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Año 3 121 – 23 de Agosto del 2009


 

Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org
 

La reencarnación
y su propósito

 
 
Existe, como sabemos, una diferencia de contenido esencial entre los vocablos reencarnación y resurrección.

La idea de que los muertos podían volver a la vida terrestre formaba parte de los dogmas de los judíos, bajo el nombre de resurrección. Sólo los saduceos, partidarios de una secta fundada por Sadoc alrededor del año 248 a.C., cuya creencia era la de que todo acababa con la muerte, no creían en eso.

Los judíos sí admitían que un hombre que viviera podría revivir, sin saber precisar de qué manera se daba el hecho. Es así que muchas personas creían que Jesús fuese uno de los profetas que volvía. Designaban con el nombre de resurrección lo que el Espiritismo llama reencarnación.

La resurrección propiamente dicha, que implica la vuelta a la vida de un cuerpo que se encuentra con sus elementos dispersos o absorbidos, es científicamente imposible. Si se aplica a las personas que tuvieron una muerte aparente, como Lázaro o la hija de Jairo, queda evidente lo impropio de la palabra, porque, no existiendo la muerte, no hay que hablar de resurrección, pero sí de resucitación, nombre que se da, en Medicina, al conjunto de actos por los cuales, mediante el uso de maniobras manuales y de aparatos adecuados, se restaura la vida o la conciencia de un individuo aparentemente muerto.

Reencarnación significa una cosa diferente, pues es la vuelta del Espíritu a la existencia corpórea, pero en otro cuerpo formado especialmente para él y que nada tiene de común con el antiguo.

La idea de reencarnación está bien definida en la cuestión 166 de El Libro de los Espíritus: – ¿Cómo puede el alma, que no alcanzó la perfección durante la vida corpórea, acabar de depurarse? “Sufriendo la prueba de una nueva existencia.”

a) ¿Cómo realiza esa nueva existencia? ¿Será por su transformación como Espíritu? “Depurándose, el alma indudablemente experimenta una transformación, pero para eso necesaria le es la prueba de la vida corporal.”

b) ¿El alma pasa entonces por muchas existencias corporales? “Sí, todos contamos muchas existencias. Los que dicen lo contrario pretenden manteneros en la ignorancia en que ellos mismos se encuentran. Ese es el deseo de ellos.”

c) Parece resultar de ese principio que el alma, tras haber dejado un cuerpo, toma otro, o, entonces, que reencarna en un nuevo cuerpo. ¿Es así que se debe entender? “Evidentemente.” Se ve que el propósito de la reencarnación es permitir que los Espíritus alcancen la meta para la cual fueron creados: la perfección. El concepto de reencarnación está, por lo tanto, íntimamente conectado al concepto de encarnación, es decir, al pasaje del Espíritu por la existencia carnal o corporal, asunto tratado en la cuestión 132 de la misma obra:

¿Cuál es el objetivo de la encarnación de los Espíritus? “Dios les impone la encarnación con el fin de hacerlos llegar a la perfección. Para unos, es expiación; para otros, misión. Pero, para alcanzar esa perfección, tienen que sufrir todas las vicisitudes de la existencia corporal: en eso es que está la expiación. Busca aún otro fin la encarnación: la de poner el Espíritu en condiciones de soportar la parte que le toca en la obra de la creación. Para ejecutarla es que, en cada mundo, toma el Espíritu un instrumento de armonía con la materia esencial de ese mundo, a fin de ahí cumplir, de aquel punto de vista, las órdenes de Dios. Es así que, concursando para la obra general, él propio se adelanta.”

A La vista de estas enseñanzas, no es difícil comprender las siguientes palabras que Jesús dirigió la Nicodemos: “En verdad, en verdad, te digo: Nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo”. (Juan, 3:1 a 12.) 



 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita