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Año 2 – Nº 72 7 de Septiembre del 2008


 

Traducción
ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org
 

Lo esencial en la asistencia social espírita

 

 
Hay quien entienda, a ejemplo de Stephen Kanitz, que en el difícil y poco comprendido campo de la asistencia social, existe espacio no sólo para las instituciones que “enseñan a pescar”, sino también para las que practican la llamada asistencias. En este último caso estarían incluidas las organizaciones que atienden a los dependientes químicos, los alcohólicos y los enfermos en general, momentáneamente impedidos de sustentar su prole.

El asunto viene bien a propósito y debe ser meditado por todas las personas que se dedican a la asistencia social, espíritas y no espíritas.

No existe, en efecto, ni podría existir conflicto entre las dos modalidades de atención social, que pueden incluso coexistir en una misma organización filantrópica, donde al lado de acciones volcadas para la promoción social sean desenvueltos trabajos de amparo a criaturas que necesitan, en el momento, más de compasión que de instrucción. Las empresas y personas solicitadas para cooperar financieramente con esas instituciones deben también  tener conciencia de que es igualmente valido dar prestigio a las que “enseñan a pescar” y las otras, desde que exista seriedad de propósitos y el trabajo proyectado sea realmente prioritario en la región en que actúan.

En lo tocante a la asistencia social espírita hay, sin embargo, un aspecto que nosotros, los espiritistas, no podemos ignorar.

Relata Manuel Philomeno de Miranda (“Tramas del Destino”, capp. 196 a 199, obra psicografiada por Divaldo P. Franco) que, cuando el Centro Espírita “Francisco Xavier” tuvo su edificación planeada, el dirigente espiritual Natercio, profundo admirador y discípulo de San Francisco Xavier, que fue en la Tierra un incansable propagandista de la fe cristiana, recurrió al fiel Apóstol de Jesús suplicando su patrocinio espiritual para la Casa que sería erguida, cuya meta era incrementar entre los hombres el ardor de la fe y la pureza de los principios morales, conforme las reglas simples de los “seguidores del Camino”, sin los atavíos del dogmatismo y de los formalismos.

Después que concluyó sus explicaciones, el instructor recibió el aval del insigne Misionero, con una condición: que se preservase allí el Evangelio en sus líneas puras y simples, en un clima de austeridad moral y servicios iluminadores disciplinados, con los dispositivos resultantes para la caridad en sus múltiples expresiones, teniéndose, no obstante, en cuenta que los socorros materiales serían consecuencia natural del servicio espiritual, prioritario, inmediato, y no los preferenciales. “No deberían olvidarse de que la mayor carencia aun es la del pan de luz de la consolación moral, que el Libro de la Vida propicia hartamente.”

Recordando el episodio, Manuel Philomeno de Miranda (obra citada, págs. 198 y 199) nos advierte: “Se piensa mucho en estómagos que saciar, cuerpos que cubrir, dolencias que curar… Sin menospreciarles la urgencia, el Consolador tiene por meta principal el espíritu, el ser en su realidad inmortal, de donde proceden todos los acontecimientos y situaciones, que se exteriorizan por el cuerpo y mediante los contingentes humanos, sociales, terrenos, por tanto… La asistencia social en el Espiritismo es valiosa, sin embargo, que se prevengan los ‘trabajadores de la última hora’  contra los excesos, a fin de que el excesivo cansancio con las labores externas no agote las fuerzas de entusiasmo ni derrumbe las fortalezas de la fe, al peso del agotamiento y del desencanto en los servicios de fuera.” “Evangelizar, instruir, guiar, colocando el aceite en la lámpara del corazón, para que la claridad del espíritu luzca en la noche del sufrimiento, son tareas urgentes, básicas en la reconstrucción del Cristianismo.”
 
 


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O Consolador
 
Revista Semanal de Divulgación Espirita