Espiritismo para
los niños

por Marcela Prada

 

Tema: Caridad


El bien, de verdad


Una vez, al caer la tarde, un hombre que caminaba por la calle comenzó a sentirse muy mal. Como estaba solo y ese era un camino poco transitado, no pudo pedir ayuda a nadie. Intento seguir, incluso con las piernas temblorosas y la respiración jadeante. Pero el malestar aumentó hasta que se desmayó y cayó al piso, golpeándose la cabeza y lastimándose el rostro y el brazo.

Pasados unos minutos, se acercó por ese lugar otro hombre. Iba en su auto y se dirigía a su templo religioso. Iba a ofrecer un sermón, en el que comentaría las enseñanzas del evangelio. Era considerado un buen hombre, atento con las personas, además de conocer bien los textos que hablaban sobre las leyes de Dios.

Mirando al hombre ahí caído, el religioso pensó en detenerse para ayudarlo. Pero no quería llegar tarde a su compromiso. Pensaba que era muy importante cumplir protocolos, y por eso pensó:

- Otra persona debe pasar pronto por aquí. No puedo detenerme ahora – y, olvidándose de que Dios también actúa a través de las personas, dijo: - Sé que Dios va a ayudarlo.

Pasaron unos minutos más. Otro carro, más grande y más bonito, se acercó al hombre caído. Quien manejaba era un rico empresario, bien vestido, que estaba yendo a una fiesta. También era considerado un hombre bueno. Era alegre y conversador. Muchas veces había hecho donaciones a entidades benéficas, además de comprar juguetes para los niños pobres en la época de Navidad.

Al ver al hombre al borde del camino, el empresario se dio cuenta de que necesitaba ayuda. Aun así, decidió no detenerse. Al borde de ese camino había tierra y arbustos. Para socorrer al hombre, tendría que bajar y cargarlo dentro del carro. No pensó adecuado presentarse en la fiesta con la ropa desaliñada y los zapatos sucios. Por tanto, el empresario, así como el religioso, perdió la oportunidad de ser instrumento de Dios para ayudar a ese hermano necesitado.

Después de un corto tiempo, otra persona apareció, pasando por ese camino. Esta vez, era un hombre que iba a pie, volviendo a casa después de un día de trabajo. Era un obrero, que caminaba lentamente, debido al cansancio. Su nombre era Antonio.

Al ver al hombre sin fuerzas, lastimado y con la ropa sucia, fue dominado por una gran compasión.

Antonio, inmediatamente, llamó por teléfono al servicio de emergencia, dando la dirección e informando las condiciones en que se encontraba el necesitado.

Llamó por teléfono también a su esposa, avisando que probablemente se demoraría en llegar a casa. Pidió que le avisara a su hijo, ya que el niño siempre lo esperaba para jugar juntos.

Mientras esperaba la llegada de los socorristas, se agachó en el suelo, cerca del hombre. Asegurando su mano, comenzó a rezar en voz alta, pidiendo la asistencia de Dios y los buenos espíritus. En seguida, dijo, bondadoso:

- Aguante firme, hermano mío. Ya está siendo ayudado. Yo estoy aquí con usted. ¡Va a estar bien!

En poco tiempo, la ambulancia llegó para llevarse al herido al hospital. Antonio, con buena voluntad, fue con él, acompañándolo. Había encontrado documentos en el bolsillo del hombre y descubrió que se llamaba José.

Llegando al hospital, Antonio llamó a la policía con el fin de informar lo ocurrido, pidiendo que la familia de José fuera localizada y avisada.

Venciendo al cansancio, Antonio permaneció al lado de José, que fue examinado, recibió medicinas y fue internado para quedarse en observación.

Recién en la madrugada, la esposa de José llegó, afligida, al hospital.

Antonio, atento, se presentó y contó todo lo que había escuchado de los médicos, incluso que José permanecería aún algunos días internado, pero estaría bien.

Antonio, entonces, finalmente, pudo ir a su casa en paz. Su cuerpo estaba cansado, pero su alma estaba ligera, pues él había atendido el llamado de Dios y practicado la caridad con el prójimo.

Cuando llegó a casa, tanto la esposa como su hijo ya estaban dormidos. Sintió pena por no haber jugado con el niño, como siempre hacía. Pero al otro día, quedó aliviado cuando su hijito vino a abrazarlo, orgulloso, diciendo:

- ¡Papá, papá! Mamá me dijo que fuiste tú quien ayudó a un hombre enfermo anoche. ¿Algún día puedo ir contigo a ayudar a alguien?

- Claro que sí, hijo – respondió Antonio sonriendo. – Vamos juntos a visitarlo al hospital. ¡Vas a ver qué bueno es hacer el bien!

 
Texto inspirado en la Parábola del Buen Samaritano.



  

Traducción:
Carmen Morante
carmen.morante9512@gmail.com


 


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