Espiritismo para
los niños

por Marcela Prada

 

Tema: Envidia


El Picaflor y el Lagarto


 

Ya era tarde y el lagarto se tendió al sol, a la orilla al lago, como le gustaba hacer. Se quedó allí echado,
muy quieto, sintiendo el delicioso calor del sol en su piel.

Se quedó allí por casi media hora cuando, de repente, vio al picaflor que de vez en cuando pasaba por ahí.

En pocos segundos, el picaflor llegó y visitó todas las flores alrededor del lago. Después, voló un poco más a la redonda y se fue, tan rápidamente como llegó.

El lagarto siempre lo observaba y envidiaba su capacidad para volar. El picaflor era muy ágil y preciso, batía las alas con tanta rapidez que apenas podían ser vistas.

A veces, durante el vuelo, el picaflor se detenía en el aire por algunos instantes. Al lagarto eso le parecía increíble. Cómo le gustaría volar, ver las cosas desde lo alto, conocer lugares lejanos…

El lagarto consideraba al picaflor un animal especial, privilegiado por la naturaleza.

Un día, el picaflor, al pasar por el lago, se posó en una rama cerca al lagarto y dijo con educación:

- ¡Buenas tardes!

- Buenas tardes – respondió el lagarto, sorprendido, sin creer que el picaflor estaba hablando con él.

- ¿Estás esperando a alguien? – preguntó el lagarto, sin entender por qué el pajarito estaba allí.

- No, ¡solo estoy descansando un poco! Hay pocas flores en esta época del año y ya volé bastante buscando mi alimento en ellas.

El lagarto no entendió muy bien, pues él vio algunas flores por ahí cerca y pensó que ellas, aun siendo pocas, serían suficientes para alimentar a un pajarito pequeño.

- ¿También estás descansando? ¿Ya comiste bien? – quiso saber el picaflor.

- Estoy tomando un poco de sol. Ya sabes, es bueno para la salud.

- Pues sí, pero ya me estoy yendo – dijo el picaflor, agitado. – Estoy sintiendo hambre, necesito encontrar más flores. ¿Vas a quedarte más?

- Sí, ya comí ayer, y hoy el sol está perfecto.

El picaflor no entendió. Pensó que el lagarto le había hecho una broma.

- ¿Te imaginaste qué sería bueno? – dijo el picaflor, riendo. - ¡Comer un día y descansar al otro! ¡Sería como vivir en el paraíso!

El lagarto, entonces, se dio cuenta de que ellos eran diferentes no solo en el modo de moverse, y esclareció:

- Bueno, en verdad, si yo comiera bien en un día, puedo estar hasta dos días sin comer de nuevo.

- ¿Qué? – preguntó el picaflor, admirado. - ¡No te creo! Entonces es por eso que siempre te veo por aquí, descansando. Mira, amigo mío, agradece a Dios la buena vida que tienes. ¡Yo querría ser como tú!

El lagarto no tenía idea de que el picaflor tenía que alimentarse varias veces por hora, y que en un día el pajarito comía el equivalente a más de seis veces su propio peso. La vida del picaflor, todo el tiempo, era buscar alimento.

- ¡Pero tú vuelas como nadie! – argumentó el lagarto.

- Claro, tengo que ir lejos para conseguir mi sustento. Y ya que hablamos de eso, tengo que irme. ¡Gusto en conocerte, lagarto!

El picaflor voló y se fue. Y el lagarto se quedó, como siempre. Solo que, desde esa vez, más pensativo…

Muchas otras veces el lagarto vio nuevamente el vuelo magnífico el picaflor y nunca dejó de admirarlo. Pero nunca más sintió envidia. Él se dio cuenta de que cada uno tiene sus facilidades y también sus dificultades.

Dios, que es bueno y justo, da a sus hijos exactamente lo que necesitan para vivir las experiencias programadas para cada uno. Y el lagarto aprendió esa lección.


 

Traducción:
Carmen Morante
carmen.morante9512@gmail.com


 


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