Especial

por Temi Mary Faccio Simionato

¡Por el dolor que nos envías, gracias, Señor!

Aprendemos con el Espiritismo que somos Espíritus en proceso de aprendizaje, de evolución, de perfeccionamiento moral y espiritual a través de varias encarnaciones en que nos vamos depurando, desenvolviendo nuestros potenciales, como la inteligencia, los sentimientos elevados, las virtudes, la forma como convivimos con el prójimo y como encaramos nuestra jornada.

Para eso, tenemos nuestro libre-albedrío, facultad que nos fue concedida por el Creador, permitiéndonos ejecutar elecciones conforme las necesidades que enfrentamos en esta trayectoria.

La Doctrina Espírita nos enseña que todas las elecciones traen consecuencias, de acuerdo con los actos que practicamos. Si fuimos amorosos, caritativos, tendremos, como resultado, igualmente el amor, la felicidad, la plenitud, no obstante, si obramos de modo contrario, estaremos creando situaciones futuras difíciles, que precisamos enfrentar como forma de reequilibrarnos con la propria conciencia.

Es la ley de causa y efecto, acción y reacción – Ley Natural - funcionando conforme nuestras actitudes delante de la vida. Comprenderemos, así, que estamos en una larga jornada de aprendizaje, en la que vamos aprendiendo y reaprendiendo con la propria experiencia aquello que nos conviene o no. Y de esa aprendizaje salimos más maduros, más fortalecidos para las próximas lecciones, y así podremos alcanzar nuevos lugares espirituales, ya que no fuimos creados prontos por Dios, más simples e ignorantes, con potenciales a ser desenvueltos, para florecer y ser colocados en práctica diariamente.

Estamos siempre buscando respuestas para las preguntas que hacemos para encontrar el consuelo y la esperanza que tanto deseamos. Y siempre nos preguntamos: ¿Por qué sufrimos tanto? ¿Por qué tantas dificultades para la realización de nuestros deseos? ¿Qué hicimos para recibir todo eso?

Estas preguntas, geralmente, están ligadas no sólo al aspecto material, mas, también, a la salud, a la afectividad, a los problemas de orden emocional, moral o profesional de nuestra existencia.

Por eso, Dios nos envió a Jesús, modelo y guía, a fin de que Él pudiese hacer  que despertásemos, en nuestros corazones, el entendimiento de la Ley Divina, la Ley de Amor que rige todo el Universo. Sus enseñanzas nos invitan a meditar sobre esos pesares y las dificultades por las cuales pasamos. No obstante, todas las veces que los problemas nos pesan, pensamos en como Dios ha sido injusto con nosotros, porque consideramos nuestro sufrimiento mayor que el del otro y acabamos estableciendo una imagen de Deus a semejanza del hombre imperfecto que aun somos; del hombre que compensa a unos en detrimento de otros; que es parcial; que obra por capricho. No somos capaces de percibir que Dios es siempre bueno con nosotros, como el es también con el otro. Él es infinitamente bueno, justo y misericordioso.

Lo que dificulta nuestro entendimiento es no reconocer las razones de nuestras aflicciones. Todavía, en el Evangelio podremos encontrar el consuelo y la esperanza, y entender que las causas de las aflicciones pueden ser de esta encarnación o de encarnaciones pasadas, o sea, causas anteriores o actuales de las aflicciones.

Para procurar las causas actuales de las aflicciones, precisamos comprender la esencia de los actos que practicamos diariamente, usando del buen sentido, del equilibrio, de la razón, de la ponderación siempre.

No basta obedecer a las Leyes humanas, es indispensable examinarnos las cualidades de nuestras actitudes, pues aquello que sembramos nos será devuelto en algún momento. Eso es de la Ley de Dios.

¿Será que lo que estamos haciendo perjudica a otro? Somos libres para plantar, sin embargo somos obligados a coger los frutos dulces o amargos de nuestra plantación. Así, cuando consultamos a nuestra conciencia en la búsqueda de la fuente de tantas aflicciones, ciertamente podremos oírla decir: Si usted no hubiese hecho tal cosa, eso no habría ocurrido y no estaría en esta situación. Más, en lugar de reconocernos como creadores de nuestro propio sufrimiento, buscamos fuera de nosotros esas causas, culpando primeramente a Dios, después culpamos a la suerte y después culpamos a otro.

En verdad, esas dificultades son una alerta, una advertencia para que podamos  acertar en el camino. Eso es tan verdadero que muchas veces decimos u oímos decir que si supiesemos antes lo que sabemos hoy cuantas cosas podríamos haber evitado. No obstante, las causas de esos sufrimientos también pueden estar en siembras antiguas, de otras existencias, hechos sin pensar, sin la criba de la razón y que hoy nos llevan a cosechas amargas. Recordemos entonces, que si hoy estamos cogiendo aflicciones y sufrimientos, probablemente plantamos en alguna ocasión angustias y penalidades; y si cogemos dificultades materiales, puede ser que hayamos sembrado desperdicio, pensando unicamente en nosotros, en nuestra satisfacción egoísta de desejos inmediatistas y caprichos.

Entendemos de esta forma, que no podemos coger paz si sembramos discordia, o coger alegría si sembramos tristeza. Es de la Ley. Más podemos a través de nuestros cambios de actitudes revertir ese cuadro con la madurez y la conciencia a cobrarnos.

Jesús es el gran sembrador y si Él encuentra en nosotros el suelo propício, abonado, la tierra fértil con la buena voluntad, la esperanza, el amor y la resignación frente a los desígnios del Padre, las simientes que Él deposite en cada corazón brotarán.

Sabiendo aprovechar esas oportunidades que Dios nos concede diariamente, encontraremos el reino de Dios, o sea, encontraremos la felicidad, la armonía, la paz interior, siempre trabajando y trabajando en el bien en favor de todos. Es del mundo de luz que cada uno de nosotros cree, dentro de sí, las fuerzas de luchar contra las malas tendencias y las tentaciones, para así aproximarnos cada vez más a Dios, nuestro eterno Padre. Incluso en este mundo de necesidades fantasiosas, transitorias, podremos encontrar la felicidad interior, cuando caminemos cultivando el amor al prójimo, aceptandolo y respetandolo como es; por la alegría de ser útil, sin esperar nada a cambio. Entonces, podremos hacer nuevas plantaciones, volviéndonos una pequeña luz y exparciendo el ejemplo del amor por donde pasaramos.

Muchas veces, las consecuencias de nuestras acciones infelices se vuelven desafíos bastante difíciles y, en la mayoría de las veces, nosotros mismos pedimos o, por lo menos, aceptamos, para liberarnos de la conciencia que nos acusa del acto cometido, donde quiera que estemos. Esas consecuencias podrán volverse expiaciones dolorosas que servirán para perfeccionar nuestros sentimientos y hacer despertar, en nosotros, al hombre nuevo, el hombre de bien, que hace su renovación moral.

No se trata de adorar las aflicciones, el sufrimiento, y ni desearlo, más, con conocimiento espírita, entenderemos mejor el porqué de nuestros dolores y aflicciones, ya que son causadas por nosotros mismos.  Examinemos las dificultades como oportunidades benditas de ejercitar los valores morales del coraje, de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la solidariedad, de la paciencia, en fin, de las virtudes enseñadas por Jesús.

En el actual momento de la humanidad, en estos tumultuosos días en que nos deparamos con las terribles situaciones de conflictos, observemos como estamos cogiendo lo que sembramos; rescatando nuestras actitudes equivocadas, aunque, marchando para la felicidad, para un mundo mejor, para un porvenir de luces, construyendo un mundo de regeneración interior. Por más duro que sea nuestro camino, aprendamos a sonreír y a bendecir siempre.

El Universo es una corriente de amor en movimiento incesante. Recordemos que nadie es tan sacrificado que no pueda, de cuando en cuando, levantar los ojos en señal de agradecimiento, con una oración, un saludo afectuoso, una flor, una nota amistosa... Con ese pequeño gesto, conseguiremos disipar dolores, discordias, sombras.

Recordémonos de Francisco de Asís, que, con su humildad, vivía el amor mayor afirmando que precisamos ser agradecidos a todo y a todos. Agradecer al Sol que nos calienta; al viento que nos acaricia en días de calor; la Luna por iluminar las noches; al sufrimiento que nos permite introspecciones y aprendizajes para nuestro crecimiento.

Hay la necesidad de pararnos por un instante y agradecer todas las oportunidades que nos son ofrecidas, buenas o no, por los dolores, por las piedras y obstáculos.

Ampliemos, así, nuestro entendimiento, comprensión frente a las vicisitudes de esta jornada, superando desavenencias, amarguras, resentimientos, sembrando una existencia más feliz junto con aquellos que comparten con nosotros esta trayectoria.

Agradezcamos al Padre el amor con que nos envuelve. La vida, el pan, la luz, el hogar y los amigos que nos extienden las manos.

Agradezcamos, aun, la luz del sufrimiento que nos hace caminar. ¡Por el dolor que nos envía, seamos agradecidos, Senhor!

            
Traducción:
Isabel Porras
isabelporras1@gmail.com

 
 

     
     

O Consolador
 Revista Semanal de Divulgação Espírita