Especial

por Marcelo Teixeira

Exceso de dogmatismo

La historia que voy a contar ocurrió con un escritor, médium y expositor espírita de cierto renombre. Voy a llamarlo Ricardo. Prefiero preservarle la identidad justamente para no colocarlo en la mira de los que pecan por el exceso de dogmatismo, tema de este artículo.

Cierta vez, Ricardo fue invitado para participar de un expresivo evento espírita en una capital del País. De esos eventos que son realizados en grandes espacios y se extienden de la mañana al final de la tarde. Ricardo era uno de los conferenciantes invitados. 

A la hora del almuerzo, nuestro héroe, depués de coger la bandeja y hacer el propio plato, escogió un rincón reservado del refectorio. Quería almorzar tranquilamente, pues había sido bastante requerido por la mañana. 

Cuando él estaba en medio de la comida, algunas jóvenes – todas evangelizadoras de infancia – se sentaron al lado de él y comenzaron a conversar entre ellas. Charla va, charla viene, una de ellas (a quien llamaré Tânia) contó lo siguiente: un niño de la evangelización llegó a casa y encontró a la madre tomando una copa de vino. No le gustó y pidió para la madre que tirase el vino fuera. Alegación: la tía de la evangelización había dicho que atraemos obsesores toda vez que ingerimos bebidas alcohólicas, no importa la cantidad o la ocasión. La madre cariñosamente contra-argumentó. En vano. El hijo, de aproximadamente 10 años, estaba irreductible. Mientras la madre no vertió el vino en el orifício de la pila de la cocina, él no se sosegó.

Días después, mientras ocurría la evangelización infantil, la madre, visiblemente molesta, relató lo ocurrido al presidente del centro espírita. La evangelizadora fue llamada para prestar explicaciones y alegó que había instruido a los niños conforme las directrices de la Doctrina. El asunto aparentemente murió, mas quedó en el aire una confusión que se esparció por la institución y generó murmullos contra y a favor de la madre.

Tânia, en defensa ardiente de la evangelizadora, estaba sentada en frente a Ricardo que, hasta entonces, almorzaba quieto, sin meterse en la conversación, a pesar de las miradas de ella chamándolo para tomar parte. Como las opiniones de las jóvenes permanecia dividida, Tânia, creyendo que Ricardo, espírita eminente, concordaría con ella, dijo: ­– Yo pienso que el niño hizo muy bien en insistir con la madre para derramar el vino en la pila. ¡Si él no hiciera eso, la casa corría el riesgo de ser invadida por algún obsesor! Ahí, se volvió para Ricardo y dijo, toda llena de sí: – ¿Usted no cree?

– ¡No! Dijo Ricardo.

– ¡Uf! Exclamó Tânia, sorprendida.

– ¡No! Continuó Ricardo. – ¿Quien dice a usted que atraemos obsesores toda vez que bebemos alcohól? Va a depender mucho de la ocasión, del comportamiento, de la índole y del pensamiento de la persona.

Y ante la cara de espanto de Tânia, Ricardo, profundo conocedor de la vida y obra de Kardec y del Espiritismo, prosiguió:

– ¿Usted sabia que, cuando el lanzamiento del “El Libro de los Espíritus”, en abril de 1857, fue ofrecido una comida por la editora (Didier)? Y que, en esa comida, fue servido vino? ¡Kardec y todos los presentes, por tanto, tomaron vino!

Tânia, entre indignada y asombrada, rebatió:

– Mas Kardec seguro no bebió hasta caer!

– La madre del niño, por lo que yo oí de ustedes, tampoco no! Devolvió Ricardo.

– ¿Pero usted no cree que todo exceso es perjudicial a la salud? Preguntó ella.

– ¡Exceso de dogmatismo también! Cerro Ricardo, con llave de oro. 

Tânia no sabia qué decir. Estaba sorprendida por no haber encontrado en Ricardo el apoyo a su pensamiento; por saber que Kardec tomó vino cuando “El Libro de los Espíritus” fue lanzado; por haber sido indirectamente chamada  fanática y tonta sistemática y por haberse llevado un rapapolvo de aquellos de un expositor y conferenciante conocido. Contrahecha y herida en su orgullo, cogió la bandeja y fue a sentarse rápidamente en otra mesa. Las compañeras que la acompañaban permanecieron donde estaban, calladas por el argumento demoledor de Ricardo, que continuó almorzando.

Confieso a ustedes que adoro ese episodio. El revela una falta de conocimiento doctrinario y una moral hipócrita que infelizmente forman parte del comportamiento de espíritas que resolvieron emprender una cruzada moralista dentro de los centros. Una especie de caza de brujas a los que gustan de apreciar un buen vino o equivalente. 

Voy a decir lo que ya dije en artículos anteriormente escrito por mí: no estoy incentivando a las personas – espíritas o no – a liberar generalmente y beber a voluntad. El alcohol vicia, es un gran responsable por accidentes de tráfico, que resultan en muertes o en casos de invalidez temporal y permanente. Además de eso, puede atraer espíritus desencarnados que, aunque hayan dejado la vida física, permanecen fijados a aquello a que dieron excesivo valor. Podemos, por tanto, morir y quedarnos por aquí, vagando detrás de supuestos amores, bienes materiales, familiares, honras, privilegios materiales y vicios. Y como no tenemos más el cuerpo físico para dar cuenta de esos apegos, iremos a tener con ellos por medio de personas aficionadas a los mismos. Es lo que denominamos obsesión. El alcohólico permanente murió, y a pesar de toda ayuda de los amigos del lado de allá, no quiere saber de dejar el vicio de lado. Por eso, se une a un alcohólico encarnado y beberá con él y por medio de él.  Debe ser un cuadro muy triste.

Por eso, cuanto más nos desviemos de bebidas, cigarros, drogas ilícitas, del vicio de comer en demasia, de la maledicencia, de los celos etc., mejor. Es mucho más gratificante que nos desprendamos totalmente del mundo material cuando dejemos el actual cuerpo físico para siempre.

En contrapartida, creo que algunos espíritas se precipitan al hacer generalizaciones. Entre ellas, decir que atraemos obsesores si decidimos tomar una copa de vino, conforme la historia contada.

La madre del niño, como observó muy bien Ricardo, no era una bebedora contumaz. Más allá de eso, es espírita, tiene conocimiento doctrinario, sabe que el consumo de una bebida alcohólica es algo que debe ser hecho con elegancia y moderación. Por eso, encuentro poco probable que estuviese atrayendo desencarnados para beber con ella. Incluso porque, atraerlos depende de una serie de factores.

Espíritus desencarnados no se aproximan a nosotros solo por causa del vino, de la cerveza o del vodkar que – enfatizo – deben ser apreciados con comedimiento o no consumidos, dependiendo del gusto de la persona. Conozco a mucha gente que no pone una gota de alcohol en la boca. ¡Qué bueno para ellos! Por otro lado, son prejuiciosas, arrogantes, mezquinas, sistemáticas en exceso. Y eso también atrae espíritus desencarnados.

Además, todo lo que hacemos puede atraerlos. Si somos gentiles, cordiales, tolerantes, indulgentes etc., varios espíritus tenderán a aproximarse a nosotros. Eso no significa que andarán nuestro rastro para todo cuanto es reservado. Serán amigos que conquistamos y que vendrán hasta nosotros caso precisemos. Si, no obstante, apelamos para sentimientos y hábitos poco saludables, corremos el riesgo de atraer para nuestra compañía espíritus de igual tenor. 

La Doctrina Espírita es relativamente nueva en la historia de la Humanidad. Aunque los conceptos por ella difundidos existan desde que el mundo es mundo, fue solo a partir de la publicación de “El Libro de los Espíritus”, en 1857, que pasaron a ser expuestos y discutidos de forma racional y sistemática.

Además de eso, Brasil, donde el Espiritismo conquistó y conquista varios adeptos, es de fuerte formación católica. De aquel catolicismo en que tudo es pecado y en el cual todos son susceptibles de ir para el infierno ante el menor desliz. Se suma a eso el hábito que mucha gente moralista posee de tener en cuenta la vida de los otros y decir que los otros son malos en cuanto ellos, la que acusa, es la virtuosa. Por eso, es común, hasta sin percibirlos, tenemos ese tipo de hábito para dentro del centro espírita y quedamos cazando a aquellos que, en nuestra opinión, no son tan buenos espíritas como nosotros, como si fuese posible comparar a un ciudadano espírita con otro y, por medio de una medida, afirmar quién es más espírita.

Creo que Tânia debe haberse basado en un episodio descrito en el libro “Acción y reacción”, del espíritu André Luiz, psicografia del médium Chico Xavier. En esta obra, el equipo espiritual del cual André Luiz forma parte observa un episodio en el cual espíritus desencarnados bien apegados a las bebidas alcohólicas inducen a un hombre igualmente afín al vicio de servirse de varias dosis de Whisky, si no me engaño. Objetivo: ellos, los desencarnados, querían tomar unos tragos y precisaban de un vehículo, el encarnado, por medio del cual sorberían las emanaciones alcohólicas.

No estoy diciendo que el episodio descrito en “Acción y reacción” no deba ser tenido en cuenta. No obstante, en el momento en que abrazamos una doctrina que es ciencia y filosofia antes de ser religión, debemos tener en mente que todo es muy relativo, o sea, dependerá de la persona, de la ocasión etc. Mas por lo visto, es más fácil partir para la buena, vieja y rasa generalización apresurada.

Además de eso, conviene resaltar que no tenemos como, a ojo vista, afirmarmos categoricamente que todo y cualquier ciudadano que está con una copa de bebida destilada o fermentada en la mano estará rodeado de espíritus ebrios. Si fuese así, ¿qué sería de nuestros amigos espíritas que gustan de un vino blanco para acompañar un filete de pescado, de una cerveza artesanal para ser apreciada junto con una hamburguesa de carne picada o de abrir una botella de espumoso en día de conmemoración en familia?

Lo mejor que tenemos que hacer, por tanto, es aprender a relativizar, cuidarnos de nosotros mismos y parar de vigilar la conducta ajena. Eso incluye pasar eso a los niños y jóvenes de la evangelización.

¡Todo exceso es malo, mi gente! De alcohol, de carne, de azúcar, de sal, de vanidad, de celo, de curiosidad... Y de dogmatismo también, como bien observó Ricardo.


Observación
: ¿De dónde Ricardo habrá sacado la información de que fue servido vino en la comida en conmemoración de la primera edición de “El Libro de los Espíritus”? Simple: el hecho se dio en Francia, donde el vino es un patrimonio cultural. No hay como pensar en una comida formal sin la presencia de un buen vino, que seguro fue utilizado para armonizar el menú, y no para que los presentes metiesen el pie en la jaca, como se diría por ahí.  Además de eso, ¿el espírita brasileño que aun no aprendió a relativizar querría que hubiese sido servido lo que en una comida de esa monta en suelo francés? ¿Guaraná? ¿Agua mineral? ¿Zumito de maracujá? El país es otro, la cultura es otra. No perdamos esa información de vista.

         
 

Traducción:
Isabel Porras
isabelporras1@gmail.com

 
 

     
     

O Consolador
 Revista Semanal de Divulgação Espírita