Espiritismo para
los niños

por Marcela Prada

 

Tema: Egoísmo; amor por los animales


Davi y los pajaritos


Davi vivía en una ciudad pequeña del interior. Su casa tenía un patio grane y en él el niño pasaba bastante tiempo, cuidando de las gallinas, de los perros y de su tortuga. Después de darles comida, Davi se sentaba a observarlos. Sabía sobre el comportamiento y las preferencias de cada uno.

El niño adoraba los animales. Hasta los pajaritos, que vivían posándose aquí y allá, le encantaban. Conocía cada especie, los colores, los cantos y quedaba contento cuando avistaba alguna muy rara visitando su patio.

A Davi le gustaba tanto los pájaros, que comenzó a querer tener uno, solo para él.

Un día, Davi estaba muy quieto. Su mamá no conseguía verlo en el patio, por la ventana de la cocina, como acostumbraba a hacer. Ella esperó unos minutos, pro, como él no aparecía, decidió ir a buscarlo.

Doña Ana fue hacia el gallinero y Davi no estaba ahí. Miró encima, en la copa del árbol en el que le gustaba subir, pero tampoco lo encontró.

- ¡Davi! – gritó ella, preocupada, sin imaginar dónde podría estar el niño.

- ¡Estoy aquí mamá! – respondió el niño, saliendo de atrás de un arbusto, con una honda en la mano, mientras varios pajaritos que estaban posados en el piso salieron de repente, volando asustados.

La mamá se asombró y preguntó:

- ¿Qué es eso Davi? ¿Estabas escondido, con esa honda, para dar una pedrada a un pajarito? ¡Pero hijo, te gustan tanto! ¿Por qué estás haciendo eso?

- ¡Calma, mamá! Te voy a explicar – dijo el niño. – Yo quiero coger un tordo para mí. El tordo es uno de los pajaritos que más me gustan, porque es grande, bonito y canta bonito. Entonces, voy a mirar para darle una pedrada solo para rasparlo. Si se lastima un poco, yo puedo cogerlo y después que yo lo cuide y le dé comida va a ver que le agrado y va a querer ser mi amigo.

Doña Ana, comprendiendo que su hijo era pequeño y necesitaba orientación, comenzó a explicar:

- Davi, entiendo que quieras la amistad de un tordo, pero pienso que no creo que sepas cómo hacerlo. Si le das una pedrada y se lastima, incluso si es leve, no estarás actuando como un verdadero amigo. Además, hay peligro de que te equivoques en atinar. Si se lleva una pedrada fuerte puede lastimarse mucho, sufrir o incluso morir. ¿Piensas que es justo colocar su vida en riesgo, incluso más si te agradara?

El niño no había pensado de esa forma y se quedó muy decepcionad al darse cuenta de que su madre estaba en lo cierto y que su plan no era tan bueno. Con la cabeza gacha, dijo casi llorando.

- Tienes razón, mamá. ¡Entonces no puedo tener un amiguito tordo!

- No lo vas a conseguir si quieres conquistarlo con pedradas – dijo doña Ana abrazando el hijo -pero funcionará si lo tratas bien. ¡Nadie se resiste a ser amado! Ni siquiera los animales. Yo te voy a ayudar.

Ellos compartieron lo que iban a hacer y pusieron el nuevo plan en acción.

Davi buscó sobre la alimentación de los tordos y descubrió que le gustaban mucho las frutas y los insectos. Doña Ana llevó al patio una mesita antigua para colocar el alimento para pájaros.

Más tarde, fueron a una tienda de mascotas y compraron un poco de ración propia para tordos y un recipiente de barro para colocar agua.

Davi pasó a ofrecer los alimentos para los pájaros todos los días. Varias especies de pajaritos aprovechaban lo que Davi les ofrecía. Poco a poco el niño fue adaptando sus cuidados a sus hábitos y las necesidades que surgían.

Con el tiempo, el niño aprendió cuál era el mejor horario para colocar los alimentos. Vio que necesitaba cambiar siempre el agua pues a algunos les gustaba tomar un baño dentro de la vasija. Se dio cuenta que tenía que limpiar siempre la mesita para no se juntaran hormigas, cáscaras de fruta y hasta suciedad de los pajaritos. Pasó a colocar también semillas para agradar a otras especies, además de los tordos.

De a pocos los pajaritos fueron volviéndose cada vez más dóciles. Davi silbaba cuando salía al patio para alimentaros y, al escucharlo, muchos venían desde lejos. La mesita quedaba llena de lindas y animadas avecillas.

De vez en cuando Davi buscaba en el patio una lombriz o algún insecto para completar el refrigerio de los pájaros. Los tordos adoraban. Casi peleaban por los bichitos.

Un día, Davi quedó muy feliz y toda su dedicación fue recompensada. El niño se acercó, abrió la mano y esperó. Un tordo se posó en ella y se alimentó ahí mismo.

Muchas veces después, se repitió. El niño se había ganado la confianza y la amistad no solo de uno, sino de varios pajaritos.

Doña Ana, ahí en la ventana de la cocina, observaba satisfecha la conquista de su hijo. Él había aprendido que no por egoísmo, sino por cariño y dedicación, que so hechas las buenas relaciones.
 
  

Traducción:
Carmen Morante
carmen.morante9512@gmail.com


 


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