Espiritismo para
los niños

por Marcela Prada

Tema: Lazos de Familia


El amor más grande


Paulo estaba descontento. Sus padres eran muy exigentes, querían todo correcto, tenía hora para salir, hora para salir, hora para trabajar, hora para ir al colegio. Además, tenía que enseñar lecciones a sus hermanos menores y entregar las ropas que su mamá lavaba, y el dinero que es bueno nunca sobraba en esa casa.

Hasta que un día no aguantó más esa situación. Conversó con su papá y le dijo que él cuidaría de su vida. Él ya estaba muy grande, ya tenía 13 años. Sabía muy bien vivir solo. Su padre intentó mostrarle las dificultades que encontraría, pero él no cambió de idea. Cogió algo de ropa, algo de cambio que su padre pudo juntar y se fue feliz de la vida.

Era temprano, un lindo día soleado. Caminó, caminó, caminó y cuando tuvo hambre, se detuvo en una cafetería y comió un delicioso almuerzo.

- ¡Esto sí que es bueno, voy a donde yo quiero! – pensó. Y continuó caminando.

Al anochecer, estaba en una plaza muy bonita. Contó su dinero, compró un pancito, se acostó en un banco y se durmió. Se levantó temprano, un poco congelado, había dormido sin frazada, pero pensó:

- Todo va a estar bien.

Había caminado tanto que no conocía el lugar donde estaba. Entró en una taberna y pidió al dueño que le diera un café. Le contó que su dinero se había acabado y que no podía conseguir más. 

- Sal de aquí, muchacho vago, si quieres comer ve a trabajar – gritó el hombre.

Paulo nunca había sido tratado de esa manera. Pensaba que sería más fácil conseguir comida. Viendo que los ojos de Paulo se llenaban de lágrimas, el Sr. Manuel se quedó con pena y dijo:

- Ven acá, niño, voy a darte de comer, pero antes tienes que limpiar el almacén.

Ya era casi la hora del almuerzo cuando terminó. Exhausto, casi muriendo de hambre, nunca había visto un almacén tan grande… y un hombre tan severo. Tenía mucho miedo. Pero se ganó un buen almuerzo.

Salió nuevamente y caminó por lugares de mucho movimiento. Las personas, todas apresuradas, ni siquiera notaban su presencia. Cuando anocheció estaba cerca de un puente y pensó:

- Ese es un buen lugar para dormir y mañana conseguiré un empleo.

Corrió hacia abajo del puente, pero el lugar ya estaba ocupado. Una familia entera estaba viviendo ahí. Las calles se estaban quedando desiertas, el movimiento iba disminuyendo y Paulo caminaba sin saber a dónde ir; se sentó en la vereda y se quedó pensando, hasta que alguien puso la mano en su cabeza y lo llamó “hijo”.

Era un guardia nocturno, que tenía cara de padre. El corazón de Paulo comenzó a latir más fuerte. ¿Qué iría a pasar?

- Niño, ¿cómo te llamas? – preguntó el guardia.

- Paulo – contestó el muchacho.

- ¿Qué estás haciendo en la calle a esta hora? ¿Por qué no vas a casa?

- No tengo casa todavía.

- ¿Cómo que no? ¿De dónde vienes?

- De la casa en la que vivía, decidí salir de ahí para vivir solo.

- Pero eso no está bien. Cerca de tus padres es donde vas a vivir mejor. Pronto serás un hombre adulto y podrás ayudar más a tu familia.

- Yo tengo que cuidarme a mí, cada uno debe pensar en sí mismo.

El guardia miró a Paulo con mucha tristeza y le dijo:

- La vida te va a enseñar muchas cosas, joven. – y se fue caminando.

Paulo pasó toda la noche ahí con mucho frío. Cuando comenzó a amanecer, una lluvia fina mojaba toda la calle. Se levantó y siguió su camino.

Hasta que, finalmente, vio un cartel que decía “Se necesita un joven mejor de edad, para trabajo fácil”.Era para él. Había resuelto su problema. Trabajaría, ganaría su dinero y no necesitaría a nadie. Entró. Era una fábrica de alimentos y el dueño le explicó:

- Tenemos un lugar para que duermas, trabajes y comas.

Estaban resueltos todos sus problemas. El trabajo sería simple.

Tendría que criar una piara de cerdos que el dueño de la fábrica tenía. Para dormir había un rincón en el chiquero, la comida era una porción de la que sería servida a los cerdos. No tenía otra salida y aceptó. La lluvia continuó, el frío aumentó. En la noche, Paulo comenzó a recordar a sus hermanos. En su barraca tenía una gotera, sus hermanos y sus padres también deberían tener frío a esa noche. En sus pensamientos surgió, entonces, una figura simpática. Escuchó nuevamente una voz:

Cerca de ellos es donde vas a vivir mejor, procurando colaborar con ellos la vida será más fácil para todos.

Tuvo una idea. A esa hora, el guardia debería estar trabajando. Salió corriendo para encontrarlo; escuchó un silbido muy largo y siguió en esa dirección, cada vez estaba escuchando más alto el silbido, hasta que vio la figura del guardia. Llegó hasta él y apenas podía respirar.

- Sr. Guardia, ¿puede ayudarme?

- ¿En qué?

- Pensé mucho en lo que me dijo. Sé que mis padres son muy pobres, pero ellos me aman y yo también los quiero y a mis hermanos, y sé que mi lugar es junto a ellos. Solo que no puedo volver.

- ¿Por qué?

- ¡No tengo dinero!

- Bueno, eso no es problema. Yo te consigo un poco de cambio.

Paulo volvió y junto con él la alegría en su barraca. Fue una fiesta. Sus hermanos corrieron para conseguirle ropa limpia, sus padres lloraron de emoción, era como si él hubiera nacido de nuevo.

 

Texto de Cândida Chirello.



Traducción:
Carmen Morante
carmen.morante9512@gmail.com
 

 


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