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Año 3 132 – 8 de Noviembre del 2009


 

Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org
 

El descanso de los que partieron para el Más Allá

 
 
A propósito del tema muerte, recordado el último lunes debido al día de los Muertos, hay quien persista en la idea de que nadie jamás volvió para decir si la vida realmente continúa.

Hecho curioso es que los cristianos creen en eso y demuestran su creencia al evocar a los llamados santos, que, en verdad, son personas como nosotros que un día pasaron por aquí y volvieron al mundo espiritual, una vez muertos sus cuerpos. Esa creencia no tendría lógica ninguna si la vida cesara con la muerte corporal o si los muertos no pudieran venir en nuestro auxilio.

Los hechos, aun, nos han mostrado que el alma sobrevive a la muerte corpórea y que, habiendo permiso superior, pueden, sí, comunicarse con los llamados vivos.

Los que consiguen ese permiso nos traen noticias del mundo espiritual, hablan del trabajo que realizan y de las preocupaciones que los mueven, además de informarnos que son muchas las ocupaciones y misiones que desempeñan, teniendo por objetivo la armonía del Universo.

Los dicen ellos que su ocupación es continua, pero nada tiene de penosa, una vez que no están sujetos a la fatiga ni a la necesidades propias de la vida terrena.

Se engaña, por lo tanto, quien imagina que los seres desencarnados se encuentran descansando, sin obligaciones y deberes a cumplir.

Desencarnados o no, son ellos incumbidos de auxiliar el progreso de la Humanidad, de los pueblos o de los individuos, dentro de un círculo de ideas más o menos amplias, más o menos especiales, cabiéndoles aún velar por la ejecución de determinadas cosas.

Algunos desempeñan misiones más restringidas y, de cierto modo, personales o enteramente locales, como asistir a los enfermos, los agonizantes, los afligidos, velar por aquellos de quienes se constituyeron guías y protectores, dándoles consejos o inspirándoles buenos pensamientos.

Existen tantos géneros de misiones como las especies de intereses a resguardar, tanto en el mundo físico como en el moral, y el Espíritu se adelanta conforme la manera por la cual desempeña su tarea.

En lo tocante al mundo de los encarnados, los Espíritus se ocupan con las cosas que nos dicen respeto de conformidad con el grado de evolución en que se hallan. Los superiores sólo se ocupan con lo que sea útil al progreso. Los inferiores se conectan más a las cosas materiales y de ellas se ocupan.

La felicidad de los Espíritus bienaventurados no consiste, así, en la ociosidad contemplativa, que sería una eterna y fastidiosa inutilidad. Sus atribuciones son proporcionadas a su grado evolutivo, a las luces que poseen, a su capacidad, experiencia y al grado de confianza que inspiran al Supremo Creador.

Pero, al lado de las grandes misiones confiadas a los Espíritus superiores, existen otras de peso relativo, concedidas a Espíritus de todas las categorías, pudiendo afirmarse que cada uno tiene la suya, de modo que todos tienen deberes a ayudar al bien del semejante y que es, por lo tanto, equivocada la conocida frase: “Murió, descansó”.
 


 


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O Consolador
 
Revista Semanal de Divulgación Espirita