Especial
por Paulo Neto

Año 11 – Nº 529 – 13 de Agosto de 2017

La Parasicología y la cuestión de los 200 años (Parte 2 e final)

 
Esos maravillosos incidentes, más o menos correctamente relatados, no podían dejar de aparecer en la prensa periodística. Varios periódicos parisienses con ellos se ocuparon y, después, los de todas partes. Por espacio de una semana la espineta del Sr. Bach con sus accesorios sobrenaturales fue la grande sensación de los amadores de novedades en la metrópoli francesa. El conjunto fue juzgado incomprensible, todos admitían los hechos, clasificándolos de misterios que no osaban profundizar, y confiaban en la existencia de alguna ley natural que los había de explicar; pero nadie puso en duda los hechos, a causa de la reputación sólida de integridad, de que gozaba el Sr. Bach.

Tras algún tiempo, esa excitación fue sustituída por otras noticias sensacionales, sin que aquella hubiera tenido cualquier solución o explicación.

El cántico fue publicado, y como en el original sólo estaba la parte cantante sin el acompañamiento, el Sr. Bach lo arregló con mucho gusto y discernimiento. La letra era linda y se adaptaba al sentimiento del romance.

Estribillo

J'ay perdu celle pour quy j'avois tant d'amour,

Elle, si belle, avoit pour moy, chaque jour,

Faveur nouvelle et nouveau dèsir;

Oh! ouy! sans elle il me faut mourir.

1º. verso

Un jour, pendant une chasse lointaine,

Je l’aperçus pour la primiere fois;

Je croyais voir un ange dans la plaine,

Lors, je devins le plus heureux des Roys!

Mais!

2º. verso

Je donnerais certes tout mon royame

Pour la revoir encore un seul instant,

Près d'eIle assis dessous un humble chaume,

Pour sentir mon coeur battre en l'admirant.

Mais!

3º verso

Triste et cloistrèe, oh! ma pouvre belle

Fut loin de moi pendant ses derniers jours.

Elle ne sens plus sa piene cruelle,

Ici bas, helas!... je souffre toujours!

Ah!

Esos versos concluyen dos alusiones especiales; una a su real autor, enamorado de una persona vista en la ocasión de una cacería distante, y la otra a una dama que terminó sus días en un claustro. La publicación de los incidentes supramencionados y del cántico misterioso dio lugar a varias búsquedas en los anales del siglo décimo sexto, a fin de firmar el valor de la historia del Sr. Bach. Según los mejores biógrafos, luego quedó sabiendo que el objeto de esa gran pasión de la vida de Henrique había sido la Princesa Maria de Cleves, que parece haber muerto en una abadía.

Fue encontrado también un pasaje en la obra del laborioso cronista, abad Lenglet Dufresnoy, la cual dice: "En 1579 Baltazzarini, célebre músico italiano, vino a Francia y vivió en la corte de Henrique III".

Tomé la resolución de obtener el mayor número posible de testimonios y encontre algunos otros particulares, de importancia.

HENRIQUE, El ÚLTIMO DE LOS VALOIS – Ese hijo predilecto de Catalina de Medicis es más conocido por un gran crimen de su vida: el de haber dato su contencimiento a la masacre de S. Bartolomé, que se efectuó por instigación de su madre y por orden de su hermano más mayor, Carlos IX, en Agosto de 1572.

Henrique, sin embargo, no era destituido de otras cualidades excelentes. Con la edad de diecinueve años, ganó para el hermano las batallas de Jarnac y de Montcontour, adquiriendo una reputación militar que le valió la elección al trono de Polonia.

Uno de los más minuciosos historiadores modernos dice: "Henrique deseaba llevar una vida palaciega, dividida entre los ejercicios piadosos y los placeres de la ciudad, entre el retiro y la ostentación propia de la soberana magistratura. Era poco inclinado a cultivar las relaciones de los viejos generales, de los políticos y hombres de saber, prefiriendo la compañía de los jóvenes alegres y de bella apariencia, que lo imitaban en la irreprensibilidad de los vestuarios y en el brillantismo de los ornamentos". (*)

Eso, sin embargo, sólo nos muestra una de las faces de su carácter. "Su naturaleza, dice Ranke, se asemejaba a la de Sardanápalo que, los tiempos de prosperidad, se entregaba a la enervadora lujúria, pero, en la adversidad, se hacía valiente y atrevido... Sus faltas se prendían a esas dos cualidades. Su falta de moralidade, inclinación a los placeres mundanos y sometimiento a algunos favoritos daban lugar a un resentimiento general y bien fundado. Ocasionalmente, pero, él se elevaba a la altura de su vocación, manifestando una capacidad intelectual digna de su elevada posición; y a pesar de estar sujeto a muchas vacilaciones, era un alma grandemente susceptible a buenas disposiciones."

Tal fue el monarca que, según el supuesto en el sueño del Sr. Bach, compuso el canto elegíaco arriba referido. El nombre de la dama, por quien él lloraba, allí no estaba mencionado; pero, admitida la veracidad del canto, no puede restar duda sobre su personalidad. El nombre de Beatriz no está más íntimamente prendido a la memoria del Dante, ni el de Laura a la del Petrarca, que el de María de Cleves a la de Henrique III. Ninguna historia detallada de ese tiempo, sin embargo, ningún biógrafo de Henrique le hace alusión.

Él la encontró, cuando era aún Duque de Anju, y pretendió casarse; ella, sin embargo, era protestante, y él católico, de la sangre de los Medicis. Esa diferencia de religión, insuperable a los ojos de la Reina Madre, parece haber sido el único motivo de no haberse efectuado tal boda.

Ella se casó en Julio de 1572 con el Príncipe de Condé, uno de los principales jefes protestantes; al año inmediato, 1573, Henrique dejó Francia para subir al trono de Polonia, llevando consigo, según Chateaubriand, el remordimiento de la masacre de S. Bartolomé y, aún más fuerte, el dolor de su derrota en el amor. "Él escribió con sangre, dice ese historiador, una carta a Maria de Cleves, primera mujer de Henrique, príncipe de Condé."

Carlos IX falleció en 1574 y Henrique regresó inmediatamente de Polonia a París, como heredero del trono de Francia. Un mes después de su llegada, murió María, y esa muerte le fue un golpe tan profundo, que pasó muchos días sin comer, encerrado en una sala forrada de negro, y, cuando apareció, fue trayendo ropa de luto, sembradas de figuras representando cadáveras.

Los poetas de aquellos días hacen alusión al profundo pesar de Henrique.

En las obras de Pasquier, contemporáneo de Henrique, se encuentra una monólogo sobre la muerte de María de Cleves, que el poeta simula haber sido dicha por el propio Rey.

Todo eso combina perfectamente con lo que nos dice la historia al respecto de esa dama.

MARIA DE CLEVES – Esa princesa parece haber sido casi tan notable por su gracia y belleza, como su tan célebre homónima, María de Escocia.

Ella fue objeto de admiración en la corte de Carlos IX, por sua amabilidad y virtudes. Los poetas de entonces la nombraban con el nombre de – La Bella María; y la fascinación que sus encantos ejercieron sobre Henrique fue tal que la credulidad del tiempo la atribuían a la fetichería.

Hallaremos un testimonio sobre el carácter de esa dama y el profundo disgusto que su pérdida causó al Rey, en el siguiente extracto de un manuscrito tratando de los reinados de Henrique III y Henrique IV, de Pedro l'Estoile, Señor de Grand, caballero de noble y bien reconocida familia, ocupando un lugar importante en la magistratura y en el Parlamento de París; "El sábado, 30 de Octubre de 1574, falleció en París, en la flor de la vida, dejando una hija, la Sra. María de Cleves, marquesa d'Isle, mujer del Sr. Henrique de Bourbon, príncipe de Condé. Ella era dotada de singular bondad y belleza, motivo por el cual el Rey la amaba locamente, al punto del Cardenal de Bourbon, tío político de ella, teniendo que recibir el Rey en su abadía de Saint-Germain-des-Prés, remover el cuerpo de la princesa, y ordenando al Rey que no entrara mientras el cuerpo allí estuviera. En su lecho de muerte, ella dijo que había desposado al más generoso, pero también al más celoso príncipe de Francia, a pesar de tener la conciencia de nunca haberle dado el mínimo motivo para sus celos".

No encontré prueba positiva de haber María pasado sus últimos días en la abadía donde su cuerpo fue sepultado; pero hay mucha probabilidad de que eso se halla dado.

Sabemos que ella murió en París y que el marido, príncipe de Condé, recelando que la Reina Madre intentara contra su vida, se había, algunos meses antes, refugiado en Alemanía, donde se conservó hasta finales de 1575, es decir, hasta un año tras la muerte de María. El padre de ella había fallecido muchos años antes. El príncipe, a buen seguro, expatriándose, confió la mujer a los cuidados del tío, el Cardenal de Bourbon. El Cardenal, evidentemente, residía en su abadía y es natural que allí recibiera la sobrina, huérfana y privada de la compañía del marido. ¡Triste debía haber sido allí su vida, ignorando el destino del esposo! Todo eso coincide con la letra del canto.

Digamos, ahora, alguna cosa acerca del músico, cuyo Espíritu, como dicen, se manifestó.

BALTAZZARINI – Este nombre no se encuentra ni en la Biographie Generale, ni en la Biographie Universale. Después, sin embargo, de larga búsqueda, cuando yo ya desesperaba de encontrar alguna noticia biográfica de tal personaje, tuve la felicidad de descubrir en la Biblioteca del Ateneo, de Boston, un diccionario francés de músicos notables, en ocho o nueve volúmenes; y ahí encontré el nombre del favorito de Henrique. Ahí se lee: "Baltazzarini, músico italiano: conocido en Francia con el nombre de Belo alegre (Beaujoyeux), fue el primer violinista de su tiempo. El mariscal de Brissac lo trajo del Piamonte, en 1577, para la corte de la Reina Catalina de Medicis, que lo hizo su director de música y primer caballero. Henrique III le confió la dirección de las fiestas del palacio, cargo que él desempeñó siempre a fatisfacción general. Fue el primero que tuvo la idea de un espectáculo dramático, combidado con música y baile".

Baltazzarini, pues, vivió en la corte de Henrique con el apodo de Beaujoyeux (el bello-alegre). Eso queda con la dedicatoria de la espineta, escritura por el Rey, donde este lo llama gay mucisien, y con la escritura por la mano del médium, donde se lee: très bon mucisien.

No es posible encontrar una prueba más fuerte de la autenticidade en esos pequenos incidentes.

¿Qué diremos ahora de la historia contada al Sr. Bach? Los documentos que reuní, fueron para mí obtenidos por un inglés amigo, residente en París, a quién nunca tendré expresiones para demostrar, como deseo, mi gratitud por su desinteresada e infatigable benevolencia y cuyo nombre mucho desearía hacer conocido. Ese amigo, habiendo trabado relaciones con el Sr. Bach, de él obtuvo personalmente todas las particularidades, confirmadas por las publicaciones periodísticas y por los documentos que hoy poseo, como fotografías suministradas por la obsequiosidad del Sr. Bach, acompañadas del certificado abajo y del fac-símile de la música original: "Es un fac-símile correcto, de la hoja de papel de música que encontré en mi lecho, en la mañana del 5 de Mayo de 1865. El canto y la letra son exactamente los que había oído en sueño. - N. G. Bach".

En adelantamiento, el Sr. Bach, respondiendo a una sugerencia mía, que muchos tal vez juzguen importuna, me hizo el favor de escribirme una carta con fecha del 23 de Marzo de 1867, en la cual dice: "Atesto la existencia del pergamino que aún se halla en mi poder, conteniendo el verso compuesto por el rey y dirigido al célebre músico Baltazzarini, y que fue encontrado en una abertura secreta de la espineta que el rey le había dado; bien así, que la comunicación anunciando la existencia de ese pergamino y el lugar en que se hallaba es rigurosamente real. Añado que las fotografías de la espineta y del pergamino, así como la reproducción del autógrafo de la música y de la letra, fueron ejecutados com cuidado y son perfectamente exactos”.

Tal es el caso, con todos sus importantes pormenores. Cabe al lector decida si en tales circunstancias la suposición de impostura es admisible.

¿Cuál es el móvil? Ningún logro mundano había en eso. Antes serio riesgo y, tal vez incluso, perjuicio. El riesgo de ser embaucado, sospechado, acusado de monomania o, tal vez, de conspirar para engañar al mundo con una serie de combinados embustes, envolviendo una mentira sacrílega y buscando cosas sagradas, relativas no sólo a este como al otro mundo. Por ese modo, se corre el riesgo de perder una reputación firmada en la integridad de una vida larga y honrada. Y, más aún, la atracción a su casa de visitantes inoportunos y descarados, cuestionadores, perturbando la quietud tan querida a un sexagenário ilustrado y estudiosa.

Si, sin embargo, el carácter y todos los motivos imaginables no dan lugar a sospecha alguna, las circunstancias son de tal orden que el fraude sólo podría ser sostenido con extremas dificultades. El amigo a quién debo mis documentos mostró el original del cántico al Sr. D., uno de los mayores harmonistas de nuestros días, un perfecto tesoro de instrucción musical. Ese caballero lo examinó como crítico y declaró que allí se veía el estilo exacto de la época, cuya imitación exigía no sólo un gran genio musical, como aún un estudio especial del modo de vida de entonces. El Sr. D., que no cree en la comunicación de los Espíritus, no buscó explicar el misterio y sólo dijo que, a pesar de ser el Sr. Bach un insigne músico, juzgaba absolutamente imposible fuera él el autor de aquel cántico; y, aunque lo pudiera hacer, no lo conseguiría en una sólo noche y sin recurrir a las viejas autoridades.

¿Y qué decir de las coincidencias entre las palabras del cántico y los incidentes de las vidas de Henrique III y Maria de Cleves? Todas las alusiones fueron justificadas, excepto la de la cacería lejana. Dejemos que los saduceos se mofen de la creencia en lo invisible; confieso que tengo esa creencia, y, si algún día tengo la oportunidad de consultar la Biblioteca del Museo Británico o la Biblioteca Imperial de Francia, espero verificar ese punto.

Pensad en las mínimas particularidades a que hace referencia. ¿Podía alguien combinar un plan de falsedades e indicaciones, de modo a explicar todas las variaciones entre la estancia predicha y la original? ¿y aquel (ma) tan bien explicado? - y aquel tan correcto, a pesar de parecer un error? - ¿y aún las variaciones, en el modo de escribir el nombre del músico? - cosa muy natural, si tuviéramos en cuenta la ortografía incierta de aquellos días, ¿pero cómo inverosímil de ser hoy presentada? Fue sólo tras largas meditaciones e, inductivamente, que concluí que las palabras triste et cloistrèe estaban en perfecta concordancia con los hechos. ¿Cómo, entonces, creer que una remota referencia pudiera, en la noche misteriosa, llevar al Sr. Bach a la misma conclusión?

Aún más: si la comunicación indicando el escondite del pergaminho fue una invención, entonces, ya el Sr. Bach lo había encontrado, sin indicación alguna, antes de exponer la espineta en el Museo Retrospectivo.

¿Pero, estará en los límites de lo probable, el hecho del sorprendente descubrimiento de un tan interesante documento haber sido calculadamente escondido por alguien; de ser la espineta, bajo un falso pretexto, expuesta en el museo y después presentarse a la comunicación forjada como motivo para mandarla buscar y en ella procederse a um pretendido examen?

No creo que el lector desapasionado acepte tan chocantes improbabilidades; y, si no las acepta, ¿qué interesantes sugerencias, en relación a las comunicaciones espirituales y a la identidad de los Espíritus, se concluyen en la simple historia de la espineta del Sr. Bach?

CONCLUSIÓN – Ciertamente, cuando los datos personales de los individuos eran muy pocos, comprobar relatos de hechos ocurridos en el pasado será siempre un problema en cuanto a su confirmación. Sin embargo, como los días actuales las informaciones personales son cada vez más detalladas (certificado de nacimiento, certificado de boda, diplomas de todos los géneros, periódicos, revistas y periódicos diversos), es prometedor, en cuanto al futuro, la real posibilidad de, cada vez más, comprobarse esos relatos. La cuestión es: quién sobreviva verá.

 

Referências bibliográficas:

OWEN, R. D. Região em Litígio entre este mundo e o outro, Rio de Janeiro: FEB, 1982.

SAMPAIO, L. F., magazine, acesso em 30.06.2006 às 14h32.

(*) Ranke. (OWEN, 1982, p. 351-368.)  

 

Traducción:
Isabel Porras - isabelporras1@gmail.com

 

 

     
     

O Consolador
 Revista Semanal de Divulgação Espírita