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Espiritismo para los niños - Célia X. de Camargo - Português Inglês 
Año 2 - N° 72 - 7 de Septiembre de 2008

 
                                                            
Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org


El dolor de garganta

 

Sentada en la puerta de su casa en compañía de Claudia, una amiga, Mariana se divertía observando a las personas que pasaban, haciendo comentarios en torno de cada una de ellas. Y decía, riendo:

-- Ves, Claudia, aquella mujer al otro lado de la calle. ¡Qué ropa más horrorosa!

En breve comentaba:

- ¿Y aquella otra? Mira el pelo de ella, desgreñados. ¡Parece una bruja! ¡Sólo falta la escoba! – y se carcajeaba.

Al  ver  a  un niño que pasaba frente a ellas, criticó en

voz alta, sin preocuparse que la oyese:  

-- ¡Mira los tenis de ese niño! ¡Están todo sucio y roto! Debe haberlo encontrado en un cubo de basura.

El niño, que oyó la observación de Mariana hecha con desprecio, se volvió y miró para ellas con una expresión de tristeza y humillación y, bajando la cabeza, continuó su camino sin decir nada.

Claudia, de corazón bueno y generoso, quedó muy avergonzada con la actitud de la amiga.

-- Mariana, necesitamos tener respeto con las personas. No podemos tratarlas de esa manera. ¿Viste como el niño se quedó triste?

Indiferente, Mariana replicó, balanceando los hombros:

-- ¿Qué me importa? ¡Es bueno incluso que lo haya oído, así no saldrá más a la calle de ese modo!

-- Él no tiene culpa de ser un niño pobre, Mariana. ¡Con seguridad es el mejor par de zapatos que tiene! Además de eso, Jesús enseñó que debemos hacer a los otros lo que queremos que los otros nos hagan. ¿A ti te gustaría que alguien obrase así contigo?

Mariana, sin embargo, que no estaba acostumbrada a ser replicada por la amiga, protestó con malos modos:

-- ¡Tú eres una tonta! ¡Me voy!

Se levantó irritada y entró golpeando la puerta, dejando a Claudia sola en el portal.

La madre, al verla llegar de aquel modo, preguntó:

-- ¡Que falta de educación, hija mía! ¿Por qué golpeaste la puerta de esa manera?

Y Mariana, en una crisis de rabia, respondió nerviosa:

-- ¡Claudia me irrita, mamá! No quiero saber más de ella. No soy más su amiga.

La madre no dijo nada, limitándose a llamándola para almorzar.

La familia se acomodó para comida. Sentados a la mesa, Mariana continuaba de pésimo humor: quejándose del hermanito, que no comía bien; del abuelo, que hacía ruido al tomar la sopa; de la comida, que no estaba a su gusto; y hasta del perro, que ladraba en el patio.

Después de la comida, la madre llamó a Mariana, se sentó con ella en el sofá y, abrazándola al corazón con mucho cariño, le preguntó:

-- Hija mía, ¿quieres contarme que ocurrió que te dejó de tan mal humor?

Más calmada, Mariana contó todo lo que ocurrió. La madre oyó y, con serenidad, acordándose de todas las veces que había alertado a la hija sobre ese problema, consideró:

-- Tú amiga Claudia tiene razón, querida mía. Comienza a observar tu comportamiento y verás que tú sólo miras el lado negativo de todo. A la hora del almuerzo incluso, te limitaste a criticar al hermanito, al abuelo, la comida y hasta del perro que tanto te gusta. ¡Nada dices agradable para nadie!

La bondadosa señora paró de hablar, analizando el efecto de sus palabras, y prosiguió

-- ¿No crees que debes cambiar de manera de encarar la vida, procurando ver más el lado positivo de las personas, de las situaciones y de las cosas? Tú serás mucho más feliz, puedes creerlo. Además de eso, Jesús enseñó que cada uno recibirá de acuerdo con las propias obras. Aquello que sembramos, recogemos. Es de Ley.

Mariana oyó las palabras de la madre y permaneció pensativa el resto del día.

Aquella noche, fueron a hacer una visita a la abuela que vivía al otro lado de la ciudad. De vuelta, el tiempo cambió para llover y hacía mucho viento. La temperatura cayó y, cuando llegaron a casa, ya estaba lloviendo.

Al día siguiente, Mariana despertó con dolor de garganta y completamente sin voz. Al ver a la madre en la cocina preparando  el  café,  cogió  una  hoja   de   cuaderno  y

escribió:  

-- Mamá tenías razón. ¡Ya estoy recogiendo!

Al leer lo que estaba escrito, la madrecita sonrió encontrándole gracia y respondió:

-- Es natural que tú estés con la garganta irritada, hija. ¡Ayer cogiste mucho frío!

Pero a pesar del comentario materno, Mariana conservó la íntima seguridad de que estaba recibiendo por lo que hacía a los otros. Había hablado demasiado, menospreciando a sus semejantes, y ahora estaba sin voz.

-- ¡¿Y si no puedo hablar nunca más?!... --- pensó ella asustada.

En aquel momento, Mariana tomó una decisión. Procuraría cambiar su manera de obrar, realzando el lado bueno de todo y pasaría a respetar a todas las personas.

Comenzó a poner en práctica sus buenas disposiciones después de salir de la casa para ir a la escuela, pidiendo disculpas a Claudia por lo que hizo. Pero, tranquila y de buen humor, la amiga ni se acordaba más del enfado.

Satisfecha de la vida, levantando la cabeza y mirando al cielo, Mariana exclamó contenta:

-- ¡Qué día bonito!   

                                                                  Tía Célia 
 



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Revista Semanal de Divulgación Espirita