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Año 2 – Nº 802 de Noviembre del 2008


 

Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org
 

La ambición, la avaricia
y la crisis que viene
sacudiendo el mundo

 
Hay una diferencia nítida en el significado de los vocablos ambición y avaricia.

El diccionario Aurelio define del siguiente modo las palabras citadas:

Ambición – S. F.: 1. Deseo vehemente de alcanzar aquello que da valor a los bienes materiales o el amor propio (poder, gloria, riqueza, posición social, etc.) 2. Deseo ardiente de alcanzar un objetivo de orden superior; aspiración, anhelo. 3. Aspiración relativamente al futuro. 4. Deseo intenso.

Codicia – S. F.:  1. Ambición de lucro.  2. Avaricia ilícita; usura. 3. P. Ext.  Ambición desmedida.

El asunto viene a propósito de la crisis económica que ha abatido a la sociedad terrena en las últimas semanas y esparciendo el temor de una recesión generalizada que siempre acaba, en un último análisis,  afectando a las personas más pobres.

Varios analistas de aquí y del exterior han asociado el origen de la crisis a la avaricia de ejecutivos de los grandes bancos y de las personas en general que vieron en la especulación la posibilidad de enriquecerse.

La avaricia estimuló la ocasión sin las garantías debidas, lo que llevó a la insolvencia o las perdidas gigantescas de bancos y empresas en varios continentes de la Tierra.

En el análisis de los especialistas se buscó, correctamente, distinguir avaricia y ambición, ahora, la aspiración de una vida mejor, la búsqueda del bienestar, el deseo de progresar nada tiene de malo. La Doctrina Espírita, por ejemplo, lo considera normal, algo inherente al ser humano y acarrea, por consecuencia, el progreso material de la sociedad.

La ambición es, en opinión de varios economistas, el motor que mueve a la sociedad capitalista y, en ese sentido, ningún reparo se puede hacer a ella, recordando sólo que el hombre no es, en verdad, propietario de nada, sino tan solamente usufructuario de bienes que un día tendrá que restituir, cuando vuelva a la verdadera vida, ocasión en que cargará consigo el conocimiento adquirido, las virtudes conquistadas y nada más.

Diferente de ella es la avaricia, cuya mejor definición, a la vista de la lección contenida en el Aurelio, es igual a ambición desmedida, o sea, ambición sin límites, ambición que no duda en usar todo y cualquier medio para obtener una ventaja.

No fue pues, sin razón que la Iglesia alistó a la avaricia – la ambición desmedida por riquezas – como uno de los siete pecados capitales.

Cuando el hombre entienda el significado de la vida y el objetivo real de nuestro paso por la experiencia corpórea, es evidente que situaciones como esa no existirán más. Claro que estamos distantes de eso, dada la inferioridad general que caracteriza al planeta. Pero, con seguridad, ese día llegará y las personas comprenderán, entonces, que la búsqueda del bienestar debe ser algo natural que no perjudique a nadie y sea la consecuencia directa de nuestro trabajo.
 


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Revista Semanal de Divulgación Espirita