sala, curiosos, y pararon impresionados al ver a Tiago y la madre. El primo siempre los trataba muy mal.  Ese día, sin embargo, fue diferente.

Tiago dijo:

— Vine a invitaros a vosotros para mi fiesta de cumpleaños.

Berta, sorprendida, tímidamente respondió:

— Te lo agradezco, Tiago. Sin embargo, es imposible. Mis hijos no tienen ropas para ir a una fiesta.

Tiago cogió las bolsas y dijo eufórico:

— ¡Pues ahora tienen! Trajimos algunas ropas y espero que sirvan. Aquí está: Ricardo, Roberto, Vinicius y Ángela — y entregó los paquetes con el nombre de cada uno.

Aguantando la respiración, la niña tocó las palmas:

— ¿Hasta para mí? ¡Ah! ¡Que bueno! ¡Que bueno!

Luisa cogió otro paquete y se lo entregó a Berta:

— Los niños no pueden ir solos, Berta. Traje unas ropas para ti también. Espero que sirvan.

Con los ojos llenos de lágrimas, Berta murmuró:

— Luísa, ni sé como agradecértelo. Aún ayer me ayudaste tanto. ¡Y hoy traes todos estos regalos! ¿Cómo podré pagarte, prima, tanta gentileza?  

— Yendo a la fiesta de Tiago. Tendremos mucho placer en recibirlos en nuestra casa, créeme.   

Al día siguiente por la tarde, con la residencia llena de globos coloreados, Tiago recibió a todos sus amigos, compañeros de escuela y los primos. Con satisfacción, Luísa notó que él había invitado también a los otros compañeros de la escuela.

Tiago estaba alegre y feliz, y todos lo notaron. Alguna cosa en él había cambiado. No era más aquel chico arrogante y orgulloso. Era un niño como los otros, que jugueteaba con todos sin hacer cualquier diferencia entre los niños.

                                                                 
 
                                                                   Tía Célia

 



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Revista Semanal de Divulgación Espirita