Especial

por Tiago Antonio Salvador

Amad a vuestros enemigos: el perdón como prueba de amor y de caridad (Parte 2 e final)

Es en ese rastro que nos cumple, nuevamente, revisitar el Capítulo XII del Evangelio según el Espiritismopara comprender que “amar a los enemigos no es tener por ellos un afecto que no es natural”1 , como nos dice Kardec, pues, verdaderamente, no hay como afinizarnos por aquel(a) cuyos pensamientos y acciones no nos atrae, al contrario, nos aleja por una repulsa natural, en consonancia con la leyes físicas relativas a los fluidos y vibraciones que el Codificador tan bien nos explica. 

De otro lado, podemos concluir que también deriva de la Ley Moral de Conservación la conducta instintiva o racional del hombre de alejarse de aquellas personas que le pueden hacer mal, pues el instinto de conservación lo anima a mantenerse vivo y saludable para colaborar en los designios de la Providencia2.

Entonces, ¿en qué sentido debemos amar a nuestros enemigos?

Kardec, con la simplicidad y la claridad que marcan su obra, nos enseña que amar a nuestros enemigos es:

[...] no tener contra ellos ningún rencor ni deseo de venganza. Es perdonar sin segundas intenciones e incondicionalmente, el mal que nos hacen. Es no poner ningún obstáculo a la reconciliación; es desearles el bien en lugar del mal; es alegrarnos en vez de molestarnos con el bien que les ocurre; es socorrerlos en caso de necesidad; es abstenernos, por palabras y actitudes, de todo lo que pueda perjudicarlos. Es, finalmente, pagarles el bien por el mal, sin intención de humillarlos. Quién así haga llena las condiciones del mandamiento: Amad a vuestros enemigos.3

Finalmente, amar a nuestros enemigos no es nada más que cumplir el mandamiento cristiano de amar al prójimo como a sí mismo, pagándole el mal que nos ha hecho con el bien que deseamos a nosotros, para, así, concluir el ciclo del odio y de las ofensas y evidenciar que el amor es el camino que nos lleva más próximos a Dios.

Se percibe que, como explica el Codificador, el amor a que se refiere Cristo no es aquel basado únicamente en el sentimiento sublime de amar, de bien querer con afecto y cariño, ese es más difícil y propio de los Espíritus más perfeccionados. Lo que busca promover Jesús es la práctica del amor por medio de actos de bondad y caridad, los cuales son posibles de ser realizados a partir de decisiones racionales, en pro del prójimo y, especialmente, de nuestros enemigos.

En efecto, amar, como sentimiento divino, no deriva de una simple decisión. No escogemos simplemente amar o no amar a una persona. Amor, en esa acepción, deriva de la propia alma y demanda aprendizaje por medio de diferentes vivencias, lo que casi siempre no es posible hacerlo en una única encarnación, a  excepción del amor maternal, paternal y filial, proporcionados por Dios justamente para que podamos aprender a amar.

Pero el amor a que se refiere Kardec, al interpretar el mandamiento de Jesús, es el amor materializado en los actos, en el actuar, en el pensar, en el querer, o sea, de nuestras experiencias mientras somos humanos, y este sí puede derivar de deliberaciones racionales que tomamos para nuestro propio bien y del prójimo. En ese sentido, es perfectamente posible que no sintamos amor por alguien que nos hizo mal, sin embargo, por una decisión racional, basada en preceptos morales y en el amor a Dios, queramos bien a esa persona y hacerle el bien.

Por obvio, no es algo tan simple. Sin embargo, el amor, por esta acepción, es algo que puede y debe ser ejercitado por nosotros, dependiendo de querer o no. Lo importante es decidir, en nuestro interior, hacer el bien, a perdonar, a ayudar, lo que nos colocará bajo un estado psíquico-espiritual que permitirá ejercitar, por medio de la vivencia práctica, el bien y la caridad, de forma que, así, estaremos amando al prójimo y listos para amar, también, a nuestros enemigos.

4. El perdón como manifestación de amor y caridad

Cuando se decide por estudiar el amor como mandamiento Cristiano, especial atención merece el acto de perdón, tema de los más importantes y latentes de entre aquellos mencionados en el Evangelio y también en las obras del Codificador de la Doctrina Espírita.  

En un primer momento, parece simple entendamos que es importante perdonar las ofensas que nos son dirigidas, y que este sería un paso decisivo para amar a nuestros enemigos. Pero, finalmente, ¿qué es perdonar y por qué es tan difícil hacerlo? ¿Olvidar lo ocurrido es perdonar? ¿No querer mal a quién nos ofende es perdonar? ¿Querer el bien al enemigo es perdonar?

Esas cuestiones nos demuestran que no es tan simple definir el perdón, mucho menos saber si realmente, en nuestro interior, perdonamos o no determinada persona que nos hizo mal en un momento dado.

Un punto de partida para nuestras reflexiones es conozcamos el origen de la palabra "perdón", la cual, según los estudios etimológicos, deriva del Latín perdonare, de per-, “total, completo”, más donare, “dar, entregar, donar”4.

Perdonar, en ese sentido, es el acto de donar, entregar, dar algo a otros, pero de forma integral, completa, relacionándose con la idea de “absorción total” de alguien, lo que evidencia que la palabra "perdón", desde su origen, está íntimamente conectada a la concepción de caridad.

De hecho, perdonar a alguien por la práctica de algún mal, absolviéndola íntegramente, constituye una de las esencias de la caridad, como nos esclarecieron los Espíritus Superiores delante de la cuestión nº 866 de El Libro de los Espíritus: "Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como a entiende Jesús?

'Benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones ajenas, perdón a las ofensas'”5.

Dando continuidad a las reflexiones y lanzando la mirada a las preguntas arriba expuestas, nos parece importante que entendamos que perdonar no es olvidar la ofensa, pues olvidar algo, en nuestra vida corpórea, está relacionado con nuestras facultades mentales, o sea, con una buena o mala memoria, no dependiendo del simple querer o no querer.

Es un hecho que los acontecimientos que nos alcanza emocionalmente quedan más fuertemente grabados en nuestra memoria, de modo que el olvido, en esos casos, depende mucho más de la superación de los factores que nos toca lo emocional que propiamente de nuestras facultades mentales. 

En verdad, el olvido que nos aproxima a las Leyes Divinas es aquel que deriva del perdón, o sea, ocurre después del acto de perdonar, lo que no se verifica inmediatamente, sino por medio de un proceso en que, primero, se aprende a perdonar las ofensas para, después, encontrándose completamente superadas las contiendas, sea el individuo capaz de olvidarlas, como si nunca hubieran existido.

Este es el proceso constructivo de la misericordia para con nuestros enemigos, como nos legó Allan Kardec en El Evangelio según el Espiritismo, al elucidar que "la misericordia es el complemento de la mansedumbe, pues los que no son misericordiosos tampoco son mansos y pacíficos. Ella consiste en el olvido y en el perdón de las ofensas".

Olvidar, sin perdonar, no es virtud, pero sí un indicativo de algún disturbio de memoria. Perdonar, sin olvidar la ofensa, por otro lado, es, sí, una virtud y el camino más seguro para alcanzar el olvido misericordioso, aquel que no está conectado al hecho en sí, a la ofensa como realidad vivida – la cual ni se recomienda ser realmente olvidada –, pero sí con el olvido (en el sentido de superación) del mal que nos fue hecho, el cual no debe ser revivido, realimentado, resentido, sólo recordado como un instrumento, una prueba o una expiación que nos proporciona encontrar una solución constructora de nuestra evolución espiritual.

En otras palabras, olvidar el mal sufrido, que transcurre del perdón, es diferente de olvidar el hecho ocurrido, que nada más es que una experiencia importante para nuestro progreso como ser eterno y, en la más de las veces, no necesita ser olvidado.

De la misma forma, no querer el mal al ofensor no es perdonar, sino forma parte del proceso que lleva al perdón, pues no hay como perdonar a alguien deseándole mal. Perdón es acto de amor, luego, ha de no querer mal a su ofensor para que se consiga perdonarlo verdaderamente.

Por otro lado, querer bien al ofensor no es, por sí sólo, perdonar, pero casi siempre transcurre del perdón, tal como el olvido, he ahí que es muy difícil, sino imposible, querer bien a alguien, con sinceridad, mientras se guarda amarguras y resentimientos.En esos casos, la indiferencia acaba por ser la tónica, lo que tampoco es compatible con el perdón. Querer bien, en regla, es consecuencia del perdón concedido, encontrándose el espíritu desarmado de las trampas del ego herido y listo para amar sin obstáculos.

Allan Kardec resalta, sin embargo, que el perdón verdadero es aquel incondicional, con lo que debemos concordar6. Condicionar el perdón a una acción, a un comportamiento, a una conducta de aquel que ofendió no es perdonar, es, sino, humillar, disminuir y colocar el desafecto como el único culpable, invirtiendo la responsabilidad por la decisión, de modo que el perdón pasaría a depender de él, ofensor, y no de quien fue ofendido y debe perdonar la ofensa.  

El perdón incondicional es el único compatible con las enseñazas de Cristo, porque perdonar es acto de amor, y el amor no está condicionado a algo, al contrario, es libre y liberador, sin límites, sin balizas.

En efecto, el acto de perdonar tiene el don de liberar el alma, y no sólo de aquel que es perdonado – el cual se libra de los grilletes de la culpa (cuando la siente) o, al menos, vive la experiencia noble del perdón en su favor –, pero, principal y especialmente, de aquel que perdona, cuyo espíritu se verá libre de cualquier sentimiento negativo y estará listo para seguir en su marcha de progreso y evolución. En ese sentido, el perdón es innegablemente un acto de extrema caridad, que reconforta el perdonado e ilumina aquel que perdona.  

Aspecto importante a ser destacado, aún, es el de que el perdón, como todo acto que parte del corazón del hombre, como ser espiritual, puede y debe ser aprendido y ejercitado durante las diferentes vivencias en el plano corpóreo, haciéndose hábito que, cincelado por medio de los valores morales más nobles, se transforma en sentimiento, incorporado al espíritu como patrimonio moral perpétuo e inviolable.

El camino nos fue legado por Cristo, al enseñarnos a “amar a Dios por encima de todas las cosas y al próximo como a sí mismo”. ¿Es el proceso de reflexionar sobre lo que Dios espera de nosotros, el perdón o el mantenimiento del dolor y de la amargura? Sobre lo que nos gustaría recibir si estuviéramos en el lugar el ofensor, el perdón o el resentimiento y los dolores?

Perdonar, así pues, es una resolución del corazón, que nace del espíritu, una decisión en el sentido de superar las amarguras, los dolores, las heridas, de sacudir el polvo y echar para fuera todas las suciedades y desperdicios del alma, a fin de reconstruir un nuevo camino, un nuevo mañana, basado en el amor y en la misericordia al prójimo.

5. Conclusión

La enseñanza de Cristo en lo que respecta al amor a nuestros enemigos es, a buen seguro, uno de los ricos e importantes del Evangelio, y se mantiene inequívocamente actual y universal, como todos las enseñanzas morales del Evangelio.

Por descontado, ese postulado cristiano no se restringe solamente a aquellas situaciones en que nos deparamos con enemistades capitales, graves y belicosas, pero, también, en base de todas las antipatias, aversiones, infelicidades y amarguras que dedicamos a alguien o, aún, que cultiven en relación a nosotros, lo que, en mayor o menor grado, envenena el alma y crea ambiente propicio para enfermedades del espíritu que reflejarán en el cuerpo físico.

El Espiritismo, como doctrina científica, filosófica y religiosa, mucho ha contribuido para la divulgación y la mejor comprensión de temas tan importantes como el presentemente abordado, a legarnos vitales lecciones de la moral cristiana, especialmente por las obras del Codificador Allan Kardec, donde encontramos explicado claramente que el amor a Dios y el amor al prójimo, inclusive al enemigo, son los dos principales mandamientos de Cristo, definidores de la moral que debe prevalecer en nuestro planeta, a camino del Mundo de Regeneración.

En su figura de Evangelio Renacido, el Espiritismo revisita las enseñanzas de Cristo y nos muestra que el amor, en sus manifestaciones sublimes, en forma de perdón y de caridad, es el verdadero transformador de almas, que nos posibilita ver y comprender a nuestros enemigos como hermanos, y nuestros problemas y sufrimientos como escalones de una divina escalera que nos permite la elevación del espíritu en rumbo de la perfección posible a nuestra condición humana.

Amar al prójimo y a nuestros enemigos es, por lo tanto, una elección íntima y el Espiritismo nos llama a decidir aún hoy, pavimentando desde ya el camino de la construcción, en el alma, del amor sublime y divino a que estamos todos destinados.

No es simple y sin dificultades ese camino, pero cabe a nosotros, espíritas, elevemos nuestros pensamientos a las esferas superiores, con humildad y devoción a Dios, y que empleemos el amor como bálsamo del bien y de la caridad para con el prójimo.

Así, si "en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan, I:1), Amar es el Verbo, y la vivencia en el amor y su consagración al prójimo es paso inequívoco a todos los que caminan rumbo a la necesaria evolución del Espíritu.

 

 

Referências bibliográficas:

KARDEC, Allan. O Evangelho segundo o Espiritismo. Tradução Karine Rutpaulis. 6. ed. São Paulo: Mundo Maior Editora, 2012.

________. O Livro dos Espíritos. Tradução Sandra Keppler. 6. ed. São Paulo: Mundo Maior Editora, 2012.

 

El autor es Delegado de Policía en el Estado de São Paulo. Profesor de la Academia de Policía “Dr. Coriolano Nogueira Cobra”. Profesor del Centro Universitario Anhanguera São Paulo – Campos Vila Mariana. Profesor en cursos preparatorios para concursos públicos. Post-graduado en Derecho Penal y Derecho Procesal Penal. Alumno del curso de Doctrina Espírita del Centro Espírita Nosso Lar Casas André Luiz.


 


[1] El Libro de los Espíritus, cuestión 702. ¿El instinto de conservación es una ley de la Naturaleza? “A buen seguro. Todos los seres vivos lo poseen, sea cuál sea el grado de su inteligencia. En algunos, es puramente mecánico, en otros, es racional”. Cuestión 703. ¿Con que objetivo Dios concedió a todos los seres vivos el instinto de conservación? “Porque todos deben colaborar en los designios de la Providencia. Fue por eso que Dios les dio la necesidad de vivir. La vida es necesaria al perfeccionamiento de los seres; ellos lo sienten instintivamente sin siquiera notarlo”.  KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Traducción Sandra 6. ed. São Paulo: Mundo Maior Editora, 2012, p. 331.

[2]Ibidem, p. 164-165.
 

[3] Disponível em: https://goo.gl/7VZmEg.

Acesso em: 15/12/2017.

[4] Idem, p. 396.
 

[5]  Ibidem, p. 164. 



Traducción:

Isabel Porras - isabelporras1@gmail.com

 

     
     

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 Revista Semanal de Divulgação Espírita