Espiritismo para
los niños

por Marcela Prada

 
Tema: Providencia Divina; oración


La salvación del tren


En un país europeo, cierta tarde muy lluviosa, un conductor de tren, lleno de fe en Dios, comenzando a conducir la locomotora con el tren lleno de pasajeros para el largo viaje, observó el cielo oscuro y repitió, con mucho sentimiento, la oración dominical.

El tren recorrió leguas y leguas en medio de la oscuridad, cuando, a altas horas de la noche, el conductor vio, a la luz del farol encendido, algunas señales que le parecían hechas por la sombra de dos brazos angustiados que se movían para pedir su atención y socorro.

Emocionado, hizo que el tren se detuviera, de repente, y descendió, seguido de algunos viajeros, para recorrer las vías de hierro y tratar de entender el motivo de las señales que había observado.

Pocos pasos fueron suficientes para notar espantados, en el camino por delante, una gigantesca inundación. El río se había desbordado debido a la intensidad de las lluvias y el agua había invadido la tierra con violencia, destruyendo el puente por donde el convoy pasaría.

El tren estaba a salvo, milagrosamente.

Llenos de una infinita alegría, el maquinista y los viajeros buscaron a la persona que les había dado a advertencia salvadora, pero nadie apareció.

Fue, entonces, que escucharon un sonido semejante a un silbido y vieron a un animal pasar volando cerca de ellos. Al batir agitadamente las alas ante la luz del farol del tren, que permanecía prendido, el maquinista se dio cuenta que la imagen que había visto y que creído que eran dos brazos angustiados que lo llamaban, eran en realidad las alas de ese gran murciélago, que volaba frente al tren.

El maquinista, impresionado con lo ocurrido, contó a los pasajeros cómo había orado, ardientemente, invocando la protección de Dios, antes de partir.

Y, percibiendo que eso no podría tratarse de una simple coincidencia de hechos, se arrodilló, ahí mismo, agradecido a la Divina Providencia, exclamando en voz alta:

- Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el cielo; danos el pan de cada día, perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejen caer en tentación y líbranos del mal. ¡Así sea!

Cuando terminó de orar, una gran quietud reinaba en el paisaje.

Todos los pasajeros, creyentes y no creyentes, estaban también arrodillados, repitiendo la oración con amoroso respeto. Algunos lloraban de emoción y reconocimiento, agradeciendo al Padre Celestial.

Un animal que incluso es visto con miedo por algunos, esa noche, había sido el instrumento de Dios para salvarlos a todos.

La experiencia significativa inspiraba al aprendizaje.

Hasta la lluvia había dejado de caer, como si el cielo silencioso estuviera igualmente acompañando la sublime emoción.


Adaptación del texto “La Salvación Milagrosa”, de autoría de Meimei, espíritu.


  

Traducción:
Carmen Morante
carmen.morante9512@gmail.com


 


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