Especial

por Rogério Coelho

Discursos prolijos de la horizontalidad

 

Las consecuencias del Espiritismo son innumerables porque tocan todos los ramos del orden social

 “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” - Jesús. (Jun., 14:6.)

 

La humanidad vive en vana agitación y se pierde en la confusión de cosa ninguna, muchas veces presa en procesos obsesivos, descorazonados ante la enmarañada trepadera de pensamientos puramente materialistas sin espacio para meditaciones en el ámbito espiritual. ¡¿Cómo podrían crecer pensamientos de orden espiritual en terreno tan agreste?!

Mas, si a través de los conocimientos filosóficos y científicos de hoy, el hombre aun no consiguió elevarse de la ignorancia, ahí está el Espiritismo, facultando el norte, clareando los caminos para evitar los tropiezos.

Enseña Kardec: “(...) La vida terrestre es apenas un breve pasaje conductor a mejor vida. Incontestablemente los hombres progresan por sí mismos y por los esfuerzos de la inteligencia; mas, entregados a las propias fuerzas, solo muy lentamente progresarían si no fuesen auxiliados por otros más adelantados, como el estudiante lo es por los profesores”.

El Espiritismo es el profesor mayor, que nos “enseñará todas las cosas”, conforme afirmación de Jesús.

En el libro básico La Génesis, capítulo IV, items 13 a 17, leemos lo siguiente: “(...) todas las religiones son acordes en cuanto al principio de la existencia del Alma, sin, con todo, lo demuestran. No lo son, sin embargo, ni en cuanto a su origen, ni con relación a su pasado y a su futuro, ni, principalmente, y eso es lo esencial, en cuanto a las condiciones de que depende su suerte venidera. En su mayoría, ellas presentan, del futuro del Alma, y lo imponen a la creencia de sus adeptos, un cuadro que solamente la fe ciega puede aceptar, ya que no soporta un examen serio. Ligado a sus dogmas, a las ideas que en los tiempos primitivos se hacían del mundo material y del mecanismo del Universo, el destino que ellas atribuyen al Alma no se concilia con el estado actual de los conocimientos. No pudiendo, pues, sino perder con el examen y la discusión, las religiones hayan más simple proscribir una y otro.

De esas divergencias en lo tocante al futuro del hombre nacieron la duda y la incredulidad, que dan lugar a un penoso vacio. El hombre encara con miedo y ansiedad lo desconocido en que fatalmente tiene que penetrar y glacial se le antoja la idea de la nada. Le dice la conciencia que alguna cosa le está reservada para más allá del presente. ¿Qué será? Su razón, con el desenvolvimiento que alcanzó, ya no le permite admitir las historias con que sus antepasados lo calentaron en la infancia, ni aceptar como realidad la alegoría. ¿Cuál es el sentido de esa alegoría? La ciencia le rasgó un rincón del velo; no le reveló, sin embargo, lo que más le importa saber. En vano él la interroga y nada le responde ella de manera perentoria y replica de moldo a aplacarle la sed de conocimiento y calmarle las aprensiones. Ahí se encuentra el crucial generador de su frenesí para las cosas de la vida material, ya que este es el colofón natural ofrecido por la inseguridad sobre lo que concierne a la Vida Futura. Ese es el inevitable efecto de las épocas de transiciones, cual la que señala hoy la vida en la Tierra: derruir corroído edificio del pasado, sin que aun el del futuro se encuentra construido.

Si la cuestión espiritual permaneció, hasta los días actuales, en estado de teoría, es que faltaban los medios de observación directa, existentes para comprobar el estado del mundo material, conservándose, por tanto, abierto el campo a las concepciones del espíritu humano.

En cuanto el hombre no conoció las leyes que rigen la materia y no puede explicar el método experimental, anduvo errando de sistema en sistema, en lo tocante al mecanismo del Universo y a la formación de la Tierra.  Lo que se dio en el orden físico, se dio también en el orden moral. Para fijar las ideas, faltó el elemento esencial: el conocimiento de las leyes la que se haya sujeto el principio espiritual. Estaba reservado a nuestra época ese conocimiento, como lo estuvo en los dos últimos siglos o de las leyes de la materia.

Con el auxilio de la facultad mediúmnica a la luz del Espiritismo, el hombre se encontró en posesión de un nuevo y eficiente instrumento de observación. La mediumnidad fue, para el mundo espiritual, lo que el telescopio fue para el mundo astral y el microscopio para los de lo infinitamente pequeños. Permitió que se explorasen, estudiasen, de visu, las relaciones del mundo espiritual con el mundo corpóreo; que, en el hombre vivo, se destacase del ser material o ser inteligente y que se observasen los dos a actuar separadamente. Una vez establecidas las relaciones entre los dos planos de la vida, fue posible, al hombre, seguir al Alma en su marcha ascendente, en sus migraciones, en sus transformaciones. “Se puede, en fin, estudiar el elemento espiritual.”

En el mes de agosto de 1868, aparece en la Revue Spirite el siguiente raciocinio de Kardec: “el fisiologista no admite el Espíritu; ¿mas que hay de admirable? Es una causa y él se puso en el estudio con un método que le impide precisamente la investigación de las causas.

No queremos someter la causa del espiritualismo a una cuestión de fisiología controvertida, y sobre la cual nos podrían recusar con derecho. El sentido íntimo me revela la existencia del Alma con una autoridad muy otra. Cuando el materialista fisiológico fuese tan verdadero como es discutible, ni por eso nuestras convicciones espiritualistas quedarían menos enteras. Fortificado por el testimonio del sentido íntimo, confirmado por el asentimiento de mil generaciones que se sucederán en la Tierra, repetiríamos el viejo adagio: ‘la verdad no destruye la verdad’, y nosotros esperaríamos que la conciliación se hiciese con el tiempo. ¡Mas de qué peso no nos sentimos aliviados cuando vemos que, para negar el Alma y dar esta declaración como un resultado de la Ciencia, el sabio, por confesión propia, partió metodicamente de esa idea que el Alma no existe!

Leemos muchos libros de fisiología, en general muy mal escritos, mas lo que nos llamó la atención fue el vicio constante de los raciocinios del fisiologista organicista, cuando sale del asunto para hacerse filósofo.  Se lo verá constantemente tomar un efecto por una causa, una facultad por una sustancia, un atributo por un ser, confundir las existencias y las fuerzas etc.

`¿Qué espíritu exacto y claro, por ejemplo, jamás puede comprender el pensamiento tan conocido de Cabanis y de Broussais, que ‘el cerebro produce, secreto el pensamiento?’ Otras veces, el hombre positivo, el hombre de la observación y de los hechos, el hombre de la ciencia, nos dirá seriamente que cerebro ‘almacena ideas’. Aun un poco, él las diseñará.  ¿Es metáfora o galimatias?

(...) Ahora, la existencia del mundo invisible, en medio de nosotros, parte integrante de la humanidad terrena, canal de las Almas desencarnadas y fuente de las Almas encarnadas, es un hecho capital inmenso; es toda una revolución en las creencias; es la llave del pasado y del futuro del hombre, que en vano procuraron todas las filosofías, como los sabios en vano buscarán la llave de los misterios astronómicos antes de conocer la ley de gravitación. Que se acompañe la fila de las consecuencias forzadas de ese único hecho: la existencia del mundo invisible en torno de nosotros, y se llegará a una transformación completa, inevitable, en las ideas, para la destrucción de los preconceptos y de los abusos de ellas derivados y, por consecuencia, a una modificación de las relaciones sociales. ¡He adonde lleva el Espiritismo! Su Doctrina es el desenvolvimiento, la deducción de las consecuencias del hecho principal, cuya existencia acaba de revelar. Sus colofones son innumerables, porque, poco a poco, tocan los ramos del orden social, tanto en lo físico como en lo moral. Es lo que comprenden todos los que se dieran al trabajo de estudiarlo seriamente, y que se comprenderá mejor aun más tarde, mas los que, solo le ha visto la superficie, imaginan que él esté todo entero en una mesa que gira o en preguntas pueriles sobre la identidad de los Espíritus”.

Joanna de Ângelis nos ofrece el siguiente consejo1: asume el compromiso del autoperfeccionamiento espiritual y no vaciles en el emprendimiento.

Lucharás contra factores vigorosos de naturaleza interna, que parecerán conspirar, impidiéndote la promoción de los valores relevantes. Enfrentarás obstáculos que se aumentarán, dificultándote la marcha. Sorprenderás sutiles invitaciones y fuertes imposiciones incitándote a desistir. Crecerán problemas desafiantes, agotándote los esfuerzos de perseverancia, en una conspiración en favor de la deserción. Te incitarán al desánimo y repuntarán  acusaciones heridas en ruda agresividad contra  tus propósitos de ennoblecimiento.

(...) Considera la vida física una carretera kilometrada a iniciarse en el nacimiento y cerrándose en la tumba. Ten en mente que después de la tumba, igualmente se alarga la vida, en la condición de una ruta que se pierde en las estrellas que recorrerás...

Cada etapa representa un desafio o varios que te cumple vencer. Conquistado un trecho, otro se distiende a la vista, aguardando. La victoria solamente será tenida como valida, después de la conclusión de la jornada, cuando podrás hacer una segura evaluación de las conquistas y un examen de las experiencias. “Superada la marca de cada kilometro, no te detengas relacionando los fracasos, porque eso te atrasará el avance”.

No seamos como los fariseos, que discutían larga e inutilmente las bagatelas en interminables arengas, mientras lo más importante quedaba por hacer...

Las polémicas se traban incesantemente en torno de la fe en los círculos del farisaísmo moderno. Y eso ya viene de lejos. Al tiempo de Jesús, esa situación provocó la siguiente enseñanza de Él 2: “un gran señor recibió noticias alarmantes de un vasto agrupamiento de siervos, en una zona distante de la sede de su gobierno, que se veían fustigados por una fiebre maligna, y deseoso de socorrer a sus tutelados, les envió mensajeros de confianza, conduciendo medicamentos adecuados a la situación. Los emisarios, no obstante, tan pronto se vieron fuera de las puertas del señor, comenzaron a desentenderse en cuanto a la elección del mejor camino.

Unos pedían el atajo, otros la planicie sin espinos y otros pedían el pasaje a través de los montes. Largos días perdieron en la disputa, hasta que el grupo se disolvió, cada falange atendiendo a los propios caprichos, con absoluto olvido del objetivo principal.

Reducidas ahora, numericamente, las expediciones sufrieron con más rigor los golpes esterilizantes de las opiniones personales. Los viajantes no cuidaban si no de inventar nuevos motivos para el conflicto inútil. Entre los que marchaban por los caminos más cortos, por la planicie y por la sierra, labraron discusiones improductivas, contundentes e interminables.  Días y noches preciosas eran perdidas en comentarios ruidosos en cuanto a la fiebre, en cuanto a la condición de los enfermos o en cuanto a los paisajes de alrededor. Horas difíciles de amargura y desarmonía, de momento, interrumpían el viaje, siendo a mucho coste evitadas las escenas de peleas y homicidio.

Por coincidencia los tres equipos llegaron juntos al destino y, porque el viaje se atrasó en virtud de las interminables contiendas, todos los enfermos murieron por la penuria de los recursos prometidos. La muerte los devoraron, uno a uno, mientras los mensajeros discutidores perdían el tiempo precioso en inútiles arengas.

El Maestro fijó en los aprendices la mirada muy lúcida y adujo: en este símbolo, tenemos el mundo atacado por la peste de la maldad y de la incredulidad y vemos el perfil de los portadores de la medicación celeste, que son los religiosos de todos los matices que hablan en la Tierra en nombre del Padre. Los hombres iluminados por la sabiduría de la fe, entre tanto, a pesar de haber recibido valiosos recursos del Cielo para los que sufren y lloran, en consecuencia de la ignorancia y de la aflicción dominantes en el mundo, olvidan las obligaciones que les señalaban la vida y, sobreponiendo los propios caprichos a los propósitos del Supremo Señor, se desmandan en desvarios verbales de toda especie. En cuanto alimentaran el disturbio, livianos y distraidos, los necesitados de luz y socorro desfallecerán por la falta de asistencia y dedicación.

La “discusión, por más provechosa, nunca debe distraernos del servicio que el Señor nos dio para hacer”.

 

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[1] - FRANCO, Divaldo. Oferenda. Salvador: LEAL, 1980, p. 163 e 174.

[2] - XAVIER, F. Cândido. Jesus no Lar.  36. ed. Rio [de Janeiro]: FEB, 2008, cap. 23.

 

Traducción:
Isabel Porras
isabelporras1@gmail.com

 
 

     
     

O Consolador
 Revista Semanal de Divulgação Espírita