Espiritismo para
los niños

por Marcela Prada

Tema: Solidaridad/Oración


La carcocha apreciada


El viejo Eurico tenía una carcocha. Hacía veintiséis años venía usándola para trabajar y ganar su sustento.

En verdad, los dos habían envejecido juntos y se habían vuelto compañeros inseparables. El señor Eurico vivía en una pensión, en el interior, y apenas ganaba lo suficiente para vivir. Le gustaba trabajar, sentía el placer de ser útil, pero muchas veces dejaba que recibir o cobraba muy poquito, solo para no dejar de atender a quien necesitaba de sus servicios.

A pesar de las dificultades financieras, siempre lograba pagar los gastos del carro: gasolina, lubricantes, impuestos, etc.

Pero en ese año, la situación había empeorado. El último día para pagar el impuesto del carro se estaba acercando y él no había podido juntar el dinero necesario. El señor Eurico rezaba pidiendo a Dios una solución.

El señor Eurico esperó tanto como era posible, siempre con la esperanza de conseguir el dinero. Eso, sin embargo, no pasó. Por eso, un día antes de que venciera el plazo del pago, limpió y enceró su vieja carcocha por última vez y fue a la oficina de un subastador. Le contó al hombre su historia y el motivo que lo forzaba a vender el viejo y estimado carro.

Convenidos todos los detalles, el señor Eurico entregó el carro y volvió a su casa. Ni el alivio por no tener que preocuparse del dinero conseguía disminuir la tristeza por haberse deshecho de su carcocha. Por el contrario, pensaba en lo difícil que sería no tener el carro para trabajar.

El día de la subasta, la sala se llenó de compradores. Eran personas adineradas, queriendo hacer buenos negocios. Los objetos fueron vendidos uno tras otro, hasta que llegó el momento de la subasta del carro del señor Eurico.

Para sorpresa de todos, el subastador, en vez de presentar las características y pedir ofertas por el vehículo, como era costumbre, pasó a contar cuánto había sido sensibilizado por la historia de un hombre trabajador, ya anciano, que lo había buscado. Dijo que, más que vender el carro, lo que él necesitaba era ayuda. Para concluir, aunque temeroso por la reacción de la platea, propuso:

- En vez de que uno de los señores compre el automóvil, ¿estarían dispuestos en unirse para pagar el impuesto y así ayudar al propietario?

Se hizo silencio en la platea. Los presentes se miraron entre sí. Una de las señora se limpiaba las lágrimas. Entonces un hombre levantó la mano:

- Yo pago la mitad del impuesto - dijo él.

- Yo pago la otra mitad - declaró otro inmediatamente.

- ¡Muchas gracias! - dijo el subastador, contento. - Sé que el dueño quedará...

Y, antes de que terminara la frase, alguien habló:

- Como mis colegas ya se dispusieron a pagar el impuesto, yo colaboraré, comprando neumáticos nuevos para reemplazar los ya desgastados.

Contagiados por el maravilloso espíritu de cooperación que los envolvía en ese momento, otros también hicieron sus ofertas, donando dinero para que fuese llenado el tanque de gasolina, revisados los frenos, cambiada la batería y repuestas algunas piezas rotas.

El subastador agradecía conmovido. El auxilio conseguido fue mucho mayor que el esperado. Al final, la emoción y la alegría envolvía a todos.

En pocos días, el carro estaba totalmente mejorado.

Cuando el subastador llevó el carro a la residencia del señor Eurico y le contó lo que había hecho, el viejo hombre no pudo contener las lágrimas, emocionado con tanta bondad. Alzó los ojos al cielo con gratitud a Dios, pues ni en sus oraciones había pedido tanto. Se sentía el hombre más feliz de la ciudad. El subastador y todos los que habían ayudado también estaban muy felices.

La historia solo podría terminar así. La felicidad que proporcionamos a alguien vuelve a nosotros en la misma medida.

 

Adaptación de un texto de autoría de Cândida Chirello.



Traducción:
Carmen Morante
carmen.morante9512@gmail.com
 

 


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